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Del recelo al legado

Diana de Gales, en 1996. ARCHIVO
Diana de Gales, en 1996. ARCHIVO

Recuerdo, como si fuera ayer, el día que se fue. Eran las seis de la mañana cuando me llamaron por teléfono para decirme que Lady Di y su pareja habían fallecido en París. En un principio pensé que era un mal sueño. Las llamadas, que vinieron después, me confirmaron el trágico final de una polémica historia de amor, protagonizada por una mujer a la que le pusieron muy difícil ser feliz.

Que siempre la he admirado es algo que nunca he ocultado. Es posible que la ternura, que siempre despertó en mí, venia en parte propiciada por ese cierto aire de chica tímida y desvalida que siempre le acompañaba. Ir al matrimonio, enamorada de su marido en la misma proporción que engañada por él, me posicionó a su lado en toda la historia que le tocó en suerte vivir.

A lo largo de los años he disfrutado y sufrido las vicisitudes que su matrimonio le puso en el camino. Y, como no podía ser de otra forma, estuve en su multitudinario entierro, porque mi destino profesional quiso que así fuera. No olvidaré nunca los rostros de dolor de los británicos, ni las caras de desolación contenida de unos hijos que caminaban con la cabeza baja detrás del féretro de su madre, ni el saludo más obligado que voluntario de la Reina ante ese mismo féretro solamente adornado con un ramo-bouquetde rosas blancas, con una pequeña tarjeta de sus hijos en la que se leía MUMMY.

Muchos han cuestionado que su vida no fuera un ejemplo de rectitud y buen comportamiento. Yo prefiero no juzgarla. Tendría que haber vivido y pasado por situaciones similares para calibrar el alcance de mis reacciones. Nunca supondré que ella le fue infiel a su marido por despecho o para que probara de su propia medicina. A él nunca le importó demasiado lo que ella hiciera o dejara de hacer. Fue una mujer utilizada por un hombre que tenía muy claro que ella sería la madre de sus hijos, la que le daría el heredero al trono, pero que su entrega afectiva tendría otra dueña que es, a día de hoy, quien la sigue disfrutando.

Su imposible “cuento de hadas” se convirtió casi en un culebrón venezolano (que bien le habría gustado guionizar a Boris Izaguirre), pero el cariño y veneración, que medio mundo sigue sintiendo por ella, continúan intactos. La imagen frívola, que algunos han querido potenciar en su contra, ha quedado eclipsada por su dedicación humanitaria a los más débiles, a los enfermos terminales, a los que –como ella- conocían el desamor y la decepción. Hoy sería una madre orgullosa de sus hijos y abuela consentidora de sus nietos.

25 años después ha vuelto a la actualidad al descubrirse las inadmisibles artimañas de un periodista de la BBCpara conseguir con mentiras y engaños la entrevista que lo cambió todo. Todo llega y nunca es tarde para demostrar que no todo vale para lograr un objetivo.

Novelada o no, la vida de Diana de Gales sigue siendo una fuente inagotable de información. No tenía miedo a mostrarse humana y se convirtió, sin pretenderlo, en un referente vivo en el que se miran las princesas de hoy. Su leyenda demuestra que del recelo pasó al legado.

Del recelo al legado
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