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The man, the music, the show

Hugh Jackman. EFE
Hugh Jackman. EFE

Nunca he sido una fan al uso. Es decir, jamás he hecho eternas colas para coger una entrada y ¡mucho menos! he acampado, desde días antes en la puerta del recinto donde iba a actuar mi artista favorito. He hecho otras locuras, eso sí. El fin siempre tiene muchos medios.

Cuando veo imágenes de la locura que se vivía en tiempo de The Beatles o, por ser más cercana a nuestras raíces, de Los Pecos (aunque las comparaciones son odiosas, lo sé), reconozco que no dejo de asombrarme. No alcanzo a descifrar qué sería eso tan fuerte que sentían en su interior para llegar a estados de desmayos y colapsos varios.

En el mundo del cine y la televisión también se han dado fenómenos de unas movilizaciones de fans, sobre todo en el sector femenino, que han llegado a hacer historia e, incluso, replantearse a alguno de los actores si el éxito merecía la pena a cambio de situaciones delirantes.

Lo que han vivido, por ejemplo, Maxi Iglesias, Miguel Ángel Silvestre, Hugo Silva o Mario Casasen sus momentos de esplendor adolescente, ha sido algo descomunal. Recuerdo escenas, sobre todo en el festival de cine de Málaga, que harían ruborizar hasta al más imperturbable.

Frente a ese movimiento tan activo de fans, siempre bien entendido desde la admiración, hay otras maneras de expresar tu debilidad por alguien. Esas, a veces mucho más costosas y también efectivas, son las que yo he activado siempre. Dependiendo del lugar al que tuviese que ir para cumplir con la misión impuesta, tocaba ahorrar y dejar de hacer algunas cosas en beneficio de esa "buena causa", que vendría a ser como un bálsamo para mi ánimo.

Unas cuantas, ya he perdido la cuenta, han sido las veces que he viajado a Nueva York o Londres para ver, sobre el escenario, a esos artistas por los que sentía una devoción de fan tranquila y disfrutona. Elton John, Jude Law, Angela Landsbury, Kenneth Branagh, Michael Jackson, Antonio Banderas, Michael Bublé, Ricky Martin (por pura amistad desde hace años) o Hugh Jackman me han movilizado más de una vez. He hecho auténticos tetris económicos y profesionales para poder verlos subidos a un escenario de Broadway o del West End londinense.

Pronto volveré a hacerlo por el actor australiano, que comienza gira mundial con su espectáculo The man, the music, the show. Pocos artistas he visto tan versátiles como él. Tuve la fortuna de estar en los Oscar de Hollywood el año que él los presentó. Se cumplen ahora diez ediciones de aquello y le dio suerte a Penélope Cruz, porque fue cuando consiguió su galardón por Vicky, Cristina, Barcelona.

Ese día, el mundo del espectáculo descubrió que había vida más allá de Lobezno. Esa edición 81 de los Oscar fue la más vista de la historia. Le ofrecieron repetir, pero prefirió dejar esa experiencia sin secuela. Sí la va a tener El gran showman. Esta semana se ha hecho oficial. Larga vida a este Hugh hombre, música y show. Tres en uno.

The man, the music, the show
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