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Estimado Capitán:

Hoy ha sido un día de lo más normal. He desayunado, me he ido a trabajar y al volver a casa mi novia me ha comentado que puede que en breve seamos padres. Así. Sin paños calientes. La verdad es que no me lo esperaba y me ha costado un rato asimilarlo, así que me he quedado en silencio mirando el horno durante media hora. Dicen que si pasas mucho tiempo mirando fijamente un horno, al final es el horno el que mira dentro de ti, o algo así. Estará usted conmigo en que hay titulares que deben darse con delicadeza y mi pareja terráquea no es precisamente la persona más sutil del Universo. Como no reaccionaba, ella no dudó en repetir la información.

Antón Cruces—Cariño, que digo que a lo mejor estoy embarazada —insistió.

Al escuchar esa frase, mis testículos adoptaron una posición inédita hasta la fecha. Así como hacia dentro, como si quisiesen esconderse en las barricadas por miedo a represalias. Cobardes. Pero la cosa no acabó ahí, ya que una novia que se precie nunca te da toda la información a la primera. Dominan el suspense mejor que Hitchcock o Jorge Javier.

—Y me he comprado un test —desveló sacando una pequeña caja de la bolsa de la farmacia.

—¡Pues sopla ya! —le dije nervioso. El hecho de pedirle que soplara deja patente mi escaso conocimiento del mundo de los hijos, de la prenatalidad y de la madre que me parió. Aun así, ella «sopló». Y después del "soplido" tuvimos que esperar unos diez minutos. Diez largos, lentos y farragosos minutos. Es extraño lo poco que tienes que decir en una situación tan tensa. Ninguno de los dos hablaba, Capitán, y nos limitamos a observar con detenimiento el artefacto de marras. Alguien tenía que romper el hielo. Además de fértil, soy un gran conversador.

—Bueno, ¿y tú qué? —ella me miró, negó con la cabeza y suspiró.

—Genial, cariño. ¿No lo ves? Un día maravilloso —respondió nerviosa.

Diez minutos después el predictor nos anunció con dos barritas que efectivamente seríamos padres. No dábamos crédito y nos abrazamos de alegría. ¡Papás! ¡Vamos a ser papás! El corazón me va a mil. Estoy contento, Capitán, muy contento, pero acojonado.

Y es que, no nos engañemos, es un cambio vital que cuesta asimilar. Mi primera pregunta me la hice en silencio para no alarmar a la hembra terráquea. "¿Estoy capacitado?". Evidentemente no, pero por si tenía alguna duda, ella, que me lo había leído en la cara, me lo confirmó.

—No, cariño, no estás capacitado. Pero tranquilo, lo vas a hacer bien.

Le rebato que su percepción es falsa, que soy lo suficientemente maduro y que puedo con esto y con mucho más. "¿Será niño o niña?". Ya me estoy haciendo preguntas de padre. ¡Esto lo va a cambiar todo!

Juramos no decírselo a nadie de momento. Algo nos dice que seamos cautos, pero algo todavía más fuerte nos empuja a compartirlo con la gente que queremos. Con nuestra familia y amigos. Y también con los compañeros de trabajo. Y con conocidos de vista. Y con el tío que nos trajo las pizzas cuarenta y ocho horas después.

Demasiadas cosas en las que pensar. Será mejor descansar un poco. Ha sido un día de muchas emociones. ¡Voy a ser papá, Capitán! ¡Espero que todo vaya bien y que no haya más sorpresas!

Saludos, Capitán.

Antón Cruces es autor del blog Cartas a 1985.

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