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Lo ha vuelto a hacer

Rafa Nadal. JULIEN DE ROSA (EFE)
Rafa Nadal. JULIEN DE ROSA (EFE)

Soy predecible, lo sé. Cada hazaña de Rafa Nadal me lleva a escribir sobre él. Hay veces en las que me repito porque se me agotan las palabras, los gestos, los calificativos. Tal vez porque han sido muchos los verbalizados pero, por suerte, creo que he atinado en el juicio y ¡para qué cambiarlo!

Los que me conocen bien saben que este chico es mi perdición. En el mejor sentido, por supuesto. Desde hace tiempo es una "droga" que me gusta consumir con toda la frecuencia que me dejan sus torneos "por lo largo y ancho del mundo". Puede sonar extraño pero, sin pretenderlo, su ejemplo me ha hecho crecer como persona en algunos aspectos, me ha animado a ser más fuerte y a superarme en los momentos delicados que, últimamente, son unos cuantos. Verle jugar es un chute de vitalidad. Se crece ante la adversidad, es una lección de vida.

En este fatídico 2020 ha logrado su 20 Grand Slam y su décimo tercer Roland Garros. A ver quién le dice que el 13 no es un número de suerte. Es ya una leyenda, pero la humildad la lleva en el ADN. Parte de su grandeza está en que no se cree nada, contabiliza sus hazañas pero las acepta como logros secundarios. Lo pudimos comprobar en la rueda de prensa posterior a la gesta conseguida, donde sus palabras incidieron de manera clara en la situación que estamos pasando y dando valor a lo que realmente lo tiene: la salud. Mensaje que te llega por la manera con la que solo él sabe hacerlo.

Siempre he dicho que sus valores deberían enseñarse en los colegios. No hay nada como el reflejo del ejemplo. Y él ha demostrado tener un máster de cómo salir adelante en época de crisis. No fue inmune a alguna de ellas, porque el éxito no te exime de peajes propios de los anónimos. Pasó por crisis física y de bajón personal, lo que influyó enormemente a su rendimiento deportivo en un momento determinado. Sus "huesos de cristal" le pusieron en jaque. Inasequible al desaliento, se refugió en su familia, en su siempre discreta relación sentimental y dedicó a trabajar esas rodillas, que le habían apartado de las pistas de tenis. Tras meses de vida absolutamente monacal, dedicada "en cuerpo y alma" a su rehabilitación, Nadal resurgió de sus cenizas, como el ejemplar más majestuoso de Ave Fénix, y volvió a ser el de siempre, el luchador, el grande, el número 1 en entrega y pundonor.

Tal es su modestia, su natural manera de entender que todo esto puede ser transitorio, que le cuesta admitir que estar en la cima es una proeza. Lo asume como algo natural, que no es más que el resultado del esfuerzo, la constancia, el sacrificio y, a veces, una bocanada de suerte.

En tiempos de enfrentamientos, Nadal es el único capaz de unirnos a todos en una opinión sobre él. Tras el éxito de París, recibirá la Gran Cruz de la Orden del Mérito Deportivo, la máxima condecoración. Y es que, aunque parezca que todo tiene su fin, Rafa lo ha vuelto a hacer.

Lo ha vuelto a hacer
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