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Adicto a la vida

Muchas veces, cuando escribo o hablo sobre anécdotas o vivencias que me ha regalado esta profesión, me suelen preguntar por qué no las relato en un libro. Y esas mismas veces he respondido que lo que interesaría que contara es aquello que he decidido callar.

Son decisiones que tomas en la vida y que no todo el mundo comprende, pero en las que no puedo ya dar marcha atrás. Y vaya por delante que no me arrepiento, a pesar de haber renunciado a propuestas que podrían haberme cambiado la vida o, por lo menos, que ahora la tuviera más resuelta.

Creo que, cuando decides escribir un libro que no sea novela o ficción, debes abrirte en canal y contar la verdad, tu verdad, por muy dura que sea. Tanto si es sobre tus vivencias como si es sobre las de otros. Es más, en este último caso, la meticulosidad de los hechos debe ser intachable.

Cuando leo libros de amigos, en los que relatan su vida feliz o su infierno, me producen cierta envidia porque sé que les ha servido de terapia. Verbalizar lo que te atormenta siempre es sanador, pero para ello hay que ser valiente. Muy valiente.

Sé lo dije a Màxim Huerta cuando publicó La parte escondida del iceberg. Gracias a ese relato, cargado de valentía y generosidad, consiguió superar el dolor ocasionado, en gran parte, por una ruptura sentimental que le llevó a un paisaje devastador en el que él no se reconocía. Mentiras contadas y verdades que no quería oír le transportaron a un territorio desolador y, sobre todo, en el que no quería estar. Tenía que huir y la mejor manera de hacerlo y renacer era verbalizarlo y, de esa forma, redimirse a sí mismo.

Cuando días atrás leí el libro Yo, adicto, no pude dejar de revivir y sentir las emociones de antaño con Màxim, aunque lo relatado no tiene nada en común. Sin embargo, el efecto en quien lo lee es el mismo.

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Javier Giner, su autor, no le conozco en profundidad. Al menos, no hasta que leí su libro. Nuestra relación es, desde hace tiempo, profesional. Siempre ha sido cordial, porque él es un hombre que invita a una calma que, por lo leído, no tenía antes de que tomara la decisión que le cambió la vida.

Imagino el dolor que ha vivido a lo largo de los años, la soledad que él define como desamparo, el calvario vivido cuando te encuentras en una espiral infernal sin control. No todo el mundo tiene la fortuna de disfrutar de una segunda oportunidad vital. Javi la está disfrutando. Merecida la tiene.

"Dicen que en la vida de todo adicto hay un momento de lucidez. Incluso pueden ser varios. Es eso o la muerte, porque esta historia, la de la adicción, no tiene otro final. Yo sé que el mío, al menos el primero, fue ese. Algo en mi interior se rebeló, salió a flote como un corcho que resurge a la superficie, despedido con un impulso desconocido y paré de inmediato". 

Yo, adicto es un relato valiente, humano, sincero, desgarrador, positivo en su fondo y propio de un dependiente, sí... pero también es la historia de alguien que se agarra a la esperanza, de un luchador contra la autodestrucción, un adicto a la vida.

Javier Giner

Adicto a la vida
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