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Don Íñigo y el papelito

Íñigo Errejón, de Más Madrid. EFE
Íñigo Errejón, de Más Madrid. EFE

A VECES ME preguntan qué leo. De todo. Omnívoro. Pero vuelvo siempre a verne y su viaje al útero de la Tierra, a Vigo con el Nautilus, a la luna desde América. Verne es la aventura evasiva, el mar y el cielo en el centro del globo. Ahora mismo paseo por una novelilla de Camba, el hermano de Julio, entretenidísima. Se titula 'El amigo Chirel', termino una biografía de Fernán Gómez y, por cuarta o quinta vez, releo el Trópico de capricornio de Henry Miller ¿Recuerdan? "Anoche descubrimos que Boris tiene ladillas…". Todos a la vez mientras picoteo una voluminosa guía de Chicago.

Unamuno me cautiva y seguramente algunos pontevedreses desconocen que el maestro estuvo por el Lérez y escribió dulce y pausado, enamorado del paisaje. 'Del sentimiento trágico de la vida' me noqueó por esa dialéctica entre el "querer creer" y "creer que se cree" en que Don Miguel ubicaba al ser humano, necesitado de respuestas que jamás podría ofrecerle la religión. existencialista, reputaba la fe herramienta inútil para llegar a Dios. Lo intentaba con la razón y los resultados eran igual de frustrantes, si bien quedaba el consuelo de rendir homenaje al único tesoro del ser humano, su raciocinio, su capacidad de pensar prescindiendo de taumaturgias, chamanes y cuentos religiosos como la Biblia, tan entretenido como increíble.

'Del sentimiento trágico de la vida' lo leí por primera vez con diecinueve años, y una de las siguientes, en varios días, a bordo de una embarcación, al pairo y en medio de la ría de Pontevedra. Amigos amantes de la náutica se parten cuando les digo que leo en vez de pescar. Leer en el mar es la abstracción máxima con el capricho del viento y las corrientes llevándote donde les apetece. 'Del sentimiento' es un perfecto monólogo en el que el hombre y su intelecto vencen al caprichoso dogma religioso, esa rueda de molino con que pretenden hacernos comulgar.

Pero a pesar de la hondura filosófica de Don Miguel, de su diálogo tortuoso en la búsqueda de un Dios sordo, ciego y mudo ante el sufrimiento del hombre vuelvo siempre a Torrente. Qué les parece. A su vuelo bajo, a su sencillez chusca pero lúcida. A esos exabruptos que todos envidiamos en presencia del imbécil abundante.

—"Señor Torrente… ¿Nos deja su pistola para disparar?"; —"¿Mi qué? ¿Mi pistola? ¿Para disparar? Pero… ¿Pero tú eres subnormal? Mira chaval: la pistola es como la polla, no se le deja a nadie; ¿Tú le dejarías tu polla a alguien?"; —“Noo”; —"Pues eso. Anda, vete a tomar por culo por ahí".

Íñigo Errejón está a medias entre el personaje unamuniano de 'Del sentimiento' y el discurso castizo de José Luis Torrente, entre el místico obsesivo y el currela zafio de extrarradio. Llegó a la política en momento tan oportuno para el radicalismo como malo para la tropa corrupta. el sistema financiero fuera de cobertura era caldo perfecto para cultivar la bacteria de la demagogia, el populismo y el escrache, que se veía entonces cojonudo si era ajeno y ahora no si propio. Las lágrimas de colau ¿verdad? que pasó de "escrachante" a "escracheada" mohína y llorosa. Lo siento, Ada, pero a chorar a Cangas.

En la sesión de investidura de la Asamblea madrileña Íñigo y Ayuso no invistieron, sino que se embistieron, y nunca más didáctico ni enriquecedor el chapoteo de ambos en el lodo de su mutua depredación política. Una lucha a muerte en fecales que disimula el brote de la herida, el légamo que cubre la sangre. Isabel no es Madame Curie, vale. Pero tampoco Íñigo el Adenauer que pretende la izquierda estética que llama amable a la circulación rodada y reductor de velocidad a un puto lombo.

Íñigo trató con condescendencia intelectual a Ayuso y Ayuso lo tildó a él de machista, simplón recurso defensivo. Le pesa a Ayuso la mochila de sus innumerables meteduras de pata mediáticas, y eso semejó para Íñigo una yugular apetecible. No se engañen. Xan e Pericán. Íñigo vino a la política a vivir de ella, igual que Ayuso. Caras diferentes ambas pero de una misma moneda, carecen sin embargo uno y otro de credibilidad. Ella le hacía los tuits a Espe y él conspiraba para birlarle el partido a Iglesias.

Aun así, se excedió Ayuso. Traidor es aquí palabra de mayor cuantía porque la traición está en lo esencial del poder. Quiso dañar pero la política española hace ya tiempo que se inyectó la triple vírica de la injuria y el insulto grosero. Tampoco Íñigo acertó: paternalista y sobrado, condescendiente holgado. Ayuso bien pudo limitarse a decir que Íñigo, con artes discutibles, quiso cepillarse a Iglesias. solo Gabilondo estuvo en la sensatez que demandaba el acto.

En el año 88 solicité mi compatibilidad. Instancia argumentada, informe del servicio correspondiente, discusión en comisión de Régimen Interior y aprobación —o no— en el Pleno corporativo. Votaron a favor unos y en contra los menos. Un grupo se abstuvo y se adoptó un acuerdo concediéndomela. Es un procedimiento administrativo tedioso, se lo aseguro. A Íñigo lo pillaron en flagrante incompatibilidad. el escándalo saltó e Íñigo se defendió: "La que se montó, y todo porque falta un papelito", dijo. Calificar de "papelito" documentos públicos preceptivos da el nivel del personaje, que se fumó el procedimiento. También de la ciencia que atesora (profe universitario) y del intento de tomarnos por gilipollas. Ayuso no necesitaba lo de traidor. Le bastaba con el "papelito".

Don Íñigo y el papelito