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El alquimista impaciente

Rehabilitó la ensaimada canosa de Suárez Illana y sus neandertales y le dio cuartelillo al padre de Mari Luz

Pablo Casado. JAVIER LIZÓN (EFE)
Pablo Casado. JAVIER LIZÓN (EFE)

MEZCLANDO química, semiótica, medicina y metalurgia pensaban los antiguos convertir el plomo en oro. Casado mezcló a Aznar con el padre de la niña Mari Luz, le añadió a Suárez J. R. y lo aliñó todo con Cayetana Álvarez. Un cristo.

Que sea el yerno ideal no convierte a Casado en un buen político, vencer en un congreso tampoco. Azaña era un político como la copa de un pino y fracasó. La dicción de Casado es casi perfecta como casi perfecto es su dominio de la escena. Cuesta verle trastabillar en su discurso porque dispone de las tablas innatas del buen actor. Bien parecido, joven, lo tiene todo para lograr el éxito, salvo tres cosas: el sentido del respeto a los predecesores, la virtud de la paciencia y el carisma político, que viene de serie.

Rivera toma demasiado café pero tiene carisma. El carisma de Rivera es la defensa del autónomo, la satanización del independentismo y ese discurso rápido que lo mismo desenrolla corruptelas que te obsequia con una tesis por San Jordi. Sánchez tiene el carisma del social-populismo de los viernes, una resistencia roqueña frente a la adversidad y, lo más importante, una rosaleda entra sus nalgas que riega perseverante con Eau de Rochas. A Iglesias no se lo cree ni él mismo, de acuerdo, pero tiene el carisma chavista y demagógico de la barriada matritense y hasta un chalet vigilado. Abascal es tan anacrónico como el Cid a caballo pagando en un peaje de la AP-9, pero quién le niega el carisma del iluminado retrógrado que considera dogmas las enormidades que expele. Abonado al tremendismo, cómo no van a adorarlo los que piensan como él. Casado no. Casado no tiene carisma. Hay más carisma en doce palabras de Fraga que en toda la carrera política de Casado. Un periodista preguntó a Don Manuel que opinaba del libro blanco de Zapatero. Don Manuel dijo que no podía decir en público que haría él con las hojas del libro de ZP.

Casado hablaba de sus jefes para referirse a Soraya y Rajoy quince minutos antes de discutirle a la delfina su bien ganado derecho a sustituir a Mariano y, ebrio del éxito del congreso, inició un periodo de renovación similar a una irrupción de los CDRs en la entrega del premio Cervantes. Rehabilitó la ensaimada canosa de Suárez Illana y sus neandertales y le dio cuartelillo al padre de Mari Luz, tan respetable en su dolor como prescindible en política. Se fumó a Ángel Garrido, discreto sucesor de Cifuentes y al que no se le conocía corruptela alguna, para poner a Ayuso, remedo de una colegiala chapona cuya prodigiosa memoria descarrila cuando, con una pregunta, la distraes de su retentiva. Por si no bastara, Casado sacó en procesión a Aznar sabiendo que no era ya más que el resto político-cadavérico de una etapa fenecida que repelería al electorado pepero de centro, el más amplio.

Ansioso por prematuramente ambicioso y errado a tenor de su tórpido deambular, la pregunta es si el PP soporta un periodo de becaría de Casado urgido como está de votos y dinero, que en política es lo mismo que decir éxito electoral. Casado quiso unir el partido rescatando relicarios: Suárez, Aznar, Cayetana. Fracasó porque avenir a las diferentes tribus del PP es como intentar que Don Peregrino le haga un hijo a Stormy Daniels, una utopía porque la cópula entre un canónigo difunto y entrañable y una pornostar no puede ser y, además, es imposible.

En un último intento por ganarse al electorado fue Casado a contarle a Bertín, chuletón mediante, la historia de su abuelo médico obligado a operar por el ejército nacional. Certificaría esto que en su familia también había represaliados por Franco. No cuela, chaval. Si se permitiese elegir a la carta la represión, como en la vida de Brian las crucifixiones, estoy seguro que Casado elegiría la de su abuelo y no la del mío, trece años de trena, una familia escarallada y dos bebés de cuatro meses enviados al hospicio de Pontevedra.

Escribí cuando le birló la sucesión a Soraya que Casado se estrellaría. Así fue. Jugada fea por perfectamente democrática, el pupilo olvidó el respeto debido a sus maestros con el argumento de las mayorías. Demasiada prisa, alguna arrogancia y mucho de ninguneo a sus jefes. Ahora, como buena excusa de perdedor mediocre, atribuye la culpa al empedrado: el PP venía perdiendo votos con Rajoy, dijo. Vean aquí la tradicional ajenización de las responsabilidades en el muerto, pero trasladada, con pasmosa desvergüenza, al vivo que presidió el gobierno con razonable praxis y al que incluso un sector de la izquierda echa de menos, Mariano.

Es curioso. Se les llena la boca a los partidos hablando de feminismo pero luego Irene Montero, Carmen Calvo y Arrimadas son las segundas. En el PP, ni eso. Tuvieron la oportunidad de Soraya y encomendaron el partido y la candidatura a la presidencia del gobierno a Casado. A lo mejor llegó la hora de las mujeres, que en el PP es tanto como decir Ana Pastor. Con experiencia en la cosa pública, sensata y dedicada en cuerpo y alma al partido y a la política sería un éxito del feminismo bien entendido, el que se aleja de la masa y no atropella. Pastor, con algo de Thatcher, un poco de Merkel y otro poco de pastora zamorana astuta no parece mala apuesta para la derecha. Ocurre que la confianza en las mujeres la siembran deliberadamente en terreno estéril los partidos, que no terminan de confiar en el mujerazgo. Me recuerdan, en este asunto, a aquel panadero de buen corazón al que un día preguntaron en Fernández Ladreda por qué no tenía hijos. Miña muller é 'esmeril', dijo apenado.

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