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Negro sobre negro: novela y realidad nórdicas

Medidas antiinmigración, deportación de refugiados, recorte de derechos, fin del multiculturalismo. Los países escandinavos han dado un giro en su política y en su imagen, algo que ha cogido por sorpresa a Europa, pero no a su propia ficción. La Nordic Noir ya lo venía diciendo desde hacía mucho tiempo

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CAPÍTULO PRIMERO

Hasta tres veces había tenido que ir una patrulla al campo de refugiados ubicado al sur de la ciudad de Malmö. Las pasadas noches se habían registrado ciertos incidentes que no eran, en absoluto, tranquilizadores; sin embargo, esta tarde, el nivel de amenaza había aumentado considerablemente y se habían vivido situaciones tensas. La comisaría estaba repleta de testigos de ambas partes que guardaban una separación invisible. El filo que ahí cortara tendría que atravesar guerras, fronteras, ideologías, lenguas, miedos y odios ancestrales. Tendría que traspasar ese denso arraigo alimentado desde siempre en las cuevas humanas.

La voz de alarma la había dado alguien inesperado, un delincuente común que, en ocasiones, servía de informante para la policía. Al preguntarle el porqué de su llamada había dicho que no le parecía bien lo que estaban haciendo en Suecia con los otros, que una cosa era robarles un poco y otra quemarlos vivos. El incendio se había originado en la parte del campo de más fácil acceso, hubiera podido ser cualquiera. En general, los refugiados permanecían juntos, en grupos más o menos numerosos, formando corros de soledad común. Rara vez se dispersaban o se aislaban. Pero nadie había visto nada. El frío era intenso y soplaba un viento atroz. En ese día, similar al resto, desapacible y oscuro, se hacía patente que algo estaba cambiando.

Kurt Wallander dirigía la operación. Sabía que lo que ya se había iniciado no tenía vuelta atrás, que este era un caso insólito y también peligroso. Se miró al espejo y suspiró. Tendría que dejar para después la reflexión acerca de quién era actualmente el hombre que veía reflejado.

En la sala de reuniones ya lo estaban esperando sus colegas. Se preguntó qué pensarían ellos sobre los hechos de las últimas semanas en toda Escandinavia. Batallas campales en los barrios de inmigrantes, patrullas callejeras preparadas para defender la patria de la contaminación extranjera, endurecimiento de las leyes de asilo, partidos de extrema derecha extendiendo sus redes de influencia, y ahora esto. Un incendio destructor, no solo de vidas, sino de parte de la historia compartida. Y lo peor, se dijo Wallander justo antes de entrar en la sala, «un incendio aniquilador de la imagen».

Tenían dos cadáveres y suficientes heridos como para colapsar la sala de urgencias. La complejidad del caso no recaía únicamente en encontrar la mano ejecutora sino en la maldición de una acción coordinada en todo el territorio, en el estallido de una locura xenófoba que, como una tormenta funesta, cubriría calles, plazas, edificios y, finalmente, ciudades enteras con las mentes y almas de todos sus ciudadanos.

—Estás exagerando, dijo Harry Hole, los países siempre han tenido sus secretos. Lo que las ciudades esconden ha de seguir escondido por el bien de todos.

—Precisamente, respondió el inspector Kari Vaara, lo oculto está emergiendo y está prendiendo en la raíz de la sociedad.

Sentado junto a la ventana, había un hombre de edad indefinida, con la mirada fija en alguna parte difícil de adivinar. Los que lo conocían sabían que en los últimos años el desencanto había hecho mella en él de un modo sorprendente. Para los que había sido un modelo a seguir, Martín Beck continuaba representando el ejemplo de la sabiduría. Wallander observó su rostro y creyó ver miedo. Ese hallazgo lo puso nervioso y sintió la necesidad de un trago.

—Hace mucho tiempo que hay demasiadas cosas podridas en esa raíz, dijo Beck, y sonó tan a sentencia infernal que todos estuvieron callados un largo minuto, en una especie de parálisis incontrolable.

—Es usted un escéptico, ¿no le parece, detective?, dijo el inspector Erlendur dirigiéndose a Beck.

Este sonrió de un modo que Wallander calificó de terrorífico.

