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Abrazos

SIEMPRE HE reconocido que, entre los muchos talentos que se me resisten, está el de escribir un libro. Mi capacidad de imaginación para idear una historia es nula. Me lo han sugerido alguna vez y creo que solo podría hacerlo si se trata de una biografía o del desarrollo novelado de una historia conocida. Es decir, que es más que probable que nunca lo escriba.

Cuando hablo con amigos que sí lo han conseguido materializar, algunos con gran éxito y otros con premios incluidos, siempre les pregunto si no les asusta que la creatividad tenga un límite, que la inspiración no les pille trabajando. La mayoría me desvelan que el secreto está en la disciplina y en ponerse delante del ordenador de manera rutinaria. Una vez que ya estás dispuesto a la aventura, las ideas suelen empezar a amontonarse en la cabeza y el teclado casi empieza a escribir solo.

Esa sensación del folio en blanco o la pantalla de ordenador limpia, sin una sola letra registrada, me impone mucho. Cada día que tengo que sentarme a escribir el artículo de turno, me invade la duda de si seré capaz de desarrollar lo que me toque en suerte. Y hoy, como de un tiempo a esta parte, me ocurre eso.

Las últimas semanas han sido muy intensas en todos los sentidos. Ha habido momentos de preguntarme ¿realmente merece la pena tanto esfuerzo y renunciar a un trozo de vida? Esa sensación de "día de la marmota", me hizo entrar en bucle estos días y, en consecuencia, replantearme muchas cosas. Sin embargo, al final, prevalece ese instinto de supervivencia que una lleva en las venas, sumado a una implicación absolutamente vocacional, y te autoconvences que no vales para otra cosa y que es con lo que toca lidiar.

Ese agotamiento físico y mental me ha afectado hasta el punto de bloquearme llegado el momento de elegir, incluso, el tema sobre el que escribir. Así llevo un tiempo y, aunque siempre acabas saliendo adelante, la sensación de desazón y desamparo es determinante. Por eso, hoy he decidido dejarme llevar por los sentimientos y verbalizar lo que me ha hecho sentir bien últimamente. Y, tal vez sorprendentemente para algunos, han sido los abrazos.

No sé por qué hay personas que evitan algo tan sanador para el ánimo como es un abrazo. Parece que demostrar los afectos de esa forma es un síntoma de debilidad, de ñoñería. Los abrazos tienen un lenguaje especial y un efecto terapéutico. Tienen el poder de desplegar un universo de emociones y disipan las emociones negativas con una efectividad adictiva.

En el mundo occidental, los abrazos son rápidos. Dicen que suelen tener una media de tres segundos, como si te estuviera dando un calambre. Si los alargáramos hasta los veinte, liberaríamos oxitocina (la hormona del apego y el amor) y ese abrazo tendría efectos curativos. Los hay tiernos, compasivos, sensuales, de compañerismo e, incluso, distantes pero, los que realmente merecen la pena, son aquellos sinceros de verdad, los que te reinician el ánimo. Y de esos he tenido buena dosis estos días.

Abrazos
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