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La tormenta perfecta que no estalla

►EXCEPCIÓN. Solo 25 sentencias por abusos sexuales en la Iglesia en 65 años convierten a España en una isla entre los países católicos ►DENUNCIAS. La respuesta poco contundente ante los casos que sí se visualizan disuade a otras víctimas de contar los suyos

«COMO EN OTROS países, podemos presumir que un día se dará la tormenta perfecta, es decir, la coincidencia simultánea de diversos factores que provocarán una mayor visibilización de las víctimas». Ese era el deseo de Gema Varona, investigadora doctora permanente del Instituto Vasco de Criminología cuando, en 2015, presentó el hasta ahora único trabajo académico que existe en España sobre los abusos sexuales dentro de la Iglesia. Hoy cree que las cosas están cambiando, pero la tormenta aún no ha estallado.

La práctica de la pederastia por sacerdotes es «el mayor escándalo de la Iglesia católica durante el siglo XX y principios del XXI y el que más la desacredita», asegura el teólogo Juan José Tamayo. La suya está considerada una voz crítica, pero lo cierto es que son legión los que opinan como él. Para los creyentes, seglares o religiosos, no hay nada más doloroso ni vergonzoso, no hay delito peor que el que se comete contra un ser vulnerable y especialmente si el que lo hace debe ser referente, una autoridad moral. «Que un neno sufra esa barbarie é horrible», apunta el sacerdote Afonso Blanco.

CONTINUADOS. Precisamente una de las conclusiones del estudio de Varona fue que los abusos sexuales existían en la Iglesia española «de manera continuada en el tiempo». Los abusadores (todos varones, todos españoles, de todas las edades, con una media de 50 años) coincidían en perfil con los de otros países. Los abusados (niños y niñas, de 6 a 17 años, que sufrieron abusos durante un período prolongado de tiempo), también. Lo que variaba era la respuesta ante los casos que se llegaron a hacer públicos.

En el ámbito anglosajón se empezó a visibilizar el problema en los años 80. En esa misma época, según recuerda la investigadora, en España se emitió una sentencia condenatoria por un caso «terrible, con victimización de dos hermanos». Apenas tuvo repercusión. La publicidad de estos casos no llegó a Europa hasta dos décadas después y, posteriormente, a Latinoamérica. «En otros países se da un caso importante y otras muchas víctimas dan también el paso y visibilizan los suyos. En algunos, a raíz de eso, la Iglesia se ve obligada a reaccionar, colaborar con estudios y a ofrecer programas de atención y reparación a las víctimas. En otros, como en Irlanda, Bélgica o Australia, el que reacciona es el Estado», explica Varona. Ella cree que España será de los segundos y recuerda que ya existe una comisión en el Senado para estudiar los abusos sexuales.

APOYO. La respuesta de la Iglesia, por su parte, ha sido escasa. Solo se han creado dos centros de apoyo a víctimas, ambos en escuelas jesuitas y con un trabajo circunscrito a su alumnado, uno en Bilbao y otra en Alcalá de Henares. En general, y salvo destacadas excepciones, la Iglesia española ha resultado ser muy opaca.

Varona contactó para su estudio con los 76 tribunales eclesiásticos que existen en España para saber de cuántos casos de abuso sexual tenían registro en los 65 años que abarcaba su estudio. Contestaron 20 y dijeron no haber encontrado ni uno solo. «Directamente no nos dijeron la verdad o tienen una manera muy esquiva de interpretar lo que le estábamos pidiendo. En estos últimos años han salido en prensa casos de esas diócesis que dijeron no tener ninguno», dice la investigadora. Tampoco el Obispado lucense quiso participar en este reportaje y los únicos datos proporcionados fueron las referencias al protocolo que la Conferencia Episcopal establece para las denuncias por abuso sexual. En él, se insiste con igual intensidad, tanto en la asistencia a las víctimas como en la protección a la persona acusada.

Si resulta complicado conocer la realidad de los abusos sexuales en la Iglesia española, no lo es menos saber por qué se producen en ese contexto y si la percepción que muchos tienen de que hay más que en otros ámbitos es real. Una de las razones que aportan muchos de los consultados es la falta de educación sexual en el ámbito eclesiástico. «A Igrexa non tomou en serio a dimensión afectiva e sexual dos seus membros, que todos son mulleres e homes», dice Blanco, para quien la formación de los sacerdotes adolece de esa falta de formación, centrándose «na máis abstracta e teórica».

Blanco menciona entonces una cuestión que aparece siempre que se habla de los abusos sexuales ejercidos por sacerdotes: el celibato. Considera que debería ser voluntario, dando la posibilidad a quien lo quisiera de formar una familia, algo que, a su juicio, «esixe o mellor de cada un». No cree que esa fuera a ser una opción para todos, hay trabajos muy absorbentes incompatibles con la familia. También Valentín Arias, portavoz de Irimia, la Asociación de Crentes Galegos, alude al celibato y a la necesidad de que sea opcional. Ninguno de ellos cree que tenga relación con los abusos, pero sí que su obligatoriedad puede contribuir a crear un clima de represión que no ayuda a combatirlos. El teólogo Tamayo va más allá y cree que «favorece las desviaciones sexuales perversas».

Varona admite que «puede ser un factor a estudiar, pero de ninguna manera determinante» del abuso. De hecho, la mayoría de abusadores, en general, no son célibes. Lo que sí son es familia del abusado. Ese es el contexto donde se producen la mayoría de los casos. Se sabe desde los años 60 que una grandísima parte de agresores sexuales son conocidos de las víctimas y suelen formar parte de su familia extensa. También que los abusos sexuales son abusos de poder y que se dan con frecuencia en contextos institucionales, especialmente en aquellos donde se rigen todos, o muchos, aspectos de la vida de una persona. En Estados Unidos, donde las universidades están en espacios cerrados, se dan en los campus; en España, hay casos en clubes deportivos o de ocio. Ocurren también en internados, en el Ejército, en seminarios... Es decir, donde hay oportunidad, porque hay niños y adolescentes, y «donde la cultura organizacional tiende a la opacidad», apunta la investigadora. «Esos entornos favorecen la ley del silencio, también por un mal entendido corporativismo» dice.

PEDOFILIA. El Papa admitió en una entrevista que, según los datos que le transmitían sus observadores, hay un 2% de sacerdotes pedófilos. Es un dato tan difícil de estudiar que, en función del autor que se consulte, es el doble o la mitad de la prevalencia en la sociedad en general. Como la Iglesia ha tendido a responder ante los casos de los que tuvo conocimiento trasladando a esos curas de parroquia, o incluso enviándolos a las Misiones, los abusos se extienden geográfica y temporalmente.

A Varona —que desde que publicó su estudio en 2015 le «llueven testimonios de otros casos, fundamentalmente de hombres de entre 50 y 60 años»— el asunto cuantitativo le interesa, pero menos que el cualitativo. «En el caso de la Iglesia se da la situación perversa de que el que abusa es un referente de autoridad, por eso algunas víctimas hablan de ‘incesto espiritual’, su abusador era como un padre para ellos», explica. «Hay que hacer hincapié en que la mayoría de sacerdotes no son abusadores y muchos han sido, además, la única ayuda que han tenido las víctimas», apunta, pero insiste en que estas merecen una respuesta a la altura, no que se les pida perdón «de forma banal». Las disculpas deben ir acompañadas de una reparación y del compromiso de que no repetición.

Varona continía su investigación, en la que participan otras dos universidades españolas y varias europeas, y llama a las víctimas interesadas en colaborar a contactar con ella en su correo [email protected]

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