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Menos voluntariado, pero más necesidad: el coronavirus no da tregua

Víctor Rey, en el interior del albergue Calor y Café, el cual dirige. BEATRIZ CÍSCAR
Víctor Rey, en el interior del albergue Calor y Café, el cual dirige. BEATRIZ CÍSCAR
Los límites al contacto entre personas dificultan el trabajo de las organizaciones solidarias ► La masa de voluntariado son personas mayores especialmente vulnerables al virus y las acciones informativas o donaciones se han restringido para evitar contagios

Un voluntario sujeta un termómetro y va midiendo la temperatura corporal de quienes hacen cola frente a Calor y Café. Son las nueve de la noche en el albergue pontevedrés y otras dos mujeres sirven platos de sopa en mesas con menos comensales que hace ocho meses. Todos los voluntarios tienen más de 60 años. Representan, al mismo tiempo, el sector de la población que dedica más tiempo a la solidaridad y el que sufre con más intensidad la saña del coronavirus.

La irrupción de la pandemia supuso un parón en la actividad, pero hay población que sigue necesitando atención. De hecho, la necesita ahora más que nunca. "Sin duda ya tenemos una situación peor a la de la crisis de 2008, estamos bajo mínimos y repartimos un 30% más de alimentos que antes". Lo explica el presidente del Banco de Alimentos en Pontevedra, José Luis Doval, que se muestra preocupado por las dificultades que está teniendo la fundación para llenar las estanterías.

El cambio en los hábitos que supuso la llegada de la covid-19 choca frontalmente con el trabajo que venían realizando a diario las organizaciones solidarias de la ciudad. La conocida como distancia social ha supuesto más dificultades para llegar a las personas vulnerables, pero también poca visibilidad ante la sociedad, por lo que es más complicado llevar a cabo campañas para recaudar recursos u ofrecer información. Además, se suma la edad avanzada de los voluntarios, lo que hace que tengan que limitar sus contactos y no puedan seguir colaborando como lo hacían antes.

Lo corrobora Víctor Rey, director del albergue Calor y Café mientras señala una lista de nombres y apellidos de los voluntarios del proyecto. "Aquí hay apuntadas unas 40 personas, pero desde que empezó la pandemia solo están viniendo entre 15 y 20 y entre esos nos repartimos los turnos", explica Rey. Además, el albergue ha tenido que reducir el número de camas para que haya menos aglomeraciones y, aunque antes daban de cenar a hasta 40 personas, incluso si no dormían en las instalaciones, ahora solo dan cenas a los que pasan allí la noche porque no pueden concentrar a tanta gente en sus instalaciones. "De momento no hemos tenido que dejar a nadie fuera porque también hay menos movilidad y no vienen de otras ciudades", explica Rey.

Donde sí han notado un repunte de usuarios es en el comedor de San Francisco. "Hemos pasado de servir 140 platos a repartir tuppers para 170 o 180 personas", explica el responsable, Gonzalo Diéguez. Desde el confinamiento de marzo, el comedor ha cambiado el servicio de mesas por reparto de tuppers con comida caliente. "Hay gente sin hogar que se lo come aquí mismo, en la plaza, y hay otras personas que se lo llevan a casa, que son la mayoría. Hemos notado también que vienen familias, muchas gitanas, suponemos que será porque no están vendiendo en las ferias", explica.

En cuanto a la falta de voluntarios, Diéguez explica que el nuevo método de reparto de alimentos hace que no sean necesarios más de tres voluntarios al día. Antes podíamos ser sobre 15 o 20, pero ahora no necesitamos más.

Las restricciones limitan la capacidad de las organizaciones a la hora de llegar a la ciudadanía. Así, el Banco de Alimentos ha tenido que cambiar su tradicional Operación Kilo, que se realizaba en los supermercados recaudando donaciones de la clientela, por una versión online en la que los donantes realizan aportaciones de dinero a través de la página web de la fundación. Doval reconoce que llenar los estantes es mucho más difícil así, por lo que hace un llamamiento a colaborar con las organizaciones solidarias en un momento en el que ayudar es más necesario que nunca. "Necesitamos que nos ayuden a ayudar". 

La situación ya es peor que en la crisis de 2008, estamos bajo mínimos y estamos repartiendo un 30% más de comida

Sobre el perfil de los usuarios que acuden a este tipo de instituciones para cubrir necesidades básicas, Doval explica que hay "muchas personas que sacaban dinero en la economía sumergida o que tenían trabajos precarios, por unas horas al día, y que ahora se han quedado sin nada". Estos hombres y mujeres, en muchos casos, tienen a su cargo menores. "También hay personas inmigrantes que trabajaban en la economía sumergida y ahora se quedan sin esa posibilidad", cuenta. Así la desaparición de trabajos informales, hace que aflore la pobreza en familias que trataban de ingeniárselas en la economía sumergida. "Mucha de esa gente tiene complicado volver al mercado laboral, sobre todo ahora mismo, si esto te pilla en el paro lo tienes muy difícil", cuenta Doval.

