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Alberto Garzón, ministro de Consumo.
Alberto Garzón, ministro de Consumo. EFE

Dijo Ruano, columnista enorme, que el artículo periodístico es como una morcilla, cabe todo. El artículo tarda en hacerse lo que una buena morcilla, o sea depende, y como cabe todo, ocasionalmente cabe también la afirmación equívoca.

Me ocurrió la semana pasada. Dije que odiaba a los comunistas pero omití que me refería a los comunistas soviéticos, no a los nuestros, que resistieron al franquismo y pagaron, con sangre y cárcel, su irrevocable coherencia ideológica.

Leí mucho sobre comunismo y comunistas, pero lo fundamental está en las Memorias de Federico Sánchez, seudónimo con el que Semprún, ministro de Cultura con Felipe, tituló aquellas. Se las tuvo tiesas con Carrillo pero hay más relevancia personal, política e histórica en Carrillo que en Semprún.

Cuando lo de Atocha Carrillo embridó a los suyos en el duelo evitando una recidiva de guerra civil. Carrillo fue protagonista principal de la transición y de Semprún quedan un puñado de guiones cinematográficos de los que únicamente sobresale uno, La guerra ha terminado, de Alain Resnais.

De una provecta familia de comunistas pontevedreses guardo yo uno de los mejores recuerdos de mi infancia. En el 67 muere mi abuela, necesitan dejarnos esa noche con alguien y recurren a la familia de la pensión en la que mi padre se había alojado de soltero. Recuerdo la alegría y el cariño con que acogieron aquellos anfitriones a dos niños.

Comunistas de corazón y ejercicio, Fray Juan de Navarrete esquina Sagasta, encima de pastelería Landín, allí vivían. Tuve la oportunidad de ver en su casa a un estudiante madrileño, sangrado y perseguido por los grises, al que mantenían oculto arriesgándose a que la onda expansiva de la represalia policial los alcanzase.

Pero ahora el comunismo es Garzón, que agiganta su leyenda de metepatas irredento. Garzón es el niño con el chaqué proletario que se quería comunista y terminó en tecnoprogre, un Marx de paraninfo universitario al que se le ven las costuras de la tontería. Garzón es el paradigma del comunismo caviar que provocaría la vuelta a la tumba de Marcelino Camacho si tuviese la desgracia de resucitar en este tiempo de futilidades y ñoñerías.

Garzón fue a cotillear por ahí arriba que en España hay granjeros contaminantes. Oiga mire: ¿Y usted que hace por evitarlo? Usted, querido, forma parte de la institución encargada de poner coto a los purines cárnicos...

Garzón quiso ponernos a dieta de chuletón y ahora quiere granjeros modélicos y verdes que me recuerdan aquella serie de los sesenta, Granjero Último Modelo.

Tenían un cerdito que se llamaba Arnold. Arnold veía la tele con la familia desde el sofá. Cuando se iban a dormir le decían Arnold, apaga la tele, y Arnold pegaba un brinco y con su hocico la apagaba. Una máquina, Arnold.

Garzón es el niño con chaqué proletario que se quería comunista y terminó tecnoprogre

Arnold podría sustituir a Garzón en las reuniones del consejo de ministros sin menoscabo de los acuerdos adoptados. Es más. Tengo para mí que Arnold tenía más disciplina y sentido de pertenencia al grupo que el propio Garzón al gobierno. Arnold, tu qué opinas del precio de la luz, y Arnold, estoy seguro, encendería el ordenador para iluminar la gráfica ante la envidia indisimulada de Marlaska.

Metafóricamente, Garzón es el cagalindes del gobierno. Para entender al cagalindes hay que escavar someramente en la inteligencia humana. Imaginen. Un tío al que le aprietan las entrañas y en vez de irse al excusado decide giñarse justo entre los marcos de dos leiras. Pues Garzón.

Y si no Scurezza, el de Amarcord. Fellini recuerda a un tío de su infancia a lomos de una motocicleta de gran cilindrada. Cada veinte minutos de película pasa a toda hostia. No se le ve la cara porque su rostro va emboscado tras un casco y unas gafas descomunales. Sus incursiones carecen de sentido alguno pero terminan por añadir un elemento cómico al guion. Garzón es el Scurezza del largometraje gubernamental. Aparece y se pira y entretanto dormita su ocio para planificar, en tiempo y forma, su próxima deposición silvestre. Garzón lleva tiempo en baja forma. Arnold, calienta que sales.

