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La batalla de las ratas

A mediados de los setenta mi madre lavaba en el Gafos al lado de la fábrica de calzados de Desiderio Bernabéu
Vista aérea del 'skyline' de Chicago. TANNEN MAURY (EFE)
Vista aérea del 'skyline' de Chicago. TANNEN MAURY (EFE)

VENGO DE Chicago y tropiezo con la batalla de las ratas, una lucha cruenta entre existencialistas y negacionistas. Los primeros afirman la proliferación de roedores; los segundos, su inexistencia. Comandan las huestes existencialistas Leoncio y Domínguez; las negacionistas, quienes loan la Pontevedra perfecta. Ubiquemos entre ambos contendientes el sentido crítico, o sea el término medio, la virtud absoluta de los tomistas. 

Pero antes déjenme decirles que Chicago es como una Benidorm elegante, con río y de traza urbana perfecta. No huele a paella barata ni a zumo de sobaco guiri. Se asoma usted a la torre Hancock o a la Willis (103 pisos) y le parece ver el océano. Puro espejismo: la lámina en cuestión es el lago Michigan, el doble de quilómetros cuadrados que Galicia que se le ofrece para relajar su vida de azules. Chicago es hoy la paz yanqui por contraposición a N. Y., que es la alpargata del mundo y el caos más brillantemente ordenado del universo. Si has visto Manhattan, Chicago, una delicia, no puede impresionarte ya. Fui a Chicago a por la fotografía de Union Station, "Los intocables" de Brian de Palma y "Único testigo", de Weir, aquella con Lukas Hass rehuyendo la muerte mientras el terror titilaba en sus ojos infantiles. Recuerdan. Dani Glover lo perseguía, pistola en mano, de retrete en retrete. Me crucé dos Amish en un súper pero ya no son lo que eran: comen galletas, suben escaleras mecánicas y les canta el alerón de cojones. 

En Chicago cuidaron el río y en Pontevedra entubamos el Gafos, que hay que ser gilipollas. A finales de los sesenta la gente tiraba basura al lecho y a los tecnócratas franquistas del Opus se les ocurrió lo que al escolar torpón con su problema de matemáticas: en vez de resolverlo, arrancar la hoja. Conque la mierda permanecía, pero oculta, que es como aplicarle desodorante al sobaco no aseado. Calros Solla –disfruté mucho con su anterior libro–, lo explicó muy bien aquí el jueves. Lo explicaré yo ahora con mi abrupto estilo: podemos poner a pasear a medio mundo por Benito Corbal, Tonucci y tal; pueden concedernos y podemos autoconcedernos premios, reales unos y ficticios otros para lucro de tenderetes varios pero, mientras no quitemos la tapa de los sesos al río de los malatos, al Gafos, seremos una ciudad mejorable. Yo lo bañé destapado, lo vi morir y enterrar en el setenta en su ataúd de cemento y ahora aguardo su resurrección. Qué imbécil. 

Pero estábamos en la guerra de las ratas. La rata es roedor necesario para el equilibrio ecológico. Come sobras, permanece discreta en su cubil y ha prestado grandes servicios a la humanidad. Cuenta Eduardo Haro Tecglen en su "Arde Madrid" que en plena hambruna guerracivilista la carne de rata se pagaba a veinticinco pesetas, así que la aristocracia madrileña del 36 al 39 no la encarnaba Muñoz Seca, al que ya habían paseado en Paracuellos, sino el pocero, que se forraba. 

Delibes, en una extraordinaria fábula costumbrista y rural, nos cuenta en "Las ratas" como el ratero del pueblo las capturaba con una lanza. Vivía encovado en la montaña y vendía al tabernero las ratas, que cocinaba y vendía a su vez a los clientes. Hasta los setenta, en zonas de Castilla y León era plato del día. Rolliza, suculenta. Tipo nutria. Su carne no difiere, en sabor y textura, de la de un conejo. La de alcantarilla, que es de la que se quejan Leoncio y Domínguez, no es más que el pariente de vida disipada de la de río. La rata de río va al gimnasio, no fuma ni bebe y vigila las comidas. La de alcantarilla se cuida menos y no le hace ascos a unos mojones. 

A mediados de los sesenta mi madre lavaba en el Gafos al lado de la fábrica de calzados de Desiderio Bernabéu. Yo la veía fregar la ropa contra la tabla y escurrirla cuando una rata de tres kilos pasó por encima de mis piernas, que en pantalón corto notaron el inolvidable y aterciopelado tacto de sus pequeñas patas unguladas. Cortés, diligente pero sin prisa, la rata continuó su camino hacia el molino de Benito, debajo del actual Cash Galicia y entonces almacén de Toribio Prieto. Pontevedra era una ciudad con carácter, Correos tenía una puerta giratoria con dorados y nadie negaba la existencia de las ratas. Tampoco se exhibían como tótem vergonzante ni se utilizaban como discutible arte de oposición política. Quiero decir que hombre y ratas coexistíamos. Les aseguro que si les preparo en mi dacha de Meaño una parrillada de rata convenientemente despellejada y adobada, con su poquitín de chimichurri, se chupan los dedos. Otra cosa es el prejuicio culinario: ¡Hay que comer de todo! Tengan por cierto que la peña habría continuado danzando y mamándose en la Feria Franca si en trance de churrasco la hubiesen nutrido con rata a la brasa. 

Los del barrio, cuando entubaron el Gafos, esperábamos al caudal bajo del verano e íbamos en bicicleta desde alcalde Hevia hasta la Tablada. La dinamo iluminaba el túnel y a los lados las ratas intentaban ganarnos. Aquel viaje alucinante en bici por un río cloaca es de las experiencias más gozosas que he vivido en mi infancia. 

O sea que, experto en ratas, me ofrezco mediador en esta lucha de papel entre existencialistas y negacionistas. Parrillada de rata, un buen Barrantes y a sobar la sobremesa bajo el magnolio. 

Las ratas dañinas no tienen patas sino piernas. A veces, hasta dan los buenos días.

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