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El secreto de sus ojos

Fotograma de la película ‘El secreto de sus ojos’ (2009). ADP
Fotograma de la película ‘El secreto de sus ojos’ (2009). ADP

ALGUNOS conocerán la historia. Para los que no, situémosla primero. Argentina, poco antes de la dictadura de Videla. un juzgado de Buenos Aires. Allí trabaja Benjamín Expósito, oficial judicial, un buen tipo que lleva mal la injusticia, alguien que no duda en actuar al margen del procedimiento si con ello consigue reparar una injusticia.

Un día entra en su juzgado un caso. Alguien ha asesinado y violado a Liliana, una joven de veinte años. Liliana vivía con su compañero Ricardo, también muy joven. Ricardo no termina de asimilar lo sucedido. Demasiado brutal. Demasiado incomprensible. Quien pudo hacer eso a liliana, una buena persona que iniciaba su vida compartiéndola con él.

A Benjamín le toca formar parte de la comisión judicial que levanta el cadáver. Bestial. La sangre hace irreconocible la cara de la joven y el desorden del ataque da a la habitación una pátina de arbitrariedad reñida con cualquier comportamiento humano. Es el residuo criminal enseñoreado con una simpleza perturbadora. Mira las fotos que hay en la casa. Liliana era bellísima y Benjamín comienza a obsesionarse con el caso.

Dos albañiles de una obra próxima son detenidos, pero pronto puestos en libertad. nada tienen que ver. El tiempo pasa y la causa se archiva. Benjamín visita a Ricardo, que sobrevive a la ausencia de Liliana igual de deprimido, lo mismo de apesadumbrado que el día del crimen. Toman café, charlan y ven álbumes de fotos. En ellos aparece, en su pueblo natal, Liliana de niña, de joven, en sus cumpleaños y celebraciones. A su lado, siempre y mirándola con una extraña mezcla de admiración y deseo hay un joven. Es guapo y semeja pacífico, pero algo críptico en su mirada parece esconder la energía brutal y reprimida de un monstruo. Cuenta Ricardo sin darle importancia que ese niño, ese joven, ese adolescente es Gómez, un amigo de infancia y juventud del pueblo obsesivamente enamorado de Liliana.

Sin embargo, convencido de que esa mirada esconde a un asesino Benjamín comienza por su cuenta la búsqueda. Ni rastro. Una dirección abandonada lleva a otra dirección igualmente abandonada. Sin embargo, ¿no sugiere eso un primer indicio de culpabilidad? Quien quiera que sea el huidizo pretende, con ese nomadismo ‘fuguista’, difuminar la traza de su residencia. Benjamín cree estar seguro de que el complejo de culpabilidad, la mala conciencia activa un elemental mecanismo de autodefensa: permanecer estático en un sitio favorece la localización; en cambio, una ciudad grande garantiza un cierto anonimato y, en suma, la impunidad. Ese escapismo le confirma que es el hombre que busca.

Pero su investigación no avanza. Decepcionado, Benjamín se centra en estudiar la correspondencia que con la víctima mantenía quien él cree el asesino, correspondencia que le facilita Ricardo. Benjamín halla un elemento común: Continuas referencias futbolísticas. El asesino es un amante del fútbol, no hay duda. Probablemente, seguidor radical de un equipo. Ata cabos, une indicios y como en un puzle enloquecido las iniciales dificultades de amalgama dejan sitio, con paciencia, a su conclusión completa. Es cuestión, solo, de buscar las piezas ausentes y encajarlas.

El asesino tiene que vivir en una gran ciudad -se dice-, Buenos Aires por ejemplo, y si es así, debe acudir regularmente al estadio. Hay pues, ayudado por una de sus últimas fotografías del álbum, un modo de buscarlo: ir al estadio y situarse en la grada de los radicales. No necesariamente, pero quien asesina —piensa Benjamín con cierto simplismo—, no puede ser un aficionado sereno.

Muchos partidos después, muchos paseos por el graderío haciéndose el despistado dan un día con un tipo muy parecido al buscado: lo encara, lo mira desafiante y lo llama por su apellido: "¡Eh, Gómez, hijo de puta!", y Gómez que sale echando hostias derribando todo lo que encuentra a su paso. Acaba de delatarse y por fin la policía lo detiene. En los interrogatorios lo provocan con el tamaño de su virilidad, con su hombría de sicópata enfebrecido y termina confesando. Fue él.

Benjamín visita a Ricardo y le dice que se va a hacer justicia: le caerá cadena perpetua. Ricardo se lo agradece. Sabe que solo el tesón de Benjamín, su sentido de la justicia y su perseverancia han permitido desmadejar el ovillo. Nadie puede devolverle a su compañera, pero el malnacido de Gómez pasará su vida entre rejas.

Pasan cinco o seis años y un día Ricardo, que con gran dificultad ha comenzado a rehacer su vida ve a Gómez, el asesino de Liliana, dentro de una cafetería. No hay duda, es él. ¿Pero no era la perpetua? Pide explicaciones a Benjamín: sí, era perpetua. Entonces ¿Qué ha pasado? En el Ministerio de Justicia les informan de que gómez ha sido indultado -ya gobierna la dictadura- porque el régimen necesita hombres decididos, eufemismo que no oculta la auténtica realidad: El Estado libera asesinos que repriman la subversión política. Entristecidos y decepcionados se despiden. Probablemente no volverán a verse.

Pero pasa el tiempo. Veinticinco años transcurridos desde este último encuentro, Benjamín, jubilado ya, vuelve a darle vueltas a la noria de la obsesión ¿Qué habrá sido de Gómez? ¿Y de Ricardo? Busca direcciones y encuentra la de éste último. Un pueblo del rural argentino, una hacienda ganadera que ya solo sirve como vivienda. Allí lo localiza. Va. Se alegran de verse, se abrazan. Benjamín le pregunta por Gómez. Ricardo dice no saber nada. Sin embargo, algo retumba como falso. Benjamín cree percibir la estridencia mendaz de un hombre noble. E insiste. Por fin, Ricardo le cuenta que una noche aguardó a Gómez y lo introdujo a punta de pistola en el maletero del coche, lo llevó a un descampado cerca de la vía del ferrocarril y cuando un tren pasaba cerca, aprovechando su estruendo zaca, tres tiros. Al carallo. No le des más vueltas. El pasado es el pasado, de nada vale empeñarse en él, zanja.

Benjamín retorna a casa sin parar de dar vueltas al relato. Algo no cuadra. Empieza a anochecer y decide volver a la hacienda. Aparca donde no puede ser oído y se agazapa tras un árbol. una hora después ve salir de la casa a Ricardo con un plato y un vaso en cada mano. Penetra en un cobertizo para animales. Benjamín entra y ve como a Ricardo se le demuda el rostro; en ese mismo momento aparece un hombre envejecido y calvo: Es Gómez, el asesino de Liliana. Avanza dos pasos por un habitáculo exiguo y con rejas, coge a través de ellas el plato, el vaso, mira a ambos resignada, desesperanzadamente y vuelve a su celda casera. Gómez tiene asumido que morirá allí. Ricardo dice: "Era cadena perpetua…¿no?".

La película es de Campanella y se ve bien, pero la novela, de Eduardo Sacheri, es una delicia. Y ahora que no nos oye nadie, a que les parece bien lo que Ricardo hizo con Gómez. A mí también. Por cierto: acabo de acordarme del Chicle y del padre y la madre de Diana.

El secreto de sus ojos