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Diecisiete días sin librar

Sánchez y Torra. ALBERTO ESTÉVEZ
Sánchez y Torra. ALBERTO ESTÉVEZ

UNO DE LOS más de dos mil títulos de mi videoteca es El Ladrón de Cadáveres. Los Mossos, de gala, replicantes de Boris Karloff con el saco de fiambres a cuestas. Aprueben un nuevo protocolo, indepes: Esas casaquillas solapadas de rojo, esos fusiles de madera son una cuchillada en el bajo vientre del buen gusto. Con unos pífanos y unos bombos nos vamos de rondalla. Horteras, más que horteras.

A Sánchez solo le faltó ir a curarle los puntos a la mujer de Torra, recién operada y que se mejore. Puso empeño el presi. Del apagamiento y el fuera de cobertura a ver si brillaba el botón de las torerillas de los trabucaires. La alfombra, desechada de los Goya la cogieron en un rastro. Si aún desfilara Benedicta...

Uno ofrece autogobierno, nuevo estatuto y diálogo; el otro, independencia, referéndum y mediador internacional. El mediador pudieron pedirlo Lores y Luciano por lo de la piedra Pinela, el conflicto político aquel por lo de la frontera de A Xunqueira. ¡Quins collóns...!

Me veo con veintiséis-veintisiete años, dos trabajos, casi tres. Económicamente autárquico. Mi cupé deportivo, su techo solar y dándole zapatilla Calle Real arriba. La "Real" amplificaba el "pistoneo". Quién de joven no busca el megáfono de su ego. Yo era como aquel pavo real de las Palmeras, aun lo soy, que desplegaba su plumero mientras atronaba el parque con su estridente canto-cacareo. Trabajaba como un cabrón, sí, pero disfrutaba como gorrino en charca.

De aquella, uno de mis zulos gastronómicos era el "Chocolate", en Vilaxoán. Hace no mucho caí por allí y vi como conserva, aun clausurado, la grandeza recordada de su lustre, ese envejecimiento que te devuelve más belleza en la arruga digna del tiempo. Como Manderley vi el Chocolate. Refulgiendo todavía mil batallas gastronómicas, el tráfago evocado del momento, del instante indeleble que perdura.

De aquella uno de mis zulos gastronómicos era el "Chocolate", en Vilaxoán

El "Chocolate" era un emporio culinario que no necesitaba a Julio Iglesias. Porque Manolo, Chocolate para los amigos por su infantil afición a él, había creado una casa de comidas legendaria. La historia de Manolo es similar a la de Solla. El hombre hecho a sí mismo desde su profesión. El hombre fogón. El cocinero tradicional que primero te daba de comer de puta madre y luego te sacudía la billetera intensamente, pero haciéndolo con tanta elegancia como la del artista que aplica un precio prohibitivo a sus obras, consciente del valor de su pintura.

Yo iba allí un par de veces al año y siempre con algún tipo de aventura clandestina. Para no mentir: Siempre el prólogo de una aventura sexual. Era infiel, desleal, amoral y polígamo simultaneo, y un infiel, un desleal, una amoral y un polígamo simultaneo tiene poco margen de maniobra en Pontevedra, que es como un campo de concentración lleno de detectives privados que obstaculizan la impunidad cornígera.

Un día conocí a alguien y en seguida fluyó la simpatía, quizá la atracción. Comenzó con dos o tres copas un par de viernes. No era un bellezón; tampoco un modelo de delgadez extrema. Era una cara agradable de pómulos prominentes pero redondeados y labios intensamente sanguíneos y abultados, de ojos muy negros y un pelo ondulado que daba a su aspecto una arrogancia física indefinida. Caderas prominentes, sin exageración y unos senos que tensaban un jersey de angora rojo del que abusaba. Insultaba atractivo en su veintena explosiva.

