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Ni hijos de diseño ni padres diseñadores

No podemos dejar a los niños sin infancia, organizar su hoy en función de lo que queremos, con nuestra mejor intención, que sea su mañana

AUNQUE PONER nombres a las cosas es una necesidad humana, en el caso que nos ocupa es aconsejable no caer en banalidades y términos impactantes, dada la trascendencia que puede tener la temática para nuestros niños y niñas. Parece adecuado hablar de modelos de padres sobreprotectores y huir de la idea de que aquellos progenitores que se preocupan por los hijos lo hacen mal. Todo lo contrario si tenemos en cuenta que la especie humana está preprogramada para cuidar de sus crías, para protegerlas, mantenerlas vigiladas, controladas, libres de peligros… Hemos de hacerlo, pero no todas las prácticas educativas que empleamos para conseguirlo son beneficiosas en términos de desarrollo.

Como en casi todo lo importante en la vida, en la educación de los hijos no hay recetas y aunque ha sido siempre una tarea apasionante a la vez que difícil, hoy lo es más debido a los rápidos cambios que experimenta la sociedad. La familia no puede considerarse sin tener en cuenta el entramado social del que forma parte. Sus demandas, lo que nos ofrece o sus valores indican en buena medida cómo nos debemos comportar los padres en nuestra labor socializadora para con nuestros hijos. Haciendo una sucinta radiografía de la sociedad en la que no toca vivir, se nos presenta como individualista, consumista, en la que priman valores económicos, donde el trabajo es un bien inestimable y la competitividad es característica básica; un entorno social en el que se respira un cierto hedonismo y una búsqueda constante de la felicidad y en la que la importancia de la imagen y el estatus son signos de valor evidentes.

Contexto: La familia no puede ser considerada sin tener en cuenta el entramado social del que forma parte 

Así, es fácil que padres preocu-pados por sus hijos quieran prepa-rarlos para ese mundo: buscar los mejores colegios, darles los mejores estudios, prepararlos en las mayores competencias posibles… y acabamos llenado sus agendas de tareas extraescolares, anotándolos en todas las actividades de ocio posibles, gestionando sus agendas escolares, cuando no sus deberes, para que sus calificaciones sean las mejores, llegando incluso a cuestionar la profesionalidad de los docentes.

A esto se suma que muchos padres actuales rechazan modelos de educación autoritarios y se inclinan por una educación muy democrática que, como cualquier estilo educativo, tiene sus riesgos si no es bien entendida. Un modelo así supone la igualdad entre los integrantes de la familia, implica consensuar y negociar, y ello, a prioiri, no parece negativo, pero hemos de preguntarnos si padres e hijos deben tener la misma capacidad para decidir, las mismas responsabilidades, el mismo poder o autoridad y voz y voto por igual en todos los temas.

Otra razón que subyace a este comportamiento tiene relación con determinadas creencias en torno a la infancia, como por ejemplo, pensar en ella como un período de gozo, de no asumir responsabilidades pensando que eso ya se hará en la edad adulta.

A todas luces parece que no hemos de tener hijos de diseño ni ser padres diseñadores. No se trata de tomar la etapa de la infancia como un ensayo general de la vida adulta en todo momento; no podemos dejar a los niños sin infancia, organizar su hoy en función de lo que queremos, con nuestra mejor intención, que sea su mañana.

CLAVES. ¿Y cómo han de ser entonces esos entornos familiares que favorezcan un desarrollo óptimo de la individualidad de cada uno, que ayuden a construir personas social y emocionalmente sanas, capaces de implicarse, de ayudar, resilentes, asertivas, inteligentes, creativas…? La psicología y otras disciplinas educativas pueden darnos claves que ayuden a encontrar algunas respuestas.

Hemos de tener en cuenta que la sobreprotección, el pretender diseñar el proyecto de vida de los hijos a imagen de los padres o el no darles la libertad necesaria en cada momento evolutivo, pueden acarrear errores en su educación y desarrollo personal. Tenemos que entender que los hijos no son propiedad de los padres, que cada persona tiene el derecho y la obli gación de construir su biografía y el papel de los progenitores está en ayudar incondicionalmente en esta labor y orientar en lo necesario. Si se permite el símil deportivo, hemos de ser los mejores entrenadores, pero el partido de sus vidas lo han de jugar ellos.

