José Luis Fernández Sieira: "La maldad no está en lo que dices, sino en cómo lo dices"

Cronista no oficial de la Pontevedra de la segunda mitad del siglo XX, a José Luis Fernández Sieira le avalan cerca de 700 artículos publicados en Diario de Pontevedra sobre todo tipo de eventos sociales. Fue presidente de la Filarmónica, pregonero y jurado del Carnaval, y actualmente se ocupa de las semblanzas de los premios Amigos de Pontevedra. Su discurso está repleto de anécdotas, recuerdos y una larga lista de nombres y lugares que ya forman parte de la historia de la ciudad
José Luis Fernández Sieira durante la entrevista ante el Monumento a los Héroes de Pontesampaio
photo_camera José Luis Fernández Sieira durante la entrevista ante el Monumento a los Héroes de Pontesampaio

Pontevedrés por los cuatro costados, solo el DNI le traiciona: nació en A Pobra do Caramiñal (A Coruña) en 1928. "Pero me vine con tres años, porque mi madre se quedó viuda y aquí tenía a su familia", aclara. A punto de cumplir 87 años, su privilegiada memoria permite bucear en el pasado de la ciudad con profusión de nombres y anécdotas.

Nada más saludarnos, frente a la Alameda, matiza que "no soy cronista oficial, porque ese cargo lo nombraba el Ayuntamiento y el último fue Hipólito de Saa , pero sí que he escrito sobre cientos de eventos sociales de la ciudad. Solo en Diario de Pontevedra he publicado cerca de 700 artículos, además de colaboraciones en revistas y otras publicaciones".

Consiguió plaza como funcionario del antiguo Ministerio de Obras Públicas a los 18 años "porque mi madre no tenía pensión y los ingresos eran escasos", pero su gran pasión siempre fue ser testaferro de la realidad que le rodeaba. Una vocación heredada de su padre, pese a que apenas tuvo oportunidad de conocerle: "Murió siendo yo muy pequeño, pero un día, en el fondo de una vieja maleta, encontré un libro de poemas que había escrito cuando todavía estaba soltero. Se llama ‘A lira sen cordas’, porque mi padre decía que tenía la lira de la inspiración, pero le faltaban las cuerdas para que aquello sonase bien, esas cuerdas que solo se consiguen con una buena formación".

Y no duda que "debí heredar alguno de los genes de mi padre", puesto que la afición por ‘contar cosas’ ha tenido continuidad en su familia: "Tengo una hija periodista y dos nietos que este año acabarán la carrera de Periodismo".

Hombre polifacético como pocos, Sieira es un melómano empedernido. Con la mayoría de edad recién cumplida, un compañero de trabajo le convenció para hacerse socio de la Sociedad Filarmónica de Pontevedra, una idea que al principio no le convencía. "Pensaba que sería un rollo aguantar todo eso". Quién le iba a decir entonces que acabaría dirigiéndola durante diez años (1984-1994) y siendo directivo otros 15, hasta convertirse en uno de los cuatro presidentes de honor.

Y llega la primera anécdota. "La Filarmónica se fundó en 1921 pero se creó años antes. En 1918, en plena Primera Guerra Mundial, estaba exiliado en España Arthur Rubinstein , el mejor pianista del mundo. Un grupo de pontevedreses consiguió que viniese a la capital, pero se encontraron con el problema de que no había ni un solo piano de cola en toda la ciudad. Las Mendoza cedieron, muy amablemente, su piano vertical, pero Rubinstein, al verlo, se negó tajante a tocar con semejante instrumento. Con el Teatro Principal absolutamente lleno, Emilio Quiroga y Sáenz Díez se pusieron delante de la puerta y le prohibieron la salida. El maestro empezó a quejarse de que aquello era una encerrona y de que lo habían secuestrado. Los organizadores acabaron convenciéndole para que tocase y el concierto fue todo un éxito. Rubinstein, en sus memorias, recordaría que la única vez que dio un recital con un piano vertical ‘fue en una pequeña ciudad española, llamada Pontevedra, donde hay gente encantadora y sumamente persuasiva’. A partir de entonces se repitieron los conciertos y eso dio origen a la Sociedad Filarmónica".

Pero poniendo la vista en el presente, reprocha que "en Pontevedra debe haber seis o siete coros. Pues bien, todos están formados por mayores de 60 años, son todos abuelos. Faltan jóvenes que les den el relevo y eso es porque no se les incentiva, no se les ilusiona para que empiecen a cantar". Afirma, rotundo, que en la ciudad hay una buena cultura musical "pero falta transmisión".

carnaval. Es imposible hablar de Carnaval en Pontevedra sin hacer mención a Fernández Sieira. Fue uno de los promotores de que la fiesta volviese a las calles en 1984 "junto a Pepe Brea , que fue uno de los concejales que más trabajó por la cultura en la ciudad". El primer pregonero fue Antonio Odriozola , a quien presentó Hipólito de Saa Bravo .

"Al año siguiente, el presentador se convirtió en pregonero y yo fui el presentador. Al tercer año fui yo quien dio el pregón", recuerda. Los siguientes 20 años permaneció vinculado al Entroido local como miembro del jurado del desfile.

