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Lo que mueve el mundo

Una de las fotos de la boda de Sergio Ramos y Pilar Rubio compartida por la pareja. INSTAGRAM
Una de las fotos de la boda de Sergio Ramos y Pilar Rubio compartida por la pareja. INSTAGRAM

Tenemos la malsana costumbre de criticar. Y me incluyo para que nadie piense que soy inmune a ello. Por poco que me guste hacerlo, que levante la mano quien no haya caído alguna vez en esa tentación tan nuestra. Con los años aprendes que hay que vivir y dejar vivir. Muchas veces, esas críticas las hacemos antes de conocer detalles sobre un tema determinado y, cuando ya se trata de "hacerle un traje" a alguien o valorar decisiones que puedan tomar algunos, las censuras pueden llegar a ser demoledoras.

"Nunca llueve a gusto de todos", reza el refranero. Si nos lo aplicáramos bien, seguramente tendríamos que recriminarnos muchas cosas porque, por lo menos yo, he tenido a veces algún cargo de conciencia al considerar, "a posteriori", que tenía que haber sido más cauta en mis pensamientos no siempre verbalizados, esa es la verdad.

Escribo este preámbulo, que no deja de ser la entonación de un "mea culpa" reconocido, porque en las semanas previas a la boda de Pilar Rubio y Sergio Ramos he escuchado y leído críticas, comentarios y valoraciones que, a mi juicio, eran gratuitas y, al mismo tiempo, innecesarias.

Es cierto que, cuando eres personaje público, llevas en el sueldo el formar parte del patrimonio mediático. Aunque no lo quieras, ni lo fuerces, ni lo alimentes, no te libras del juicio popular. Si eres de los que cuentas con la simpatía de los que te ven, leen o escuchan ¡tienes ventaja! Si tus actos despiertan animadversión ¡la batalla está más perdida!

Desde niña me educaron en el respeto. Y ese concepto es mucho más amplio que el tratar de usted a alguien, por poner un ejemplo. Respeto es también aceptación y tolerancia. Con el paso de los años, la vida me ha enseñado a enjuiciar lo que no me corresponde en su justa medida. Y ese matiz implica no cuestionar lo que los demás hacen o dejan de hacer.

La boda de Pilar y Sergio fue motivo de expectación desde el mismo día que lo anunciaron en televisión. Lo suyo nunca fueron las exclusivas. En sus perfiles de redes sociales compartieron siempre todo aquello que les iba ocurriendo en sus vidas. Se convirtieron, como otros muchos personajes populares, en sus propios reporteros. Sus publicaciones reflejaban solamente aquello que ambos querían transmitir. De esta forma, los reporteros habituales, ávidos de noticias del ámbito personal, poco tenían que hacer.

Su invitación de boda y los detalles, que se iban conociendo a cuentagotas, fueron tema de tertulia desde el primer momento. Se cuestionaron las condiciones que imponían a sus invitados, el secretismo sobre los detalles de la celebración, los colores prohibidos, las sorpresas solo al alcance de los poderosos…

Todas las dudas se disiparon el día del enlace, lo que no frenó los comentarios porque, como es de imaginar, la puesta en escena, estilismos, invitados y demás detalles fueron motivo de debate. Yo añado la generosidad que demostraron con los sevillanos y el respeto a los periodistas presentes y su trabajo. Sin exclusivas por medio, vivieron su gran día como realmente soñaron. Tal vez porque, como dio el novio, "el amor es lo que mueve el mundo".

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