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Aquellos cerdos de Meira

Un cerdo. ARCHIVO
Un cerdo. ARCHIVO

FUI ARROJADO en Pontevedra al día siguiente de cumplir cuatro años. Por qué me llevaste, padre, a la ciudad. Yo no era Alberti pero me hurtaron el mar de Moaña. Fragmentado el recuerdo de ese breve lapso, añicos diminutos pueblan la memoria de un niño. Los leños del horno de Aurelia Diz, que le caían encima, la malleira de una abuela reñida con la desobediencia o un tío vestido de fucsia, que con un bastón y una cosa muy rara en la cabeza le tiraba cruces al aire con la mano, y que hoy identifico, indubitadamente, con un obispo visitando el pueblo. O sea que tierno infante extrañado del mar me convertí en un pontevedrés más.

Pero en Difuntos o en verano volvíamos a Moaña. Y ahí se tornan nítidos y precisos los recuerdos, la mirada infantil madurada que ya amagaba columnismo. El bocio de la señora Amelia, por ejemplo, que me parecía descomunal y me abrazaba -el bocio no, Amelia- mientras me besaba preguntando… ‘Quen che lavou os collonsiños cando eras pequeniño e túa nai ía traballar?’.

O sea que yo no tuve nurse, como los ‘ptuves’ de las protofamilias pontevedresas pero tuve algo mejor, a la señora Amelia, que a juzgar por sus interjecciones debió ocuparse de mi higiene íntima con la misma intensidad que pondría un mayordomo victoriano en hacer fulgir la cubertería de sus señores.

Recuerdo, en los sesenta, el fútbol sobre la bajamar, playa de la Junquera. El esfuerzo titánico para avanzar sobre la arena húmeda y una acción que me dejó tan impactado a mí como a los numerosos moañeses que seguían las evoluciones del juego, y que terminaron por aplaudir mientras se descojonaban ante tan singular jugada. Ocurrió tras un tiro al larguero. La pelota rebotó contra el paquete genitourinario de un tal Erundino, delantero que, casi bajo los palos, seguía de cerca la jugada. El caso es que rechazado en su hombría el balón, rebasó éste la línea de cal. Un golazo que Erundino corrió enloquecido a festejar mientras, a mi lado, un perplejo espectador apenas acertaba a balbucir… ‘mi madriña, meteuno coa pirola’. Y es que la naturaleza, caprichosa, semejó querer que el apéndice de Erundino, naturalmente ideado para la procreación, compitiese ese día por el trofeo Pichichi. Supongo que Erundino pasó a los anales de la Federación Galega como el único futbolista capaz de golear con su cipote. Lo que nunca entendí es que a Erundino todavía le cicatee la UEFA el Balón de Oro, cutres de carallo los dirigentes.

Hay otro recuerdo imborrable de ese Moaña sesentero. El caldero de la lavadura. Mucho antes de que Lores inaugurase los composteros, cosa ya muy antigua, se alimentaba al cerdo depositando en un cubo restos de comida: mondas de patata, de fruta o espinas de pescado. Sobra decir que el cerdo, de suyo agradecido, rendía homenaje a tales deshechos dando buena cuenta de los mismos y aguardándolos, diariamente, con la ansiedad del cocainómano sin suministro. O sea que de haber hecho acto de presencia un Chicote protector de puercos con su "Te lo vas a comer", ellos mismos lo hubieran puesto en fuga porque, repito, manjar porcino.

Había en Meira, parroquia moañesa, una familia que cebaba gorrinos. Recogían la lavadura de algunos vecinos a los que no interesaba y, así alimentados, aquellos animales semejaban hipopótamos. Lo que más llamaba mi atención era la obediencia con que cumplimentaban las órdenes de sus amos, quiero decir que ni calcetándoles uniformes de marine podría mejorarse su disciplina: ‘Cocho, tira pa alá’, y el gorrino se iba; ‘cocho, pasa pa teu sitio’, y el cerdo obedecía y entraba, sumiso y resignado, en su porqueriza. Si el puerco osaba desobedecer las órdenes le era propinado un puntapié admonitorio que lo hacía entrar en razón y le recordaba, sin lugar a controversia, quién detentaba el alto mando estratégico de las operaciones. Pero el gran momento, repito, era el de su pitanza. Porque entonces, abriéndoles la puerta salían a trote mientras le vaciaban, en el comedero del cortello, el contenido del cubo de la lavadura. Seguía entonces una disputa fratricida entre los marranos, que se acometían tumultuariamente por agenciarse el mejor bocado. Todo un espectáculo ver cómo impactaban con sus testuces y hasta se lanzaban algún que otro mordisco de marcaje. Concluido el ceremonial, se tumbaban para dormitar su plácida sobremesa en una siesta.

Y ahora entiéndase lo que sigue en términos estrictamente metafóricos. Porque en política, como en cualquier otro orden de la vida, hay buenos, malos e incluso idiotas insondables, pero también gente inteligente y laboriosa que se dedica a la cosa pública de buena fe, políticos provechosos para el interés general merecedores de todo mi respeto. Dicho lo cual afirmo rotundo que no he visto en toda la historia de la democracia constitución de ayuntamientos y comunidades autónomas más bronca que la del fin de semana pasado: aspirante a alcalde que niega la mano a un presidente de una Autonomía; alcalde destronado que palmea, casi agrediendo, a quien le privó con su voto de la poltrona municipal y, en fin, rupturas, trifulcas, pendencias y desaires. Incluso cierta inducción pública a la violencia. Hubo corporaciones constituidas en pacífica armonía, es cierto. Hasta con antagonistas confraternizando, vale. Pero las que no, me hicieron recordar -lo siento-, a los cerdos de Meira. Muchísimo más educados disputándose la lavadura que algunos de nuestros munícipes la vara de mando.

Aquellos cerdos de Meira
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