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Las 'dos caras' de Lito, el rey de las orquestas

Imagen de archivo de Ángel Martínez, Lito. JAVIER CERVERA-MERCADILLO (ADP)
photo_camera Imagen de archivo de Ángel Martínez, Lito. JAVIER CERVERA-MERCADILLO (ADP)

El Ángel Martínez que saltó del puente de A Barca era el Lito que estaba solo, abandonado por socios y amigos, enfermo y metido desde hace años en líos con la Justicia por asuntos fiscales. Por cobrar en B, principalmente, por no poder justificar un patrimonio descomunal y estas cosas de ricos que no cumplen con el fisco.

Nada que ver con el Lito que levantó de la nada una industria hasta convertirla en pionera en el Estado español. A este otro Lito se lo disputaban concelleiros de Festas y presidentes de comisiones de fiestas de toda Galiza y también de España y Portugal. Todos los músicos querían trabajar con Lito y muchos llegaron a ricos gracias a Lito. No sólo músicos, sino proveedores de equipos de amplificación, de luces, de torres de sonido, de escenarios, de camiones, montadores, técnicos. Mucha gente ganó fortunas con Lito, que tenía fama de magnífico pagador. Toda aquella gente participaba del fraude conscientemente. Era así como funcionaban las cosas, mal, pero así. Con Lito no había facturas. Trabajo hecho, trabajo cobrado y hasta mañana. A ojo, se puede calcular que cientos, acaso miles de personas hicieron negocios con Lito encantados de la vida.

Pero el que saltó del puente fue el siguiente Lito, el Lito del que nadie quería acordarse; el que de la noche a la mañana comprobó que no había nadie al otro lado del teléfono, que todos huían de él, que le negaban el pan y la sal. Ese Lito saldó ya las cuentas con la Justicia porque los que mueren no responden.

Tras su caída en desgracia sucedió algo bueno. La industria tuvo que adaptarse a la responsabilidad fiscal. Algunos se apresuraron a llenar el vacío de Lito montando empresas sobre las cenizas de la industria que es lo que es gracias a Lito. Sin Lito, sencillamente, no habría industria verbenera al menos tal como hoy la conocemos, con una potencia económica descomunal y con unos espectáculos comparables a lo mejor que se pueda ver en su terreno; con esos montajes faraónicos y esos efectos tan futuristas.

Hoy es un buen día como otro cualquiera para maldecir a los que, tan culpables como él, resolvieron durante años sus negocios a base de sobres y salieron escopetados en cuanto leyeron el primer titular dando cuenta de los problemas de Lito. Pudieron hacer algo por él, ayudarle a resolver las cosas y a mantener a salvo su negocio. Pudieron haber preguntado por él, yo qué sé o mandar un mensaje de ánimo, llamarlo para charlar, algo.

Hoy estarán recordando a Lito como se recuerda a los muertos: por las cosas buenas, los gratos recuerdos, los grandes negocios, lo a gusto que se estaba trabajando con él. Y ojalá alguno, quiero creer, sienta el peso de la culpabilidad, porque fueron muchos los que llevaron a Lito a la barandilla del puente. Con que uno sólo se arrepienta el mundo será un poco menos malo. Cuando me llamaban para participar en tertulias televisivas teníamos a un jefe del programa que siempre nos invitaba a hacer leña del árbol caído, porque el árbol verde, vivo, floreciente, no daba buena leña. Mucha leña se quemó cuando Lito y sus negocios se vinieron abajo. Mucho buitre se abalanzó sobre él. Lo raro es que haya aguantado todo esto tanto tiempo, hasta esta misma semana, viviendo una vida rota mientras se iban de rositas todos sus traidores.

Los últimos años de Lito y su muerte no lo convierten en más ni menos inocente, pero tampoco era más ni menos culpable cuando todos le dieron la espalda

Por muy culpable que uno sea, que tampoco mató a nadie ni se dedicó al narcotráfico, nadie merece los últimos años de Lito, a quien no conocí en persona pero del que mucho oí hablar, como todo el mundo. Me preocupa que hay más Litos y de esos sí conozco a algunos. Gente otrora rica y poderosa hoy hundida económica y anímicamente, envueltos en problemas de todo tipo, siempre a expensas de declaraciones, juicios y sentencias, a veces recordando lo grandes que llegaron a ser, reviviendo recopilatorios de grandes éxitos empresariales y renegando de todo, a veces hasta de la vida. Y eso es tristísimo.

Los últimos años de Lito y su muerte no lo convierten en más ni menos inocente, pero tampoco era más ni menos culpable cuando todos le dieron la espalda. Y pagó por todos, no sé si económicamente, pero sí en cuanto al oprobio y el señalamiento, que se lo tuvo que quedar él sin poder compartirlo con nadie porque nadie estaba cerca.

Saltó sin que nadie le diera las gracias o quizás por eso mismo, no lo sé. Es el símbolo de una época en la que las prácticas irregulares eran lo normal y lo corriente. Y le tocó ser el culpable, el escarmiento para los demás. No sé si se equivocó o lo hizo todo de manera consciente. Supongo que habrá algo de todo eso y más, pero lo que tengo claro es que fue utilizado como el árbol tras el que muchos se escondieron para que no viéramos el bosque.

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