En pleito de lindes parece haberse metido Almeida. Las lindes literarias, en boca de políticos, terminan por parecerse a aquel juicio de faltas en el que una señora aclaraba, a preguntas de su letrado, la injuria de que había sido objeto: me dijo que me fendía la cona en 'sien' mil 'pedasos'.

Almeida entró al mercadeo de la honra a una escritora y finalmente se dejó comprar por una aprobación presupuestaria. Es tan discutible ceder el título de hija predilecta a cambio de un presupuesto como aceptar ese título, en circunstancias de compraventa, los herederos de la homenajeada. Personalmente invitaría al oferente a meterse el diploma de la predilección por donde le cupiese.

Pero aún faltaba Barceló en su cadena con un editorial radiofónico a las ocho de la mañana poniendo a parir a Almeida. Barceló cargó las tintas contra él y dijo que Grandes era una gran escritora y, además, quien mejor había contado Madrid. Se le fue la mano y trazó a un miserable en vez de a un simple político en busca de votos.

Por partes. Barceló no simpatiza con el PP. Pero si lo que pretende es erosionarlo aprovechando su audiencia se equivoca con su estrategia como ya se equivocó con Ayuso, a la que en el 20, plena pandemia, ridiculizó con tal ímpetu que sin quererlo le hizo la campaña.

Me importa un carajo si a Almudena Grandes le dedican una calle o no, pero no leo sesenta o setenta libros al año para tragar con según qué cosas porque lo coreen izquierda o derecha mediática.

Almudena no era más que una escritora entretenida y Barceló muestra, con sus tajantes juicios literarios, su indigencia lectora. Eso o que habla cegada por una indisimulable inclinación ideológica, única cosa que no debería permitirse una periodista que se precie de tal.

Se me ocurren un puñado de escritores que contaron Madrid muchísimo mejor que Almudena. Sus paisajes y su paisanaje. Cela, por ejemplo, en sus deliciosas Crónicas matritenses; Galdós o Arturo Barea en su trilogía. Incluso Azaña. Hay en ellos y su obra una objetividad descriptiva y una calidad literaria que, lo lamento, nunca alcanzó Almudena, novelista atiborrada de relato ideológico.

De la derecha se ha contado ya todo lo malo. Sus contradicciones y pesadísimas herencias; sus vergüenzas, escándalos y corruptelas, reales algunas y otras deliberadamente amplificadas mientras se silenciaban, hipócritamente, los ERES andaluces. Si de la derecha dependiese, probablemente seguiríamos en Fernando VII. En Pontevedra hay incluso un reproche más concreto que hacer a la derecha, carecer de un intelectual solvente.

Dicho esto hay que desmitificar la salmodia que consiste en atragantarnos con una supuesta superioridad moral de la izquierda. Aquí en España, por ejemplo, empezando por reconocer que la democracia la motoriza quién procedía de las entrañas del franquismo, Adolfo Suárez.

O a nivel global hablando de Golda Meir, que para vengar los asesinatos de los atletas israelíes en Múnich organizó un comando del Mosad que iría matando, uno a uno por toda Europa, a los ideólogos y responsables de aquello. Para vencer las reticencias de quien pretendía fuese jefe de aquel grupo, se acercó al joven y le pasó, dulcemente, su mano por la cara. Te pareces mucho a tu padre, dijo mientras lo acariciaba como si fuese su madre. La operación ejecutó una de las más famosas venganzas de la historia.

Incluso de Obama, que persiguió a Bin Laden y como un sheriff justiciero, pero sin juicio ni defensa, se lo cargó. Luego alimentó a los peces con su cadáver privándole a él y privando a su familia de lo único de lo que no se puede privar a un ser humano, su sepultura.

O Truman, que casi conclusa la guerra con Japón lanzó dos bombas atómicas pese a que algunos de sus asesores le decían que en ese momento eran innecesarias porque acabarían con cientos de miles de vidas inocentes. Pero Truman, fundamentalmente un paleto, abrasó con su decisión a más de doscientas cuarenta mil personas, toda Coruña.

Truman, Obama y Golda Meir tenían algo en común. Pertenecían a partidos políticos que se decían de izquierdas.

O sea que si vamos a hablar de superioridades morales, comencemos por la viga en el ojo propio.

Arnold
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