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El abrazo partido

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se abrazaron tras firmar el pacto de gobierno entre PSOE y UP. PACO CAMPOS (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se abrazaron tras firmar el pacto de gobierno entre PSOE y UP. PACO CAMPOS (EFE)

ANTES SE fundirán los polos, decían. Pero se fundieron. Se fundieron en un abrazo que si no fue de Vergara cerca anduvo. Detesto ser hiriente pero Sánchez e Iglesias abrazados son la metáfora de la volubilidad, de la frivolidad; de un tiempo que irrumpió soez mientras parece desmoronarse todo lo que construimos, mientras contemplamos estupefactos como dos niños pertrechados con goma 2 pasean riesgosos por los pilares de la transición.

Eso o que, definitivamente, Iglesias se ha hecho institucional en lo público (en lo privado ya: nada más institucional que un muro que cerca tu propiedad y una patrulla policial vigilando la lobera). A estas alturas (del abrazo) está todo dicho. Salvo que hay que ser muy bondadoso —u otra cosa peor, vaya usted a saber— para abrazar a quien apenas dos telediarios atrás ponías a parir, Sánchez trayendo a España a Puigdemont en plan GEO (Iglesias mofándose de sánchez) o Iglesias como insomnio (Sánchez ironizando oníricamente sobre Iglesias). Cómo se amaban…

¿Y que cambió? Nada. Llevo tiempo insistiendo. Cómo vamos a sorprendernos de que lo que ayer era animadversión y odio indisimulado sea hoy partir y compartir un piñón: ya habían dejado suficientes cagaditas de la trocha que recorrerían juntos. Volubles ambos. Frívolos. Capaces de impostar que no se soportan; capaces de tragar un capazo de sapos con tal de subirse al coche oficial uno y no apearse el otro. Lo siento por sus hooligans, pero es lo que pienso.

Decía que ya no se puede ser original con el abrazo. O sí. Anduve yo en amores con una señora que me sacaba dos cabezas. El amor no entiende de centímetros. Bueno, el amor o algo parecido. Porque no nos amábamos. Nos limitábamos a copular gustosos en una especie de acuerdo de voluntades: yo la visitaba y ya. Pues bien. Cuando en los prolegómenos nos abrazábamos ella tenía que encorvarse y componíamos una estampa curiosa y risible: un pigmeo estrujado por una señora enorme. Mientras esto sucedía yo escribía mentalmente una columna y pensaba que si en el momento de desencorvarse ella no hubiera dejado de abrazarme quedaría yo colgando de sus brazos como un bebé. Creo que incluso sucedió en alguna ocasión. Éramos muy amigos (todavía lo somos), follábamos, pero en absoluto nos amábamos. Me acuerdo de nosotros y veo a Iglesias y a Sánchez.

En el abrazo Pablo se deja estrujar hacia abajo por Pedro, y ahí se aprecian las dos cabezas de diferencia entre uno y otro. Pablo semeja encaramarse a Pedro en un elipsis de sus deseos, en un remedo de futuro que comienza intentando soslayar la indignidad, el onte non e hoxe si, el onte non porque non e hoxe si porque si. O sea, muy científico todo, muy comprensible precisamente en lo inexplicable. A veces, el silencio es la mejor aclaración, incluso la mejor expiación de una forma de conducta que es como almeja de furtivo sin control sanitario, mercancía caducada solo apta para tragaderas amplias, para quienes han convertido el voto en el grito de un partido de fútbol, para quienes piensan que la militancia es convertirse en siareiro apasionado y casi radical de un equipo que no admite la discrepancia. Qué triste todo, carajo.

Mateo Benavides, entrevistado en su jubilación, dio a un compañero una contestación mereciente de la ubicuidad mural urbana: "Antes acorralábamos los periodistas a los políticos, ahora son los políticos los que acorralan a los periodistas". En la hipérbole veraz del Maestro Mateo (que bien me quedó esto) se adelantó la performance de Sánchez e Iglesias. Quiero decir que cuando el político comienza a padecer el miedo escénico no le queda otra que armar el escenario, soltar el mensaje y pirarse. Sin preguntas, por supuesto.

Una tertulia hablaba el otro día de cobardía porque ‘los novios’ convocaron la rueda de prensa sin preguntas por miedo a que le dieran cera. Así fue. Una comparecencia gaseosa, un atrezo melancólico por improvisado y los periodistas con un palmo de narices. Cómo coño no iban a preguntar lo que resultaba ineludible preguntar. Pero claro. Cómo coño iban a contestar las ‘primas donnas’ aquello para lo que no había respuesta. Otra vez el insistente e incontestado hoxe si, onte non, los millones de euros de la repetición electoral por su capricho infantil, por su rabieta por el chupete.

Y se escondieron, claro. se escondieron tras el silencio, porque solo el silencio responde a lo que no tiene contestación. Algún reportero debió romper el protocolo, y preguntar y sacar los colores al silencio. Le hubieran dado el Pulitzer. El Pulitzer para quien rompiese el cemento armado de los comparecientes, dos caladiños que reanudaban su convivencia tras aquella crisis conyugal en la se tiraron a la ca beza el ajuar doméstico entero: Amores reñidos…

Hay quien se rasga las vestiduras y advierte con una hecatombe (Vox, PP). no hay tal. El que saborea la moqueta, aquel al que abre un ujier la puerta del coche oficial ya ha suscrito el pacto de sangre de la institucionalidad, de la responsabilidad y del sentido de estado. La omertá del gremio. Tsipras iba a revolucionar europa y terminó con el enorme pollón de la UE sodomizándolo. El mismo martes la anticapitalista teresa Rodríguez criticaba el acuerdo diciendo que iban a perder su sentido crítico. Y más cosas, teresiña, y más cosas que ya perdisteis.

¿Y los coros? Quiero decir que lo mejor fue el relleno. Iván Redondo. Si hacía de viruta debería plantearse para qué sirve, el gurú, aparte de para componer el cuadro. Para qué sirve el ‘fenómeno’ que empantanó a España con sus consejos a Sánchez. Que el abrazo no sea partido, deseo.

El abrazo partido