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EL LARGO RECORRIDO DE JANE EYRE

El resultado de un gesto

Desde el pasado abril, Londres está rindiendo tributo a Charlotte Brontë, de cuyo nacimiento se cumplen doscientos años. Se abren museos y bibliotecas para que los ciudadanos contemporáneos podamos leer y contemplar lo que fue una época y lo que fue la lucha de una mujer, junto con sus hermanas, por la literatura

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A VECES ES UN gesto. No tiene por qué haber heroicidad en él. Puede, incluso, ser producto de un resentimiento, de una venganza, de una ofensa. Todo acto, banal o profundamente meditado, significa algo que va más allá del hecho y cuyas consecuencias no se suelen, siquiera, vislumbrar. Aquella mujer, pétrea, de corazón inflexible, quién sabe si de dolor o de vergüenza, rescató en 1845, de una segura desaparición, las cartas que Charlotte Brontë, con voraz apasionamiento y creciente desespero, le había enviado a su marido, Constantin Heger. Las recogió de entre los desechos y restituyó los pedazos, uno por uno, con una metódica voluntad de salvaguardar un deshonor. Se llamaba Claire, y se la recuerda como la rígida esposa capaz de recuperar las riendas de un matrimonio que se le escapaba. Consiguió enviar a Charlotte de vuelta a su hogar y enderezar a un Heger cada vez más encariñado con su discípula. Si fue por despecho o por perversión, nunca lo sabremos, pero ese arrebato —en el que puede que la vida de esa mujer, su futuro, su dignidad, pasaran ante sus ojos— fue el que llegó a nosotros. Hoy se conservan cuatro cartas en la British Library, se pueden ver los fragmentos del papel surcados con puntadas de un hilo que, en su momento, unió lo que la misma mano, empeñada en anudar aquel amor imposible, destinó al olvido.
Dos años después de aquella forzada separación, Charlotte Brontë publica ‘Jane Eyre’. En esa novela hay algo de aquel desamor, de aquel atormentado combate que ella misma libró. Pero hay más en ‘Villette’, publicada antes de morir, en cuyo argumento aparece un profesor belga que recuerda inevitablemente a Heger. No se olvidan fácilmente los tormentos sentimentales, querido lector, hay veces que ni siquiera es posible mitigarlos. Sin embargo, Charlotte Brontë, al igual que sus hermanas, Emily y Anne, poseían el irrefrenable delirio de la escritura.

Quizá debamos comenzar el relato por un detalle nimio. Patrick Brunty, pastor anglicano de origen irlandés, cambiando su apellido por el de Brontë y yendo a vivir a Haworth, en el condado de Yorkshire, a la casa rectoral en la cual nacerán, vivirán, escribirán y morirán su mujer, sus hijas, su hijo y él mismo, un destino funesto asociado al misterio, al terror, al romanticismo, a la enfermedad y, sobre todo, a la pasión. Esa casa enorme, con el cementerio al fondo, produce escalofríos y atención inmediata. Los tempestuosos argumentos que se imaginaron allí dentro y que se convertirían en representativos de la literatura inglesa del siglo XIX, se comprenden de golpe, con un vistazo a ese paisaje condenado. Pero, volvamos al pastor, un hombre severo, de pensamiento conservador y recia disciplina. Sin poder calificarlo de persona afable, se afirma que la educación de sus hijos fue audaz y, para los tiempos, muy poco común. El fomento de la imaginación y la creatividad, alentadas por la lectura y por la escritura, era la esencia de aquel hogar, estructurado, por otro lado, como una familia al uso, donde las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas y aspiraban a un buen matrimonio, y donde el único varón, Branwell, encarnaba la posibilidad de todo. Patrick Brontë se dedicó a ese hijo en cuerpo y alma. Y fracasó. Murió de tuberculosis, alcoholizado y drogadicto. El retrato que este aspirante a pintor hizo de sus hermanas cuelga de una pared de la National Portrait Gallery de Londres. Otra mujer, segunda esposa del marido de Charlotte, mucho más tarde, encontraría la tela doblada en un estante. De nuevo, un gesto. Y todo vuelve.

