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Todos los saben

Reparto de 'Todos los saben'
Reparto de 'Todos los saben'

HACE TIEMPO que decidí cambiar mi 'modus operandi' en las redes sociales. Sé y compruebo a diario que no son todas iguales pero, en algunos casos concretos, escribir y opinar en alguna de ellas se ha convertido en un auténtico acto de valentía, en una permanente bomba de relojería que te puede estallar cuando menos te lo esperas y viniendo de quien nunca imaginabas.

Hace unos años, el ambiente que se vivía en ellas era de una cordialidad muy gestionable, porqueque se respetaban las opiniones, incluso las diferentes, que es lo que tiene más mérito. Se practicaba la tolerancia como una máxima fundamental y se entablaban debates constructivos que acababan por regalarte compañeros de conversación que, en algunos casos, se convertían en amigos con el tiempo.

Tengo unos cuantos en la actualidad, que conforman mi círculo más cercano. Aparecieron en mi vida en esas redes sociales que hoy son, a veces, un mal sueño. Hemos pasado de esa armonía inicial de antaño a una colección de insultos innecesarios, faltas de respeto en ocasiones inadmisibles y, sobre todo, a un estado en el que te prejuzgan desde el desconocimiento que, en los últimos tiempos, ha llegado a unos límites tan desorbitados que, incluso, te planteas abandonar el mundo 2.0

Desde hace mucho tiempo, con el fin de preservar mi salud mental y anímica, decidí dejar de hablar/escribir de fútbol, religión y política. Lo hago de manera muy puntual y sabiendo a quién me dirijo. Expresar mi opinión sobre algún tema relacionado con esas tres ‘palabras’ despertaba lo peor del que no pensaba como yo. Algo que siempre había ocurrido y enriquecía el debate, pero, la llegada de ‘nuevos aires’ y trolls en demasía, convirtieron ese foro de intercambio en un auténtico campo de minas.

Todo esto viene a cuento porque, esta semana, vi la esperada Todos lo saben y, aunque su argumento nada tiene que ver con las redes sociales, sí me las ha recordado porque, lamentablemente, en las reuniones familiares, cuando pasa algo determinante, también saltan las alarmas, los enfados, las desconfianzas, los rencores y aflora lo peor que llevamos dentro.

Hace un año, cuando comenzó el rodaje de la película, la curiosidad mediática que se levantó al hacerse público el casting fue desorbitadamente expectante. Un reparto español/latino de altura a las órdenes de un director iraní, reconocido en dos ocasiones por Hollywood con sendos Oscar de la Academia. Eso, de salida, era un plus en la esperanza de un buen resultado final.

Después de inaugurar, con todo su esplendor, la alfombra roja del pasado festival de Cannes, las críticas en todos los sentidos activaron los deseos de ver esa historia, rodada enteramente en nuestro país. Ashgar Farhadi, el director y guionista iraní, se vino a vivir a España unos meses antes de comenzar el rodaje para empaparse de nuestra cultura y costumbres. Fue alumno aventajado y supo succionar nuestro comportamiento familiar y social. El costumbrismo de su película bien podría firmarlo el mismísimo Almodóvar. Y no sé si eso también “todos lo saben”.

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