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Elton forever

Elton John. ARCHIVO
Elton John. ARCHIVO

A la hora fijada, 9 de la noche, se apagaron las luces. Con puntualidad británica, Sir Elton John subía los cuatro escalones laterales que le separaban del escenario. Levita negra ribeteada con piedras color rubí, esmeralda, azabache y turquesa. Los aplausos de un público entregado, desde el primer momento, se funden con los primeros sonidos de su piano. Y, a partir de ese momento, comenzó la magia.

Farewell Yellow Brick Road, su gira de despedida, fue un maravilloso paseo por una trayectoria musical que ya forma parte de la historia. Un auto homenaje emocional que se debía. "En 1990, mi vida cambió y me regaló una segunda oportunidad", dijo en el momento más emotivo de la noche, justo antes de entonar Believe, la canción que marcó un antes y un después en su trayectoria vital.

A la hora fijada, 9 de la noche, se apagaron las luces. Con puntualidad británica, Sir Elton John subía los cuatro escalones laterales que le separaban del escenario. Levita negra ribeteada con piedras color rubí, esmeralda, azabache y turquesa. Los aplausos de un público entregado, desde el primer momento, se funden con los primeros sonidos de su piano. Y, a partir de ese momento, comenzó la magia.

"Yo no me gustaba cuando no estaba limpio y dependía de esas sustancias que me hacían ser otro. Desde hace casi 29 años, me siento bien conmigo mismo. Soy feliz. He conocido a una persona persona que me quiere de verdad y hemos formado una familia extraordinaria". Esa familia, su marido y dos hijos, ha sido el motivo principal para que el chico de barrio, que llegó al estrellato, deje su pasión y se dedique a ella.

Hace unos años pude entrevistarle. Y eso ya no me lo quita nadie. Yo estaba en A3 y él hacía una visita relámpago a Madrid para promocionar su nuevo disco. Sus exigencias, excéntricas a la vista de algunos, fueron las que me permitieron estar frente a él, tan cerca que hasta en un momento determinado su pierna cruzada rozó la mía. “Sólo voy a hacer tres entrevistas y con periodistas que hablen inglés. No quiero traductores”. ç

En ese momento, yo era la única del programa que me manejaba en inglés. Para ser justa, tengo que decir que era mayor mi osadía que el dominio del idioma en aquel momento, pero el premio era demasiado tentador como para andarse con remilgos. El silencio en la habitación del hotel Ritz era paralizante. Luz tenue, casi en oscuridad. Fondo negro, ni un atisbo de cartel o portada promocionales.

Aparece de repente, ágil y vital. Vestido de blanco impoluto, gafas con brillantes y hombreras exageradas, de las que caían en cascada unas borlas de cristal. Elton John en estado puro. Le costaba levantar la mirada y centrarse fijamente en los ojos, pero fue generoso en cordialidad y simpatía. Veinte minutos de conversación, que forman ya parte del legado único que me deja esta profesión.

Siempre he admirado el talento de los demás, la facilidad de mis amigos o conocidos para tocar la guitarra, pintar, cantar.. Yo nunca he tenido una habilidad así. Si me sacas de escribir y cocinar, mis virtudes son más bien escasas. Nunca me ha supuesto un trauma ¡ni mucho menos!, pero sí me habría gustado disfrutar de un abanico más amplio de cualidades. Y suelo fustigarme con estos pensamientos cuando tengo que medirme con gente como él. Daría lo que fuera por ser más brillante. Elton John forever…

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