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Nunca es tarde

Hoy estará con los nervios previos a una ceremonia, la de los Globos de Oro de mañana, en la que, una vez más, está nominada por su trabajo. La recreación de Donatella Versace, que ha hecho Penélope Cruz en la mini serie sobre el asesinato del ya mítico diseñador italiano, le está reportando muchas satisfacciones. No en vano, su interpretación de la hermana del modisto ha calado hondamente en la crítica y audiencia internacionales.

Los que me conocen bien saben la defensa que siempre hago de ella. Procuro poner en práctica eso de “hablar de la feria según te va en ella”. Y conmigo Penélope siempre ha sido correcta, profesional, respetuosa, dialogante y encantadora. En función de ese comportamiento va siempre mi comentario. La clave de mi sintonía con ella siempre ha estado en respetar aquellas facetas de su vida que siempre ha querido preservar de la curiosidad pública. Al hacerlo así, sin pretenderlo, me he encontrado con titulares que ella misma me regaló con total naturalidad.

En eso siempre ha sido bastante coherente aunque, en algunas etapas pasadas, llegase a mostrarse más proclive a hacer algunas concesiones que luego ha evitado. El famoso no lo es las veinticuatro horas del día. Eso es algo que siempre he defendido, aunque sé que hacerlo es algo muy impopular en mi profesión. Nada ha cambiado a esta ‘chica de Alcobendas’, que hace ya unos cuantos años cruzó el charco con ganas de ‘comerse el mundo’. De cerca es luminosa y segura, pero también hermética y escurridiza, cuando queremos saber más de la cuenta. Con el tiempo, ha sabido convertirse en una experta en capear las tormentas mediáticas. Conocedora de las críticas que, cada cierto tiempo, tiene que leer o escuchar, ha conseguido que la polémica no altere esa tranquilidad emocional en la que se encuentra tan a gusto.

Mientras eso ocurre, los directores más codiciados se la siguen disputando por su talento y los actores más solicitados ya saben lo que es tenerla ‘dándoles la réplica’. Ha logrado, en el cine internacional, lo que nunca una española consiguió. No se considera una estrella, aunque está en la cumbre, y no se arrepiente de haber puesto ‘tierra por medio’, hace unos años, para explorar nuevos horizontes.

Con su cara de ángel y madera de estrella, Penélope Cruz se ha convertido en una de nuestras mejores embajadoras. Ha perdido la cuenta de las portadas que ha ocupado, del número de marquesinas con su rostro que invaden las avenidas exclusivas y selectas de las ciudades más importantes del mundo, de los elogios que avalan su trabajo e, incluso, de los momentos estelares que ha vivido como protagonista indiscutible.

Durante mucho tiempo, en nuestro país le negaron ‘el pan y la sal’, algo que parece que va perdiendo fuerza ante unas evidencias que todos reconocen. Tal vez por ello, la concesión de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, que le han otorgado hace unos días, ha sido aplaudida por todos. No se ha oído ninguna voz discrepante que no reconociese ese mérito. Va a ser verdad que el refranero tiene razón y ‘nunca es tarde cuando la dicha es buena’…

Nunca es tarde
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