Angria y Gondal fueron dos universos creados por el desbordamiento clarividente de los Brontë. Charlotte y Branwell imaginaron Angria, que desarrollaron a lo largo de los años, un espacio narrativo en el que los personajes nacían y morían, en medio de torbellinos tumultuosos y de aventuras sinfín. Por su parte, Emily y Anne concibieron Gondal, otro mundo repleto de ingenio y entusiasmo. Estudiosos de las obras de las hermanas Brontë afirman que en esas historias apasionadas habita el germen de sus futuras novelas. Después de que la muerte, presente en la rectoría como un personaje más, se llevara a la madre y las dos hermanas mayores, Angria y Gondal se convertirían en la proyección de un deseo no satisfecho. El hermano, artista frustrado, no poseía el talento suficiente. Las hermanas, dotadas de un ingenio impetuoso, se topaban con un impedimento mayor. El de ser mujeres. Nacer mujer en una época en la que no se concebía su autonomía, su inteligencia ni su dignidad como ser humano. Y estas tres hermanas, que habían leído y habían soñado y habían escrito sin parar, historias y poemas, deciden desafiar al mundo.

Corría el año 1846 y eso significa, lector, que la literatura le está vedada a las mujeres decentes. Pero las Brontë son valientes aunque la sensatez prime en sus decisiones. Currer, Ellis y Acton Bell son tres jóvenes escritores que por primera vez envían sus manuscritos a editores que, con suerte, podrían estar interesados en sus obras. Efectivamente, lo están. ‘Jane Eyre’, ‘Cumbres Borrascosas’ y ‘Agnes Grey’ salen a la luz un año más tarde con destinos diferentes. La primera tuvo un éxito inmediato, y, a pesar de ciertos detractores que la calificaron de vulgar, provocó fervientes adeptos en el Londres victoriano. El escritor Thackeray, autor de ‘La feria de las vanidades’ y ‘Barry Lyndon’, fue uno de los defensores de ‘Jane Eyre’ y de su autor. Que era autora. ‘Cumbres Borrascosas’ resultó un fracaso y ‘Agnes Grey’ fue salvando escollos y evitando la caída. De todas maneras, a aquellas alturas, en Londres no se hablaba de otra cosa, de quiénes serían esos tres misteriosos hermanos Bell. Hasta que un día dieron a conocer su verdadera identidad. Charlotte y Anne fueron a visitar a Mr. Smith, el editor de la primera, el misterio quedó resuelto y el asunto se dio por concluido. No así las habladurías, las cuales se mantuvieron aún un tiempo circulando por la capital. Lo que sí quedó definido fue el porvenir de Charlotte, Emily y Anne, desde entonces y para siempre unido al de la literatura.

Sin embargo, el camino de Charlotte Brontë todavía quedaría marcado por curvas imposibles. En 1848, Branwell muere, seguido de Emily y de Anne, rozando estas últimas los treinta años y después de que sus obras se hubieran convertido, sobre todo la de Emily Brontë, ‘Cumbres borrascosas’, en un clásico universal, y la de Anne, ‘La inquilina de Wildfell’, en la primera novela feminista de las letras inglesas —para algunos especialistas—. Patrick Brontë, querido lector, retorna a un escenario desolado, arrasado por la tuberculosis con una única hija, la mayor, para cuidar de él. Charlotte gozaba ya de fama y se codeaba con el ambiente intelectual londinense, permitiéndose el respiro de los viajes, del cambio, de la sociabilidad. Publicó dos novelas más, ‘Shirley’ y ‘Villette’. Y se casó. A pesar de haber jurado que jamás lo haría. Volviendo a desafiar las normas, la moralidad, la injusticia. A los 38 años. Con el coadjutor de su padre, Arthur Bell Nichols, quien la amó y a quien correspondió con cariño sincero. No con pasión. Porque la pasión se había quebrado una tarde desolada de 1845, cuando dejaba atrás un pensionado de Bruselas, donde había visto crecer sus esperanzas de felicidad, y a su amado, el profesor Constantin Heger. La pasión había desaparecido en unas cartas dirigidas a él que creyó que no habían sido leídas. Salvo que hubo un gesto. Una mano que las salvó. No la de Heger, sino la de su mujer.

En 1855, a punto de cumplir 39 años y embarazada, muere de tuberculosis. Y se cierra el círculo. Después vendrá el resultado de aquel gesto. Solo después.

El resultado de un gesto
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