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Doctor burro

La doctora Teresa Lozano con uno de los burros que participan en la terapia antiestrés postcovid. EFE
La doctora Teresa Lozano con uno de los burros que participan en la terapia antiestrés postcovid. EFE

ESPAÑA olía ayer a guerra incivil y hoy a bancarrota. España suda el pufo colectivo, el crédito impagado, el calote sideral. Pobre España, cejas empeñadas y alargándole el platillo al usurero europeo, que da pero vigila, que suelta la arandela pero condiciona su uso. Nos teme más que a un nublado porque no damos bajado la deuda pública. Normal.

Porque no lo crean, pero España ya no le aguanta el algodón a su solvencia. Aquí todo a préstamo, hipotecado todo. Los plazos que compran la vida y la muerte y las letras que se giran hasta dejarnos en pelota picada. En ciruelos.

España es un subsidio enorme en vez de una enorme empresa, que es lo que debería ser. Ahora le vamos a pasar la tasa a Google, ese tributo populista que arrulla los sueños del Vice Iglesias. Pero ya dijo Trump, diente por diente, que entonces el ibérico de jabugo se lo comerán los propietarios de las piaras extremeñas. Al carallo las exportaciones, uno de nuestros biceps económicos.

Esta semana entonaron los barítonos empresariales para, alto y clarito, cantarle a la política que o le entrega el volante de la economía o todo se hunde, porque España, que no era Jauja, erigió su mentira sobre el sudor de camareros y kellys.

El Halcón Hidalgo por las aerolíneas y el turismo, el del BBVA, Fainé, Isla, Roig el del Mercadona, la Botín. Los pobretones de las Españas. Todos los que tienen cuatro patacos y crean empleo han salido para advertir que esto no es una coña. Que a lo mejor vuelven las colas y el racionamiento del 36. Ya lo decían los viejos cuando yo era chaval para reprochar nuestros excesos consumistas: Que ben vos viña unha guerriña coma a nosa…

Por eso los boss de la pasta miraron de frente la guardería de Moncloa, donde la portavoz se intitula médico de profesión para apuntalar su credibilidad, y dijeron que basta ya de titiritadas. Que o se bajan impuestos, cotizaciones sociales y se incentivan sectores estratégicos o España se queda sin su leche como sin calostro se queda la parturienta que no ejercita la lactancia con su churumbel.

El gobierno aguarda y mira al tendido. Lo que no sabemos es si ese desplante es la arrogancia del buen diestro, que se sabe dominador de la faena, o la mirada desconcertada del Cagancho al que el zaino del Covid tiró un derrote, lo dejó lívido e intuye que, al siguiente, lo pincha y se le lleva la vida.

Porque si algo nos ha dejado la pandemia es la herida abierta del astifino, el pasaporte para los muertos mal contados y el infarto anunciado de la economía.

Un parón como el que tuvimos es al flujo circular de la renta lo que el ictus que deja tetrapléjico y ciego a quien lo sufrió. A ver si dentro de poco y como las cosas sigan así, nos va a costar tanto rehabilitar el negocio como hacerlo con el pobre de Ramón Sampedro; a ver si el gobierno no se convierte, por inacción y como sin querer, en la Ramona Maneiro de la España post-corona.

Lo de los muertos mal contados seguro que se lo encargaron a Tezanos. Tezanos multiplica votos al PSOE y resta muertos al Covid. Tezanos es como aquel que multiplicaba panes y peces, pero sin omnisciencia y con una calculadora de pilas desangradas.

Lo mejor es un gobierno de salvación empresarial con Isla como ministro de Industria, Hidalgo de Transportes y Amancio Ortega de presidente del gobierno. Amancio haría de las Españas una cadena de Zaras. Riqueza. Perros atados con longanizas.

En Trabajo ponemos a un sindicalista, al Sordo del Unai para mitigar los excesos del capitalismo salvaje y santas pascuas. Ah. Y con la reforma laboral de Rajoy incólume, que era muy mala pero aún no sabemos en qué.

Con la reforma de Rajoy pasa lo mismo que con el presupuesto de Montoro, el más antisocial del mundo mundial pero que le vale a Sánchez para gobernar. Al Vice Iglesias le buscamos una colocación de ordenanza en el Congreso. Los ordenanzas tienen entre sus funciones abrir y cerrar las puertas y esto se le da bien a Pablo: Cierre la puerta al salir, señoría.

Decían que la renta mínima vital serviría, aparte de para endeudar más al Estado, para estimular el consumo, pero temo que la renta se aplique mayormente a coser desgarrones crediticios, a calafatear vías de agua hipotecarias. Incluso a pagar vacaciones a plazos en Benidorm, que tenemos derecho al turisteo Nivea. En el supuesto de que encontremos Agencias de Viajes abiertas, que me pega que al ritmo que vamos echarán el candado unas cuantas.

En fin. Que entre otros muchos desastres que nos deja el corona, además del económico, está la nueva forma de saludar chocando los muñones: Hombre Venancio, qué es de tu vida, chócame ese muñón.

El otro día fuimos a comer con un matrimonio amigo. Desde principios de marzo que no nos veíamos. Él me ofreció cariñoso su muñón y yo, tradición en mí y como aun soy partidario del abrazo, que me adapté cortésmente a las circunstancias y lo mandé a tomar por el culo, a ver si se cree que soy el difunto de Millán Astray, que era manco y chosco…

¿Y esos dispensadores de geles hidroalcohólicos…? He visto a alguno que por el empeño que ponía en untarse las manos con él parecía perseguir no la esterilización ni la asepsia, sino la vida eterna. Vas de carallo, meu rei…

Supongo que el poder público, Estado, Comunidades, pone su empeño en evitar la propagación de la pandemia, su contagio rápido e indiscriminado. Encomiable intención. Pero con respeto: No nos traten como a retrasados mentales. Somos mayores de edad. Sabemos qué cosa es metro y medio, incluso dos metros; sabemos alejarnos prudentemente cuando nos cruzamos con alguien, incluso ponernos la mascarilla si la distancia se acorta.

O sea que sin acritud: Déjennos un poquito en paz, permitan que vivamos. Y sobre todo, autoricen el contagio razonable y moderado. Que creemos anticuerpos. Luego, inmunes ¡Sí se puede!

Nuestra vida no es nuestra. Lo decían Dumas y Víctor Hugo. La vida pertenece a la naturaleza, la naturaleza es Dios y Dios es la naturaleza. Y es ella la que dispone de los días que constituyen el crédito de nuestra existencia. Yo he visto algún papán que no saca la mascarilla más que… para fumar, que es muy sano.

Y en medio de este trastorno obsesivo que ha entrado a la superestructura el Diario nos hablaba el jueves del Doctor Burro, una terapia que consiste en abrazar burriños jóvencitos: «Platero es suave, se diría de algodón, como sin huesos». El tratamiento funcionó con sanitarios estresados.

La foto Del Diario vale más que mil palabras. El abrazo del hombre con la bestia, que no me enseña nada porque hace mucho que el perro palía mi enfermedad mental. Mi mano en la panciña lisa y caliente de Tess surte más efecto que un Valium.

Antes Niko y ahora mi perrita Tess. Recuerdo las palabras de mi hija cuando murió Niko, un West Highland White Terrier, uno de los cinco mejores seres humanos que he conocido: Papi, nunca vi llorar tanto a nadie. Se refería a mí. Claro que ella es muy joven y le queda mucho por llorar…

Larga vida a los burros, loqueros del humano, electrochoque de algodón. Ah. Y úntenseme bien las manos con el gel hidroalcohólico, que seguro que así no mueren nunca…

Doctor burro
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