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Migrantes y vendedores ambulantes: una cuesta imposible tras el Covid-19

Inmigrante vendiendo paraguas en una imagen de archivo. DP
Inmigrante vendiendo paraguas en una imagen de archivo. DP
Si la parálisis causada por el coronavirus ha dejado a muchos sectores en una situación complicada, a la mayoría de los migrantes que viven de la calle los ha dejado al borde del precipicio

El coronavirus paró la vida de todos el 14 de marzo. Al mismo tiempo que el silencio se adueñaba de las calles, el fantasma de una nueva crisis se colaba en cada uno de los negocios que se veía obligado a bajar la persiana. Si a todos ellos el confinamiento impuesto por el Gobierno para hacer frente a la pandemia les asestaba un golpe económico de graves consecuencias, a los que no tenían una verja que cerrar y dependían de salir a la calle cada día para garantizarse el sustento los dejaba al borde del precipicio. Es el caso de muchos de los 135 senegaleses que viven en la ciudad de Pontevedra, para los que su única fuente de ingresos es la venta ambulante en mercadillos, a veces en un puesto autorizado y, en ocasiones, sobre la manta que recogen en cuestión de segundos cuando se acerca la Policía. Otras veces, cuando la lluvia arrecia, su puesto de trabajo está en un rincón de cualquier calle, donde se instalan provistos de un buen manojo de paraguas. Siempre en silencio, invisibles a los ojos de muchos.

Desde el 14 de marzo en los pisos que comparten con otros compatriotas no ha entrado ni un solo euro. Entidades como Cruz Roja, el programa Porta a Porta puesto en marcha por el Concello en colaboración con el Servicio de Deportes y el Banco de Alimentos, la red de ayudas que tejen entre ellos y la solidaridad de algunos vecinos les ha permitido comer durante todo este tiempo, pero las deudas del alquiler se acumulan y la familia que depende de ellos en su país de origen sigue necesitando su aportación. A la hora de acceder a prestaciones públicas, el desconocimiento de las mismas, los entresijos burocráticos o las dificultades con el idioma son una traba. Eso para los inmigrantes en situación regular; los sin papeles, como siempre, se quedan al margen. Así, alrededor de 600.000 personas en situación irregular que viven en España no tienen acceso a las ayudas aprobadas por el Gobierno para paliar las consecuencias de la crisis económica provocada por el coronavirus.

"Durante el confinamiento cocinábamos solo una vez al día para poder ahorrar"

Ninguno de los inmigrantes que están en esa situación en Pontevedra, en donde recalaron después de jugarse la vida y todos sus ahorros, quiere contar su testimonio. Sí han accedido, Modou Gueye, de 27 años, y Talla Llo, de 24, dos jóvenes senegaleses en situación regular —el segundo incluso cuenta con DNI español— a los que el confinamiento también ha pasado factura. Una factura que no deja de aumentar.

Procedente de Dakar, Modou, que prefiere no mostrar su imagen, llegó a la Boa Vila hace doce años, cuando era solo un adolescente. Afortunadamente, él pudo hacerlo en avión. Aquí le esperaba su padre, establecido en la ciudad desde hace tres décadas, y un futuro que por aquel entonces creía más halagüeño. De hecho, confiesa que cuando llegó pensaba que "era mucho más fácil conseguir dinero". Durante dos años pudo estudiar en el IES Valle Inclán y después hacer un ciclo de carpintería en el Príncipe Felipe, pero, con el país sumido en una grave crisis económica, su padre demandó su ayuda. "Hice la teórica y la práctica de carpintería pero no pude seguir estudiando. Mi padre solo no podía. Tenía que ayudarle. La necesidad no espera", cuenta Modou en un español más que aceptable.

Así se inició en la venta ambulante y así siguió hasta que una nueva crisis, la del coronavirus, se cruzó en su camino. "Mi padre tiene un puesto en Vilagarcía y en Padrón. Al resto de sitios vamos, ponemos y cuando viene la Policía recogemos. A veces también vendo paraguas", cuenta.

"A la familia de Senegal no tenemos que ayudarla, tenemos que mantenerla"

Aunque a duras penas, con eso sacaba lo justo para mantenerse, pagar su parte de los 400 euros del alquiler del piso de Marqués de Riestra ("uno de esos viejos que no quiere nadie") en el que vive con su padre, un hermano y un primo y, además, enviar algo de dinero a Senegal, donde vive su esposa, su hija de poco más de dos años, su madre y tres hermanos más. "No tenemos que ayudarlos, tenemos que mantenerlos. Dependen de nosotros", precisa el joven.

Talla
Talla Llo

Por eso el encierro motivado por el coronavirus los dejó en una situación dramática. "Solo cocinábamos una vez al día para poder ahorrar", explica Modou sin darle excesiva importancia. Gracias a Cruz Roja, el Concello y a una vecina que les compraba comida fueron "tirando" en lo que respecta a la alimentación. "La señora aún me preguntó el otro día si nos hacía falta algo pero le dije que no porque me daba vergüenza", comenta Modou.