En ese instante irrumpió en la sala el subcomisario Carl Morck anunciando que Asa Romson, la viceprimera ministra sueca, había confirmado entre lágrimas un plan de deportación.

—Ya ha empezado, volvió a sentenciar Martin Beck.

Después de estructurar el plan de acción, Wallander no se encontraba más tranquilo que antes. Sentía que estos asesinatos lo superaban a él y a los que estaban allí. Era algo inmenso y desconocido, por mucho que Beck insistiese en que los síntomas ya se habían detectado décadas atrás, cuando el recién estrenado estado de bienestar incluía agujeros negros por los que se colaba lo innombrable. Percibía un olor a fatalidad, que se convirtió en una profunda náusea tras escuchar en la radio del coche a un representante de la Junta de Inmigración calificar el incendio en el campo de refugiados como un crimen motivado por el odio. «Como no resolvamos este caso, se nos van a echar encima», dijo para sí. Y cuando lo dijo, estaba pensando en todos, en los socialdemócratas, en los verdes, en los conservadores, en los extremistas, en las víctimas y en los asesinos. Y después en el resto. En una sociedad que no era dada a exponer públicamente sus opiniones, que su tendencia era retrotraerse a los tiempos en los que parecía que todo iba bien. «No es un asunto que concierna solo a la policía, en el mejor de los escenarios, atraparemos al criminal o criminales y luego qué». A su mente acudieron las palabras del informante, esa distinción turbadora en la escala de males que lo movió a denunciar. «Al menos él pone un límite». Siguió conduciendo un buen rato por carreteras secundarias que la nieve cubriría en menos de una hora. Necesitaba alejarse y entender. El invierno se anunciaba despiadado y mucho menos silencioso de lo previsto. De pronto, oyó algo que le hizo estremecerse, una especie de rugido que no era capaz de localizar, que no se parecía a nada de lo que había escuchado antes. Frenó en seco y a punto estuvo de salirse de la carretera. Estaba sudando, no lograba controlar la respiración, salió del coche y echó a correr a través de ese paisaje tan infinito. «Hubo un tiempo en que nos creímos la salvación y el mundo nos miraba. Ahora vienen a morir, pensó, esta blancura que me rodea es el suelo de sus tumbas». Y el rugido creció desgarrando todo lo que encontraba a su paso y supo entonces que no llegaba de ninguna parte, comprendió, con plena consciencia, que era él, corrompiéndose.

CAPÍTULO SEGUNDO

Kurt Wallander es el protagonista de la serie de Henning Mankell, escritor sueco de referencia en el universo nordic noir. Sus argumentos son el ejemplo en que se despliegan las marcas distintivas del género. A través de ellos, la sociedad sueca se perfila con sus contradicciones, destacando, como elemento cada vez más perturbador, el fenómeno de la inmigración, que se cuela en los casos a resolver y en los pensamientos del personaje. Wallander bebe de la construcción de una personalidad como Martin Beck, el detective creado por Maj Sjöwall y Per Wahlöö, padres de la novela negra nórdica, que fueron los primeros para los que la búsqueda de criminales se convertiría en plataforma de denuncia social.

El tiempo en que se anuncia el endurecimiento de las leyes de inmigración en Suecia se confunde con momentos significativos en los países vecinos, formando un todo amenazador. El partido de los Verdaderos Finlandeses apoya medidas de deportación y los soldados de Odín patrullan las calles tratando de recuperar una Finlandia blanca. El inspector Kari Vaara, concebido por el escritor James Thomson, respira en sus casos el racismo oculto que lo rodea. Harry Hole, prototipo del detective antihéroe, hace lo propio en Noruega. Jo Nesbo vuelve, una y otra vez, con este personaje, a romper la imagen del paraíso mientras cierran, apresuradamente, las fronteras de su país. Arnaldur Indridason pone a su inspector Erlendur a reflexionar sobre la xenofobia en medio del paisaje helado islandés, y en Dinamarca, el subcomisario Carl Morck, ideado por Jussi Alder Olsen, tiene por compañero a un inmigrante sirio mientras el Partido Popular Danés pide que se prohiba la entrada a los musulmanes.

CAPÍTULO TERCERO

La novela negra nórdica cuenta algo más que crímenes.

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