ONG: Banco de recursos común

Las organizaciones solidarias de la ciudad celebraron una reunión telemática esta semana en la que acordaron poner en común los recursos humanos de los que disponen. Es decir, las ONG de Pontevedra quieren formar una especie de banco de voluntariado para que, en caso de necesidad, una ONG pueda recurrir a voluntarios de otra. "Tamén acordamos levar a cabo a formación do voluntariado de forma conxunta, para dar un único curso e non varios", explicó la coordinadora de Boa Vida, Pepa Vázquez, sobre el encuentro. En este sentido, explicaron que el trabajo de las asociaciones que luchan contra la pobreza es especialmente importante en este momento para evitar que quien se encuentra en riesgo de exclusión se vea arrasado por la crisis. 

"No le tengo miedo al covid, puedo cogerlo en cualquier otra parte" 

Sor Celia acude dos días por semana al albergue de Calor y Café. "Yo solo tengo 83 años", contesta Sor Celia cuando le preguntan por su edad. Lo explica con la voz baja, mientras seca platos y vasos que coloca sobre una mesa que funciona como mostrador, separado de los comensales a través de unas mamparas de plástico transparente para proteger a los presentes de la transmisión de virus. "Yo no tengo miedo de covid, pienso que puedo cogerlo en cualquier otra parte y aquí merece la pena venir", cuenta. Antes Sor Celia solía acudir al albergue de Calor y Café tres días a la semana, pero ahora ha cambiado los turnos y va solo dos.

Sor Celia, una de las voluntarias. DPSu valentía se explica cuando relata su vida. Casi cuarenta años de misionera en África hacen que Celia no se asuste ante un virus. "Además aquí no tuvimos ningún contagio, y es suerte, porque tenemos que repetirles mucho a los usuarios que tengan cuidado, porque se olvidan", explica.

Forma parte de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y vive con otras compañeras en un piso en Pontevedra. "Cuando volvía de Mozambique me vine a esta ciudad para ayudar a personas enfermas o pobres, aunque yo soy de Boqueixón", explica. Tras vivir situaciones de violencia durante la guerra por la independencia de la que fue colonia portuguesa, Sor Celia no tiene miedo a contagiarse. "Vine de un lugar donde las cosas estaban peor, aquí llevo ocho años colaborando", cuenta a la vez que su compañera Chiruca alaba su capacidad para hacer tortillas.

"Ahora estoy con las hermanas que llevaban el hospital provincial, eran muy activas, ahora acaba de fallecer una con más de 90 años que llevaba trabajando desde 1959 allí", cuenta.

Su trabajo de acompañamiento a enfermos ha cambiado bastante desde la irrupción de la pandemia. Más allá de su voluntariado en Calor y Café, los límites al contacto entre seres humanos, un pilar fundamental de la solidaridad, han supuesto la reducción de las actividades. "Desde que nos confinaron en marzo todo cambió mucho, estamos todas en el piso, ya no podemos visitar a enfermos en sus domicilios, ni ir a las residencias de ancianos y en el comedor de San Francisco hace falta menos gente, entonces estamos mucho más tiempo en casa. Pero no podemos quejarnos, estamos bien, quienes no están bien son las personas pobres, para ellas sí que es un problema", explica. 

"Al día siguiente de jubilarme vine a la asociación para hacerme voluntaria" 

"Tenía miedo a no adaptarme a no hacer nada, así que al día siguiente de jubilarme vine a la asociación para hacerme voluntaria, y aquí llevo desde entonces, ya han pasado once años". Lo explica Chiruca García, colaboradora de Calor y Café y su cocinera habitual. "Hoy hice sopa de fideos y empanada, ya preparé bastante para que le quede al turno de mañana", cuenta mientras sirve a los usuarios del albergue.

La voluntaria cocina en su casa los lunes, miércoles y viernes para llevar cenas al albergue. "Unos días hago lentejas, otros hago arroz con calamares, a veces hago algún guiso... siempre cocino mucho para que sobre para el día siguiente", explica. García trata de aprovechar todos los recursos para ajustar el presupuesto con el que cuenta a los menús.

Así, aunque ahora el número de personas que acuden a cenar a Calor y Café haya bajado considerablemente por las limitaciones de aforo, llegó a preparar platos para más de 40 personas. Mi compañera Sor Celia también cocinó mucho, ella es la encargada de las tortillas, "hay días que hizo más de 40 en una tarde", señala mientras se ríe junto a su compañera.

Chiruca García, cocinera en el albergue. DPPese al valor de su trabajo, Chiruca trata de quitarse mérito con modestia y asegura que, si cocina tanto es porque "mi casa es la que queda más cerca de la asociación, no por otra cosa", cuenta.

Ella es de las que mantuvo su colaboración con Calor y Café pese a la pandemia. "Hay algo que no entiendo, de momento no hemos tenido ningún usuario contagiado en todo este tiempo, ni en la primera ni en la segunda ola", cuenta cuando le preguntan por el miedo al virus. "Yo soy una persona que no se asusta por estas cosas, de hecho nunca me había vacunado de la gripe hasta este año, mi hija no paró hasta que me vacuné", explica.

Así, explica que procura tomar todas las precauciones que se indican, pero que no dejará de ir a ayudar a la asociación.

Unos días hago lentejas, otros hago un guiso... siempre cocino bastante para que sobre para el día siguiente

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