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De Eyüp a Chora

Una casa de la ciudad de Eyüp. FS
Una casa de la ciudad de Eyüp. FS

Los viajeros del autobús número 90 pagan los billetes a tres desconocidos que buscan la iglesia de San Salvador

En una ladera de la colina del Cuerno de Oro están esparcidos miles de túmulos y al fondo se extiende Estambul, partido en dos por el estrecho del Bósforo. A un lado se encuentran Sultanahmed y el Topkapi y al otro, la Torre Gálata, las tiendas de moda y de música. Sobre la lámina de agua entre el mar Negro y el Mármara se asienta una pátina dorada en los atardeceres soleados.

Una calzada flanqueada por cipreses, algarrobos y castaños es la arteria central de un camposanto blanco. Un turbante identifica las lápidas de los hombres y un chal, o unas flores, las de las mujeres. Los gatos merodean perezosos. Un niño juega con un camión de plástico entre las tumbas. Sus padres extienden la comida sobre un mantel. La familia comparte la jornada con sus antepasados.

El viajero llega a la conclusión de que para ellos es un día feliz, circunstancia que no deja de sorprenderle porque viene de un país en el que el seguimiento de una serie de preceptos garantiza la estancia eterna en el cielo y, a pesar de ello, el dramatismo envuelve los cementerios de su tierra.

Atrás queda el rincón favorito del escritor francés Julien Vinaud, un café que se identifica con el seudónimo que utilizaba, Pierre Lotti, cuya terraza recubre la cúpula verde de los árboles y es el punto de partida de una calle trazada entre coloridas casas de madera. Los pies están en Asia y enfrente se encuentra Europa. Los minaretes despuntan sobre los tejados de los edificios de una ciudad que un día se llamó Constantinopla. Un grupo de mujeres ascienden por un sendero vestidas con atuendos de colores azul y negro. Al fondo está Eyüp, una ciudad que germinó entorno a una mezquita donde abunda el mármol y el oro, la que ordenó construir Mehmet II en el siglo XV, donde se encuentran los restos de Abu Eyyub Ensari, el portaestandarte de Mahoma. Plátanos centenarios proporcionan sombra a un patio que fue el escenario de la investidura de los sultanes.

Niños con báculo y una capa de armiño celebran el día de su circuncisión, los matrimonios expresan sus deseos de felicidad ante una verja de plata y las novias reparten azucarillos. Los hombres rezan frente al mithrab y las mujeres, en la primera planta.

ESPACIO SAGRADO. El ambiente de fervor y recogimiento y la ausencia de turistas contrastan con la estampa habitual de las mezquitas estambulíes. Un terremoto destruyó este templo, haciendo necesaria su reconstrucción, pero la fe sigue intacta y es el cuarto en la jerarquía de los espacios sagrados del Islam, después de La Meca, Medina y Al-Aqsa (Jerusalén).

El esplendor de la ciudad coincidió con el del Imperio Otomano. Familias musulmanas, procedentes del Cáucaso y de los Balcanes, iniciaron una nueva etapa de sus vidas en esta ciudad, y su desarrollo se prolongó con la instalación de industrias que se extendieron por los lugares ocupados antes por los jardines y los campos de flores de Alibeyköy.

La contaminación alejó a los habitantes más pudientes hasta el margen asiático del Bósforo. Situada sobre una llanura, Eyüp es hoy una sucesión de calles animadas en las que se entremezclan los edificios y las viviendas, algunas de ellas de madera.

Con el sol en lo alto del cielo, el viajero busca parada del autobús para dirigirse hasta Chora. Un guardia vestido le indica el lugar al que debe dirigirse. Localizado el punto indicado por el agente, aguarda. La espera se prolonga por espacio de unos quince minutos, y el viaje no dura mucho más. Busca la Iglesia de San Salvador, y lo hace con cautela porque está advertido de que no es fácil llegar hasta este templo a través de calles estrechas.

Falsa previsión la suya: cuando aún está poniendo los pies en Chora, un transeúnte le señala el itinerario a seguir, adelantándose a la pregunta que ya intuía.

Valió la pena el viaje ante la visión de la colección de mosaicos y frescos bizantinos y por la oportunidad de deambular por el nártex. Pero si alguna razón empuja al viajero a dejar constancia de la experiencia no es el afán de describirla, porque tiene muy presente que más importante que el medio son los seres humanos que lo habitan, y los acontecimientos refrendan esta convicción.

LAS TARJETAS. Mientras espera la llegada del autobús, un joven se acerca a una de sus dos acompañantes y, hablándole en inglés, le indica el número del autobús, el 90, y debe realizar el pago con una tarjeta, medio del que no disponen.

El muchacho se ofrece a hacerlo, y cuando ya está en marcha, habla con una guardia de seguridad en turco. Después, explica que su tarjeta solo permitía abonar el importe de dos viajes. Mientras lo hace, la mayor parte de la veintena de pasajeros muestran las suyas para realizar el pago.

En ese instante se mezclan la sensación de sorpresa y de gratitud con la de impotencia, por no saber de qué manera expresarle el agradecimiento. Desde entonces pasaron más de cuatro años, y aquel día se ratificaron en la idea de que los viajes empiezan en el instante en el que se planifican y no concluyen nunca.

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