Puntos de partida: Establecer vínculos afectivos seguros con nuestros hijos los hará independientes, confiados para explorar el mundo

Un pilar básico para lograrlo es educar en el afecto. Establecer vínculos afectivos seguros con nuestros hijos los hará independientes, capaces de establecer relaciones con sus iguales, confiados para explorar el mundo. Lo contrario los puede dejar huérfanos de calor y de dirección vital, incluso en la edad adulta.

Hemos de tener confianza en las posibilidades de los niños y jóvenes. Creer que pueden hacer cosas, que son capaces, es la mejor manera de hacerlos competentes. Se dice que la mayor amenaza contra la creencia de competencia personal es la duda, la negación de esas posibilidades. El ser humano se va haciendo una idea de sí mismo según la imagen y los mensajes que los otros le transmiten, por eso decirle a un niño que no puede, hacer las cosas por él o ella o admitir que diga de sí mismo que no es capaz es una buena forma de asegurar su incapacidad.

AUTONOMÍA. Fomentemos su autonomía y ayudémosles a asumir progresivas responsabilidades. Siendo ejemplos de ello, ofreciéndoles posibilidades de responsabilizarse de pequeñas tareas acordes con su edad y capacidades, dejando que tengan iniciativa propia, asumiendo las consecuencias de sus acciones, sean buenas o malas, de manera que vayan aprendiendo progresivamente a tomar las riendas de su vida. Tan malo es no ayudar cuando la ayuda es necesaria como invadir el terreno de las decisiones personales cuando uno ya es capaz de decidir.

Ayudémosles a asumir riesgos y a aprender de los fracasos. Dicen los grandes investigadores que de 100 experimentos que realizan 99 fallan y solo uno es el bueno, pero de todos aprenden. La gente inteligente no es aquella que nunca comete errores. Si no permitimos a los niños equivocarse porque solucionamos sus problemas, no sabrán en qué se han equivocado y no aprenderán a subsanarlo, tendrán que preguntarnos siempre qué o cómo hacer. Y esto genera inseguridad, dependencia. Equivocarse es humano y aprender y rectificar, nos humaniza más.

Trabajemos desde su curiosidad y sus intereses, que no siempre han de coincidir con los nuestros o con lo que a nosotros nos gustaría que fueran. Está demostrado que las personas felices en su trabajo, que sobresalen en algo, es porque les gusta lo que hacen. Y no se trata de dejarles hacer lo que les dé la gana, sino de educarles las ganas. Demoremos las gratificaciones, los premios, los halagos. No todo ha de ser inmediato ni su vida una eterna carta a los reyes. Las personas que son dichosas con lo que hacen han aprendido a demorar las gratificaciones, a posponer lo inmediato por ir construyendo proyectos que tienen sentido de futuro. Trabajando el autocontrol ayudamos a crear personas seguras y con fortaleza interna para afrontar las dificultades.

Cuidemos la empatía: el ser humano, el niño y la niña, son importantes por serlo, pero también por entender al otro, por saber ponerse en su lugar. Comprender el punto de vista de los otros nos hace sensibles, nos capacita para la interacción y la vida en grupo.

Difícilmente podemos pedir a los niños sobreprotegidos que cambien, que se vuelvan seguros, autónomos o independientes si sus padres no están dispuestos a cambiar o, al menos, a pensar que pueden hacerlo. Practicar una sana desatención de los hijos, permitirles el derecho a vivir sus pequeñas frustraciones, acompañarlos en los fracasos, ponerles límites y normas, ayudarles a asumir riesgos, dejarles que se aburran, entender que la perfección no existe, que no hay socialización sin conflicto ni educación sin desencuentros pueden ser algunas indicaciones para desandar un camino que conduzca a un fin más positivo.

Ni hijos de diseño ni padres diseñadores
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