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Mantenlo en secreto

Estimado Capitán:

Me he estado informando de la diferencia entre mellizos y gemelos, ya que me estoy dando cuenta de que la gente de este planeta utiliza ambas palabras con arbitrariedad. Zanjemos el asunto  de una vez por todas. Los mellizos son dos seres humanos que se desarrollan a la par, sí, pero cada uno en su local. En una placenta puede haber un ambiente chill-out y en la otra rancheras. Resumiendo: son dos hermanos que nacen a la vez y que durante nueve meses comparten el útero de la madre como si fuera un Bla Bla Car hacia la vida. Eso sí, a juzgar por sus movimientos, ellos deben pensar que aquello es un after.

Cuando uno recibe una noticia como esta —tan buena como impactante— el segundo impulso es saltar de alegría. El primero es arrancarse un brazo y golpearse con él hasta la muerte, pero dura poco. Una hora después, superada ya esta primera fase, lo que te pide el cuerpo es contárselo a todo el mundo y hacerles partícipes de la alegría, pero claro, eso no puede ser. Hay que ser prudentes. En esta situación —y sin que sirva de precedente—la cultura popular y la ciencia van de la mano. No es recomendable dar la buena nueva hasta pasados los tres meses de gestación. Ya sabéis, por si las moscas. Mezcla de ciencia y superstición agorera. Como Cuarto Milenio.

Así que Ovugirl y yo hemos puesto reglas estrictas en cuanto a este tema. Ni en El club de la lucha. Unas normas férreas que no podemos saltarnos bajo ningún concepto. Nos prometemos que hasta que pasasen los consabidos tres primeros meses solo podemos contarles lo de los dos churumbeles a tres personas cada uno.

—Solo a tres, ¿vale? —me dice Ovugirl.
—Vale, pero la familia no cuenta, ¿no? —por asegurarme.
—No, la familia claro que no cuenta, imbécil. Te quiero —cambios de humor.
—No me insultes, que te fecundo otra vez, ¿eh? —le contesto guiñándole un ojo. Silencio picarón y fundido a negro.

Cinco largos minutos y veintiún segundos después, sellamos nuestro pacto y prometemos de nuevo guardar silencio durante tres meses.

Veinticuatro horas más tarde hicimos balance de la gente a la que se lo habíamos dicho.

Gané yo. Veintiuno a diecinueve. Sin contar a la familia. Como habíamos quedado.

En aquellas veinticuatro horas se lo dije a mi mejor amigo. Se lo comenté a dos o tres conocidos que me encontré por casualidad esa noche. Se lo dije a un amigo que hacía tiempo que no veía. Tenía que ponerle al día. Se lo conté a usted. Después me tomé unas cervezas para celebrarlo y se lo fui soltando a más gente. A la camarera, a un policía, a un señor que pasaba por mi lado y a otros dos que no me caen muy bien, pero estaban en el lugar equivocado en el momento perfecto.

Ovugirl hizo lo mismo pero sin la parte de las cervezas, claro, y se lo contó a diecinueve personas. Eso sí, no sé cómo, Capitán, pero logró convencerme de que esa gente no contaba. Tiene un don para manipular la información. Es el Marhuenda de la pareja. Al hacer el balance de daños, los dos coincidimos en que (por mucha ilusión que nos haga) tenemos que parar de contárselo a la gente. Por lo que pueda pasar. Entramos en una cafetería, nos miramos a los ojos y juramos guardar silencio. El camarero se acerca y nos pregunta qué va a ser.

—¡Mellizos!— respondemos ilusionados.

Saludos, Capitán.

Puedes disfrutar aquí del blog de Antón Cruces.

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