Y, cómo no, también esta parcela está salpicada por divertidas anécdotas que Sieira conserva lúcidamente. "El régimen franquista prohibió el Carnaval porque tenía miedo de que la gente, aprovechando que se podía tapar la cara, pudiese cometer crímenes o atentados. Pero en Pontevedra se siguió celebrando igual en las sociedades, porque el entonces gobernador civil, Luis Ponce de León , era de aquí, nos conocía bien y sabía que no iba a pasar nada. No solo hacía la vista gorda sino que él también iba a los bailes de Carnaval".

En esos jolgorios, uno de los que más destacaba era Víctor Sanmartín , representante de la Sociedad de Autores. "No solo porque era un ‘papador’ tremendo (pesaba 127 kilos), sino porque era simpático y divertido como ninguno. Sus disfraces eran tan esperados como aclamados".

Añade que "en el menú de los Bailes de Fachas siempre había lacón con grelos. Pero como la salud le había dado un serio aviso a Víctor Sanmartín, el médico le impuso un severo régimen que debía ser constantemente controlado por su esposa. Cuando el orondo comensal se disponía a pinchar su sexto chorizo, la mujer le grita: "¡Víctor, el régimen!". A lo que él replicó: "¡Abajo el régimen!". Le faltó tiempo al gobernador civil para levantarse como un resorte de la mesa para identificar al terrorista y hubo que convencerle de que el bueno de Víctor se refería al régimen... gastronómico".

las clases sociales. A principios del siglo XX, la sociedad pontevedresa instauró un curioso ritual no escrito al pasear por la Alameda que se mantuvo hasta el fin de la Guerra Civil. "Había cuatro carriles. Por el más cercano al palco de la música paseaban los obreros y los trabajadores manuales. En el otro extremo, el paseo pegado al cuartel de San Fernando era para los soldados sin graduación, las muchachas de servir y las niñeras. De los dos del medio, uno era para la clase media (pequeños comerciantes, dependientes, sargentos, brigadas, etc.) y el otro para la gente bien, la gente con pasta. Y nadie cambiaba de paseo, todo el mundo sabía cuál era su espacio", explica el cronista.

Ese clasismo se trasladaba también a las sociedades de la época. La Sociedad de Artesanos era para los obreros, el Mercantil para la clase media y el Liceo Casino para la gente de postín. "Y después estaban los bailes de tranca (como el de O Pino o el de Mollavao), donde los soldados ligaban con las criadas".

bolas negras y blancas. En los años 50, una serie de pontevedreses que habían prosperado económicamente quisieron entrar en el Liceo Casino para formar parte de la élite social, pero se toparon con la oposición de quienes no les veían "con el suficiente carisma y señorío". Para evitar represalias de los rechazados, se votaba mediante un sistema de bolas blancas y negras introducidas en una bolsa. Bastaba con que saliese una sola esfera negra para que el candidato no fuese admitido.

"Pero las hijas de estos nuevos ricos -que no eran una ni dos, sino 150- no se conformaban con el Mercantil, porque había pocas opciones de encontrar un marido ‘rentable’ (los militares de alto rango y los solteros adinerados estaban en el Casino), así que se creó ‘ La nueva peña’ , que era abierta a todo el mundo y tenía la sede en el Cine Coliseum (al lado del Teatro Malvar). Duró unos diez años, hasta que en el Casino se dejó de valorar tanto la estirpe y más la cartera".

Amigos de Pontevedra. La tercera parcela asociada a Sieira son los premios Amigos de Pontevedra, que tienen su origen en la comida organizada en 1972 "para reunir a aquellos pontevedreses que estaban fuera de la ciudad y regresaban en agosto para estar junto a sus familias y sus amigos".

Al principio, el menú eran sardinas asadas con ‘cachelos’ y empanada de ‘raxo’, pero cuando la cifra de comensales se disparó, hubo que cambiar de ingredientes, "porque nos juntamos hasta 400 personas y a algunos ya les llegaban las sardinas frías".

Poco tiempo después se instauraron los premios a personas y entidades destacadas en cada año. Fernández Sieira tomó el relevo de Francisco Otero Lores en la tarea de elaborar una semblanza de los galardonados, encargo del que se sigue ocupando actualmente. "Habrá Sieira hasta que el cuerpo aguante y Dios quiera", pronostica.

Sobre su destreza para realizar crónica social durante lustros sin herir sensibilidades, sobre todo en una época tan sensible como el Franquismo, matiza que "la maldad no está en lo que dices, sino en cómo lo dices".

Falta relevo "Tenemos seis o siete coros, pero todos están formados por abuelos. Faltan jóvenes que les den el relevo y eso es porque no se les incentiva para que canten" Clases sociales "A principios del siglo XX, la Alameda se dividía en cuatro calles y cada uno paseaba por la que le tocaba sin invadir la de al lado, en un ritual no escrito" Futuro "Mientras el cuerpo aguante y Dios quiera, hay Sieira para rato"