La llamada teranga senegalesa, que además de la hospitalidad, tolerancia y respeto, define el sentido de pertenencia a una comunidad o una familia donde todos los miembros se ayudan entre ellos también se puso en marcha. "Nos ayudamos entre nosotros. En marzo, cuando empezó, mi primo tenía 100 euros ahorrados y fuimos tirando de ahí", señala.

Sin embargo, pagar el alquiler se convirtió en una misión imposible y ya deben tres meses. "El dueño de la casa me dijo que nos iba a hacer los papeles para pedir las ayudas , pero no sé nada más. Si no, tendrá que esperar hasta que podamos trabajar. Me da vergüenza, pero cuando alguien no tiene, no tiene", afirma.

"Podemos tener puestos en todos lados menos en Pontevedra, donde vivimos. No es justo"

También ellos están a la espera de que abran los mercadillos en los que trabajan habitualmente, principalmente los de Vilagarcía, Portonovo y Padrón ("en Pontevedra si pones te levantan") para recuperar su vida normal y alguno de sus sueños. A corto plazo, el de Modou es viajar a Senegal el próximo año. "Desde que estoy aquí solo he ido cuatro veces. En total, he estado ocho meses en 12 años —calcula, teniendo en cuenta que cuando visita su país la estancia se prolonga durante dos meses—. Quiero ver a mi familia", añade.

En su país natal le sorprendió a su padre la pandemia y allí sigue."Muchos senegaleses están ahora allí porque después de Navidad hasta marzo es una época de poca actividad aquí y aprovechan para viajar a Senegal", explica Modou.

A largo plazo, su sueño es "montar un negocio" en su país natal que le permita vivir allí durante ocho meses y solo permanecer en España durante cuatro. "Quedarse definitivamente en Senegal es muy difícil", afirma. Y es que pese a sentir que aquí son "segundo plato" y reivindicar su "contribuición", trabajar en España es su única opción de futuro. "Éche o que hai", dice en un gallego que denota que, de momento, no pierde la esperanza ni el ánimo.

REIVINDICACIÓN. Al igual que Modou, Talla Llo llegó a Pontevedra a instancias de su padre junto con dos hermanos mayores. Tenía 14 años y, tras estudiar en el IES A Xunqueira, empezó a trabajar "en mercadillos y recogiendo fruta en Murcia".

En los mercados de A Pobra do Caramiñal y Boiro cuenta con sendos puestos autorizados, en los cuales, hasta que el coronavirus lo paró todo, vendía bisutería, lo que compaginaba en alguna ocasión con la venta de paraguas en la calle. Así, con mucho esfuerzo, "podía vivir" y ayudar a su madre y a dos hermanos que viven en Senegal.

Desde la declaración del estado de alarma todo cambió y él y sus cinco compañeros de piso ya deben tres meses de alquiler. "Pagamos 300 euros por un piso de cinco habitaciones", explica Talla, que confía en poder cobrar algún subsidio por desempleo.

"Los senegaleses somos gente seria. Vamos del trabajo a casa. No pedimos"

No obstante, el futuro lo ve "jodido". "No sé qué va pasar. Yo durante el confinamiento estuve estudiando inglés un poco por internet", cuenta el joven. Y es que uno de los deseos de Talla, que sueña con ser cocinero, es poder formarse. "Me piden 2.000 euros. Si me ayudaran yo me formaría para salir adelante y tener un buen futuro porque sé lo que es ser un emigrante", explica.

Y es que aunque tiene DNI español y se siente "muy agradecido" y "más protegido" por ello, insiste en que su "corazón pertenece a Senegal", a donde le gustaría regresar algún día, aunque no para establecerse de forma permanente. "No quiero volver para siempre. Quiero ir y venir. La gente aquí es buena, un poco cerrada pero buena", comenta.

También tiene buenas palabras para la Policía Nacional: "Son buenos, no se meten con nosotros", pero "los senegaleses también somos gente seria. Vamos del trabajo a casa. Nunca hacemos tonterías ni nos metemos donde no nos llaman. Tampoco pedimos. Podemos vender paraguas, correr si viene la Policía y hacer top manta, pero pedir no solemos hacerlo. Los que piden o están en los parques no son de Senegal", recalca al tiempo que insta a sus compatriotas a "incorporarse" más a la sociedad española.

Sus mayores quejas van dirigidas hacia el Concello de Pontevedra por no poder acceder a un puesto de venta. "Mis compañeros dicen que todos tienen puestos en los mercadillos de todos lados menos aquí en Pontevedra, donde viven. Eso me parece que no es justo. Muchos ya tienen DNI, van a votar y forman parte de aquí, yo pediría que les dejaran poner un puesto. Solo queremos salir adelante", concluye Talla.

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