"Nací árbitro y moriré árbitro"

Árbitro de fútbol que se pasó al sala. Hijo de árbitro y hermano mayor de árbitro. Los Vidal son una saga vinculada al silbato. Este viernes, la delegación de Pontevedra despedirá como merece a Miguel Ángel Vidal después de 30 años pitando primero y dirigiendo después
Miguel Ángel Vidal Araújo, en la delegación de Pontevedra de la Federación Galega de Fútbol. DAVID FREIRE
photo_camera Miguel Ángel Vidal Araújo, en la delegación de Pontevedra de la Federación Galega de Fútbol. DAVID FREIRE

"Nací árbitro y moriré siendo árbitro", comenta Miguel Ángel Vidal Araújo. Y es que de casta le viene al galgo. Porque este pontevedrés nacido en el año 1972 colgará el silbato simbólicamente este viernes, en un acto en el que la Federación Galega de Fútbol rendirá homenaje al que ha sido delegado de árbitros de la modalidad de sala en Pontevedra desde el año 2015. No es para menos, ya que más allá de estos últimos siete cursos como dirigente, ha acumulado 30 años pitando en campos de fútbol primero y en pabellones, después.

Miguel Ángel entró en esto del arbitraje con 16 años, porque el gusanillo "le picó" después de haber tenido el ejemplo en casa durante toda su vida. El ya excolegiado es hijo de Manuel Vidal Baamonde, que llegó a asistir en algún partido de Primera División. Y con su padre incluso coincidió de asistente en un partido en Verín. "Fuimos en el 127, que no pasaba de 90 s por hora", recuerda con cariño Vidal Araújo.

Antes, había debutado en un amistoso entre dos equipos de Segunda Regional. "Me dijeron: "bueno, ¿qué? ¿Debutas el domingo? Y así fue. Cogí el banderín y las pocas nociones básicas que tenía desaparecieron en cuanto escuché el pitido inicial. Se me nubló todo", reflexiona Vidal, que pese a aquella experiencia algo traumática de tirarse a los leones sin red, no le cogió miedo al dirigir partidos: "La sociedad antes era de una manera y ahora es de otra. En la actualidad, los jóvenes van mucho más encauzados porque se van instruyendo en muchos aspectos antes de empezar a arbitrar".

Ahí inició un camino relativamente corto en el ámbito del fútbol, ya que a los 23 se fue a Madrid "por motivos profesionales". Sin embargo, previamente le había dado tiempo a tomar el relevo de su padre y ejercer de "maestro de ceremonías" de Manuel, su hermano menor. "Él debutó oficialmente a lo grande, en un triangular con el Alondras y el Celta", narra.

Tras cuatro años de "paréntesis", cuando regresó de nuevo a su hogar, en 1999, lo hizo vinculado a la Real Federación Española de Fútbol, pero como colegiado de fútbol sala. Le "apetecía" probar otra modalidad. Y bajo la condición de árbitro de ámbito nacional, en un momento en el que todavía faltaba para la transferencia total de competencias arbitrales a las federaciones autonómicas y la fusión de federaciones gallegas de fútbol y fútbol sala, arrancó pitando las actuales Tercera y Segunda B. "Por aquel entonces éramos cuatro árbitros de la delegación de Pontevedra los que pitábamos en categoría nacional", recuerda. Luego, el número fue creciendo. Ahora todo está unificado y él deja -más bien dejó ya al término de la pasada campaña- una delegación con unos 38 árbitros, que pitan todo tipo de divisiones.

"No me corresponde a mí decirlo, pero creo que se hizo un buen trabajo. Llegamos a una delegación "descabezada", en plena fusión, y la pusimos "a andar". Ahora hay una muy buena comunicación con el entorno de los clubes", explica Miguel Ángel Vidal Araújo, que recalca que es preciso "saber llegar" y también "saber irse". "Los ciclos están para cumplirlos y hay que renovar aires. Esta es una decisión meditada, así que no creo que eche nada de menos", finaliza.

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