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El último atardecer

Kirk Douglas. EUROPA PRESS
Kirk Douglas. EUROPA PRESS

CUANDO ERA niño, Issur preguntó a su madre cómo había nacido. Y ella se lo contó: Una mañana invernal y de nieve, mientras hacía pan, vi desde la ventana una caja de oro. Salí y dentro de ella había un precioso bebé, sonriente y desnudo. Pero mamá, qué hiciste con la caja. Cuando te vi, hijo, me sentí la mujer más feliz del mundo, te abracé contra mi pecho para darte calor y olvidé coger la caja. Crecí feliz, dice IssurKirk Douglas, porque supe que tenía más valor que una caja de oro, pero durante mucho tiempo fui un mierda. Así comienza El hijo del trapero, su autobiografía. La escribió en el 88 porque, decía, debía darse prisa, era mayor y había superado un infarto. Vivió treinta años más.

Douglas no es un gran actor. Un gran actor era Brando. Pero Kirk va más allá de la grandeza actoral. Kirk era la pasión interpretativa. Los cinco sentidos aplicados al papel. Su gestualidad, su carisma y su mirada intensa delataban la vocación profunda, pero también la ausencia de escuela, porque Kirk, a diferencia de Brando, renegaba de métodos ajenos para volcarse, todo él, en ser el personaje desde sí mismo. El actor no se hace, nace por su incondicional amor a la interpretación.

"Kirk va más allá de la grandeza actoral; era pasión interpretativa, los cinco sentidos aplicados al papel"

Kirk era un amigo fiel. El que durante toda su vida pasó una renta mensual a Wolfie, un chaval que, siendo niño, lo rescató de una ciénaga en la que estaba a punto de ahogarse. Pero también era el adolescente de catorce años del que se enamoró su profesora y al que sedujo tras un recital poético mientras él, asustado, escapaba de su casa para volver luego y mantener esa relación muchos años, incluso por carta.

O el que trabajando de botones en una pensión oyó a la patrona decir que Hitler tenía razón respecto de los judíos, y que ninguno de ellos pisaría jamás su hotel. Nadie sabe lo afrodisiaco que puede resultar el odio, dice Kirk: «Mi aborrecimiento se convirtió en una tremenda erección y la penetré, y en medio de sus gemidos le susurré al oído en tu interior hay una picha judía circuncidada ¿Crees que te contaminarás?». Kirk-Issur era judío, un judío ruso temeroso de su rudo y cruel padre y amante de una madre preocupada por su delgadez.

Se preguntaba si había utilizado a las mujeres, las mujeres a él o si, lo más probable, se habían utilizado mutuamente. Reflexionando sobre el deber de la monogamia matrimonial se le quedó grabada la frase de una distinguidísima dama parisina: «Respecto de la infidelidad, la situación más embarazosa que se me ocurre es ser pillada en la cama con mi propio marido…» A diferencia del resto de la gente, Kirk predicaba de sí mismo la infelicidad: Soy siempre desdichado, a menos que suceda algo que me haga feliz. Quizá fue eso lo que motivó, como una diversión, su permanente búsqueda del éxito profesional.

Kirk no es, tras su muerte, un actor a recordar, porque Kirk era, todavía en vida, un mito cinematográfico a la altura de Brando, solo que más que Brando: Actor, productor, director, guionista, especialista en algunas de sus propias escenas. Brando es probablemente la mejor interpretación de la historia del cine en el Kowalsky de Un tranvía llamado deseo, pero Kirk encarna mejor que nadie el cine mismo, entero y como obra coral.