La invité a cenar. Tenía que huir de Pontevedra y ningún sitio mejor que "El Chocolate". Y allí entramos un viernes de invierno. Impresionada y un punto de timidez asomando en el mascarón de proa que era su cara, se prodigó en elogios cuando, en uno de los reservados, vio cuadros colgando de las paredes: Manolo tenía su restaurante lleno de obras de arte y fotos enmarcadas. Era, "El Chocolate", una pinacoteca de paisajes, de pueblos vespertinos y playas ignotas que reposaban la belleza en sus marcos mientras el comensal, relajado, levantaba la cabeza hacia la paz que desprendían sus tonos arena, sus verdes, sus azules...

Manolo preparaba una vinagreta con pulpo de la ría, ligeramente tibio y muy tierno que daba calidez al estómago. Al estómago es necesario acariñarlo con la suavidad del entrante, precalentarlo para la guerra cruenta del segundo, que para mí era siempre allí un rodaballo a la brasa o un chuletón.

No sé cómo hacía Manolo la brasa, pero desde su muerte no he vuelto a probar, en ningún restaurante del mundo, alimento hecho como lo hacía él. Manolo Cores, "Chocolate", era un maestro de esta técnica, por la que lo interrogué un día. Respondió modestamente: "Es leña de no sé qué". Por eso daba igual allí carne o pescado, ambos tenían la calidad de la materia prima y el regusto al rescoldo ligeramente aromático.

El chuletón te lo traían a veces pinchado en una especie de lanza y chorreando el jugo rojizo y sanguíneo de la carne y, en ocasiones, directamente servido en una madero rectangular. Lo recuerdo y todavía soy capaz de olerlo y paladearlo en un éxtasis que no puedo comparar con nada. Ese ejercicio de memoria es un pie de guerra contra la basura de restaurantes donde a menudo intentan timarte a pretexto del trampantojo "fusión", el soplete sobre veinte gramos de merluza congelada o la cocina vanguardista y premiada, me cago en la cocina de autor que no sé bien qué es.

Por fin llegaba el postre. Un helado de vainilla o nata sobre el que Manolo vertía un chocolate caliente, puro y negro, que operaba el milagro de un helado instantáneamente derretido y maridaba su amargor con la dulzura azucarada de la nata o la vainilla. Siempre terminaba con unas Hierbas, yo, que a Manolo le destilaban en exclusiva.

A esas alturas mi compañera se había soltado y ambos éramos conscientes de que en poco tiempo estaríamos en un Motel olisqueando nuestros cuerpos como perros encelados. La recuerdo espontánea y dicharachera, esencialmente una buena persona que no calculó el impacto que empezaba a causarme su parrafada, liberada ya ella y por efecto de la botella de vino casi pimplada, de cualquier tipo de prejuicio. Fue en el chupito de aguardiente, que yo sorbía, que comenzó a relatarme un serio problema que la traía por la calle de la amargura. Su estreñimiento.

Cinco minutos después de describirme las penalidades de aquel atascamiento que se le antojaba eterno, mi lívido, omnipresente hasta entonces, había emigrado tan lejos como lejanas están las Bahamas de Vilaxoán. Pero todavía huyó más allá de estas islas cuando ella vino a resumir la sensación del tiempo acumulado sin poder cumplimentar el sagrado ritual del excusado: "No sabes lo que es. Llevo diecisiete días sin librar". Y el glamur se diluyó...

Repito: "Librar". No ir al baño, no; no ir de vientre, qué va. Diecisiete días sin librar ¡Por los clavos de Cristo! Cómo pudo cargarse de ese modo aquel momento mágico. Pedí la cuenta y, de inmediato, la llevé a casa a pretexto de no recuerdo qué.

Sánchez aguantó el tirón. Se conoce que Torra no está estreñido. Si bien lo pienso es imposible. A Torra solo puede aquejarlo una diarrea mental irresoluble y crónica.

¿Y ella? Ella se casó con un alto ejecutivo de una multinacional. Vive en Madrid.

Diecisiete días sin librar
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