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Llévame hasta el cielo

Lolita
Lolita

Si se pudiese renombrar la lealtad, sin duda alguna tendría su nombre. Lolita es fiel a sus orígenes, sus principios, su historia, su familia, su gente. Los años han embellecido su madurez y el amor, que recibe y regala, le ha contagiado una serenidad que absorbe cada instante de esta segunda vida. El suyo es un espíritu inquieto, noble y leal. Amiga fiel, en los buenos y malos momentos, también ha necesitado en ocasiones una dosis de mimos para recuperarse de situaciones de una dureza injusta. Orgullosa como madre y plena como mujer, ahora camina con la luz de la felicidad como compañera de viaje.

Hemos compartido muchos momentos de alegría y también de lágrimas. Disfrutamos en viajes, nacimientos, bautizos, boda y, seguramente, lo seguiremos haciendo en las comuniones venideras y todo lo que la vida nos tenga preparado. Nos vemos menos de lo que nos gustaría, pero hablamos con la frecuencia que nuestros ánimos requiere.

"Ahora te vas a dar cuenta por lo que he pasado yo", me dijo el otro día tras el fallecimiento de mi madre. Y es que, aunque siempre entendí su dolor y desgarro, hasta que lo vives no es fácil ponerse en la piel del otro para percibir lo que se siente de verdad. El vacío, el que la vida se vaya a negro, el ser consciente que ya no vas a poder abrazarla jamás. Porque, más doloroso que no volver a verla, es no poder volver a tocarla, aunque su voz te siga retumbando en la cabeza y el olor siga estando presente, porque no se va.

Cuando la vida te da un zarpazo tan descomunal de manera inesperada, te preguntas muchas cosas y te replanteas otras cuantas. El golpe te deja noqueado, no sabes por cuánto tiempo, y lo único a lo que aspiras es a poder respirar profundamente, coger fuerzas y pedir ayuda sin pudor. Lo haces más con los amigos que con la propia familia, porque está sobrecogida con tu mismo dolor. Y esos incondicionales son los que te ayudan a coger aire. Por eso, lo que le hacen a mis amigos me afecta más que un ataque directo a mi yugular. Como cabe imaginar, he recibido unos cuantos bandazos repentinos de compañeros de profesión que decían ser amigos. Como los toros bravos, suelo crecerme ante la adversidad y de esos maliciosos comentarios, en un momento determinado, salí fortalecida.

Más de una vez hablamos Lolita y yo de las traiciones. Hablar con ella es terapia pura, como lo era hacerlo con su madre. Es, al igual que la gran Lola, una mujer valiente, con carácter, fuerte en apariencia y muy vulnerable por dentro. También sufre mucho en silencio y eso hace que nos entendamos aún mucho mejor.

Siempre se ha enfrentado a los problemas con la cabeza alta y encontrando la solución razonable en cada momento. Tiene arrojo en situaciones que a los demás nos desmoronarían y busca siempre la salida para seguir al frente. En esta época tan difícilmente gestionable, se ha hecho productora para trabajar sin depender de nadie. Esa apuesta, arriesgada sin duda, merece que le llenemos el teatro. Y, como dice su primera obra como empresaria, "Llévame hasta el cielo". Allí tenemos quien nos recibiría con brillo en los ojos...

Llévame hasta el cielo
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