Pero el mito es hombre. Y el hombre odia. A Frankenheimer (El tren, Seis días de mayo) lo desenmascaró en sus memorias. Frankenheimer era un desagradecido y él no. Seis días de mayo la hizo la productora de Kirk, Bryna, y fue una obra maestra. Buena parte de su éxito reside en Kirk, que la coprotagonizaba con Burt Lancaster. Kirk tuvo que animar permanentemente a un Frankenheimer que se venía constantemente abajo, convertido en un director llorón que vertía sobre su hombro sus miedos, sus dudas y sus incertezas, incluso sus tensiones de rodaje: Oh Dios ¿Cómo crees que se tomará Burt esto? No sé cómo tratar a Ava… (Gardner). Pero tras el éxito rotundo de la película Frankenheimer concedió una entrevista: Kirk era, poco más o menos, un actorcillo al que él había dirigido magistralmente. Kirk no perdonó. Se preguntaba por qué a menudo las gentes por las que más haces son las que te muestran un mayor resentimiento. Y se contestaba. Quizá porque tus buenas acciones les recuerdan sus debilidades, lo mediocres que son y cuanto debes completarlos. Tengo experiencia en esto…

Kirk renegaba de los premios cinematográficos. Decía que cualquier obra de arte –y el cine lo es si es bueno– depende de los ojos de quien la observa. Un Picasso puede ser mejor que un Renoir si te gusta más Picasso que Renoir. Por eso odiaba los festivales cinematográficos y formar parte de sus jurados: Podéis dar premios a las vacas sabiendo cuál de ellas da más leche, porque eso se puede medir, pero no se pueden dar premios a las obras de arte.

Los resúmenes de la muerte de Kirk tenían un común denominador, ser un breviario apresurado y en cierto modo torpe de su vida y obra. Porque para hablar de Kirk es necesario haber leído mucho sobre él y sobre cine, y por encima de todo, hay que haber visto toda su filmografía. Diría, incluso, que es preciso poseerla, y cuando digo poseerla me refiero a ver sus lomos rotulados reposar en la videoteca. A veces poso la vista en sus películas, incluyendo aquellas en las que se asoman al cine desde la superficialidad y se consideran sus cumbres interpretativas: Espartaco, Lust for Life (El loco del pelo rojo) o Cautivos del mal. Yerran. Han visto poco Kirk.

Porque sus mejores interpretaciones están en las obras que menos conoce el gran público. Anoten los que no las conocen: Ciudad sin piedad, la única buena película del mediocre Gottfried Reinhardt. Interpreta a un abogado militar defendiendo a unos soldados que, en la Alemania ocupada por los aliados, violan a una joven. Descubrirán ahí el genio interpretativo de Kirk, pero muy alejado del exceso histriónico de Cautivos y atemperado, de manera soberbia, por la contención gestual. Por cierto, película muy útil en tiempo de tontos de variado pelaje ideológico deponiendo su liviandad y su ignorancia sobre lo de la Manada.

O en El último atardecer, del genio Aldrich con guion del purgado Dalton Trumbo, un acojonante western rojizo. La historia de un incesto frustrado con uno de los finales de amor paternal más hermosos de la historia del cine. Y sobre todo, Un extraño en mi vida, quizá la más bella lección cinematográfica de amor e infidelidad dirigida por un Richard Quine encoñado con la protagonista, Kim Novak, y con una única escena casi humorística en medio de la paramera del drama, aquella en la que Novak dice a Douglas que hoyuelo más bonito tienes ¿Cómo haces para afeitártelo? Por cierto, en la película vemos uno de los pocos papeles dramáticos de Walter Matthau, que viola a la mujer de su amigo.

Y si son cinéfilos no se pierdan a Kirk dirigido por Kazan e interpretando la vida del propio Kazan en El compromiso. Si no la vieron, les cuento el principio para que se enganchen: Un alto ejecutivo publicitario, en pleno éxito profesional, mete voluntariamente su deportivo descapotable bajo un camión. Quería suicidarse. Luego siguen ciento veinte minutos de cine químicamente puro. Eso sí, abstenerse fans de Titanic o Ghost.

Resúmenes pobres, decía. Lo del abrigo que le regala a Kirk Lauren Bacall, por ejemplo. Muchísimo mejor contado en la biografía de la propia Bacall. Como mínimo, tan buena como la del hijo del trapero. Una delicia para leer. Sobre todo cuando cuenta cómo y cuánto la puteó el cabrón misógino de Bogart.

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