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La vida en color

Mario Casas, en el rodaje de 'El fotógrafo de Mauthausen'. ALEJANDRO GARCÍA (EFE)
Mario Casas, en el rodaje de 'El fotógrafo de Mauthausen'. ALEJANDRO GARCÍA (EFE)

Cuando llevas mucho tiempo en esta profesión, y yo acumulo ya unas cuantas experiencias y entrevistas desde los catorce años que hice la primera, tienes el privilegio de ver nacer, crecer, evolucionar y, en algunos casos, triunfar a aquellos que este trabajo pone en tu camino.

Siempre he dicho que me siento una gran privilegiada por todo lo que he vivido y, como mi capacidad de sorpresa e ilusión se agranda a medida que voy cumpliendo años, tengo la esperanza de que todavía me quede mucho por conocer y disfrutar.

Esta profesión me ha dado, al margen de una incesante experiencia y la actitud propia de los corredores de maratón, grandes amigos de aventura. Algunos forman parte de mi círculo más íntimo, otros del más cercano que, sin hablar con ellos todos los días, ni compartir juergas constantes, les siento como integrantes de mi mundo más preciado.

En ese espacio se encuentra Mario Casas. Es una de mis debilidades confesables desde que le conocí. Hace unos días, me recordaba él que hace ahora siete años de nuestra primera entrevista. Me enternece la memoria que tiene con nuestros encuentros y el afecto que siempre me ha demostrado. Todo eso aderezado con unas conversaciones en las que siempre ha dado más de lo esperado. La generosidad que tiene como actor, la escenifica con esmero y naturalidad en la distancia corta.

Sigo su carrera desde el mismo momento en el que Antonio Banderas se fijó en él para integrarlo en el reparto de "El camino de los ingleses". Con los años, gracias a trabajar sin desmayo y preparándose a conciencia para cada reto, Mario acabó trabajando con quien le dio esa primera oportunidad importante. Coincidieron en "Los 33", la historia real de los mineros chilenos que quedaron encerrados, durante dos meses, tras el derrumbe de la mina San José. Escuchar hablar al malagueño de quien, en su día, era un chico desconocido pero cargado de ilusión, es el mejor reconocimiento que uno puede recibir.

Aunque no se salva de tener su retahíla de detractores, la evolución de Mario como actor es algo que pocos niegan. Y eso se percibe, de manera evidente, en el respeto que ha conseguido entre los compañeros de profesión y la gente del negocio cinematográfico. Nada le frena y se enfrenta con una responsabilidad tan meticulosamente impuesta a sus personajes, que lograr ese reconocimiento es la justa recompensa a ese esfuerzo.

Su interpretación de Francesc Boix, en "El fotógrafo de Mauthausen", le reconcilia con quienes aún le cuestionan y le reafirma ante los que son incondicionales. Su recreación del español que consiguió que juzgaran y condenaran a altos cargos nazis en el juicio de Nurenberg, gracias a las pruebas aportadas por él en unos negativos, que reflejaban las atrocidades realizadas en ese campo de concentración, debe ser vista.

Mario le ha dado voz y presencia a un hombre que veía la vida a través del objetivo de su cámara. Era divertido, pícaro, amigo de todos, hablaba varios idiomas y sonreía sin parar en medio del espanto. Se sobrepuso a todo eso porque, su instinto de supervivencia, fue sin duda ver la vida en color.

La vida en color
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