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La casualidad del Cojoncio

En "No habrá paz para los malvados" -peliculón de Urbizu- Santos Trinidad destruye pruebas de sus crímenes y, sin querer, evita un atentado. Casualidad. Santos era allí como la santísima trinidad del poli bueno, malo y azaroso. Había apiolado a tres en un puticlub. Como personaje cinematográfico es la mejor representación del héroe villano. Guapo pero greñudo; sin afeitar; delgado pero de indumentaria descuidada. Sin embargo, termina uno amando el desaliño de Santos: su melena rizada y grasienta, sus asesinatos de la madama, el narco y el proxeneta.

Hay algo heroico en ese perdedor trasteado y nos decantamos por venerar la estética del fracaso, esa lírica decadente que se pelea con la vulgaridad del éxito.

En "No habrá paz" los buenos no se fían de los malos y los malos jamás han confiado en los buenos. Se crea un juego de desconfianzas en el que lo perverso se relativiza y lo célico genera una cierta antipatía. Por fin, todo se mezcla en un sentimiento muy humano. Quién no ha sentido en un entierro pena por el muerto y alegría por no ser él.

Santos dispara con la misma facilidad con que Sánchez cambia de opinión, Casado se enfunda un traje de Vox o Torra traiciona la confidencialidad. Tras la propuesta de 21 puntos que le entregó el President como regalo envenenado, Sánchez debió actuar como Santos, estrecharle la mano y disparar su sarcasmo: "Gracias Quim, en Moncloa andamos faltos de papel higiénico". Y es que hay documentos que convierten en gozoso el prosaico ejercicio de limpiarse el culo, incluso en héroes a quienes lo hacen. Con ese gesto tal vez Pedro no hubiera mantenido el gobierno, pero sí su dignidad. Ustedes deciden. Sánchez optó por fiarse de la discreción del cotorra Torra y acaso le cueste las elecciones.

A diferencia de Sánchez, Santos Trinidad es coherente con su perversión. El caminar de Santos tiene una meta. Es un actor del mal ceñido, sin titubeos, al guion, alguien que logra satisfacer el bien general por pura casualidad, aunque solo busque su exclusivo interés.

Sánchez, en cambio, reencarna el buenismo zapaterista deambulando por el atajo que conduce a la insignificancia. En él no hay casualidad porque la casualidad es la coincidencia feliz o trágica que nos ubica en la alegría o en la pesadumbre. El Match Point de Woody Allen. Un ejemplo. A Cojoncio Conejo Corredor la casualidad lo aherrojó con la marca de la coña perenne. Porque a Cojoncio Conejo Corredor nadie le preguntó cómo quería llamarse. Lo decidieron sus padres como casi todas las cosas que deciden los progenitores, buscando los mejor para los hijos pero tropezando en el error de confundirlos con ellos mismos, con sus deseos.

El padre de Cojoncio, muy de derechas, quiso hacer honor a los caídos, Cayos en romano. Y de Cayo Cojoncio. Así que Cojoncio Conejo Corredor soportó toda su vida las chanzas de sus compis de clase: "Oye Cojoncio ¿lo del conejo corredor es porque el conejo corre mucho o por lo otro?" En lo de Cojoncio hubo casualidad, pero una casualidad involuntaria y bienintencionada, una casualidad inocente aunque no inocua. Pero a veces los padres, intentando homenajear su propia ideología, cargan a sus hijos con un sambenito crónico intencionadamente.

Doña Rosa Conde, por ejemplo, ministra portavoz de un gobierno de Felipe González que tuvo la funesta idea de ponerle a su hijo Fidel Vladimiro. Fidel por el comandante cubano y Vladimiro por Lenin. Imagínense. "Fidel Vladimiro, deja de jugar con la pelota por casa, coño". O ya mayor, de copas con sus compis y en trance de ligoteo: "Me llamo Sonia, y tú ¿Cómo te llamas tú?" Y el chaval que duda pero responde: Fidel Vladimiro. Y claro, novia a la fuga.

Luego hay casualidades puras y neutras. Por ejemplo. Las figuritas de animales que entrega el Diario. Ya saben. Animales en peligro de extinción. Esa fenomenal campaña de concienciación animalista que ha situado en la cabecera de la portada -y de modo absolutamente inocente- a Agustín Fernández, viejo roquero político junto al oso panda pese a que Tino, que yo sepa, no tiene en su dieta el bambú como nutriente; o a María Rey al lado del orangután, que ya me dirán ustedes que carallo tiene que ver María Rey, que ostenta el mérito de ser la única mujer que lidera un partido en el Concello, con un orangután; incluso a García Alén, presidente del Teucro y chaval estupendo compartiendo espacio con el zorro volador. Al lado de Pablo Iglesias posó el chimpancé y les juro que esto no tiene nada que ver con que a mí Pablo no me resulte especialmente simpático (tampoco especialmente antipático).

Otras veces hay casualidades hechas a la fuerza. Las coincidencias partidarias, por ejemplo, que demuestran que militar en una misma organización no garantiza el sentimiento común, la ideología compartida o la unidad de acción. Susana y Pedro, Margallo y Soraya, Llamazares y Alberto Garzón, Rajoy y Aznar; o el mejor ejemplo, Villares y Bruzos, que se cruzan -si bien que sin nombrarse- reproches mutuos. Y no hay manera de que se arreglen. Villares dice que todo correcto, que el proceso electoral informatizado fue impecablemente transparente y Bruzo que a lo peor hubo cazo y mano negra y que tiene que haber una auditoría que cuente y recuente los votos (Ayer se constituyeron los oficiales y los críticos fueron de picnic).

Mi opinión es que más que una simple auditoría lo que tiene que haber en las Mareas es una auditoría freudiana, sicoanalítica. El regurgite de agravios en un diván. Un profundo examen sicológico de los grupos políticamente enfrentados que determine hasta qué punto es necesario que compartan tálamo. Donar o no donar parte de lo recibido como cargo público a la organización o a asociaciones altruistas; sugerir la dimisión a quien una noche de copas le dice a la bofia usted no sabe con quién está hablando -y que la receptora del mensaje no se dé por enterada- son diferencias que justificarían un divorcio fundamentado en una más que evidente incompatibilidad de caracteres.

Confieso que puestos a decidirme por uno de los cónyuges "divorciables" me quedo con Villares. Admiro en él la renuncia al status quo, esa dimisión de la estabilidad que otorga el puesto funcionarial prestigioso. Jamás dejaría mi trabajo por la política. Exige eso una inmersión ideológica profunda para la que carezco de vocación en lo absoluto. Y claro, siempre se admira aquello de lo que se carece.

A Villares, a Bruzos y a los suyos respectivos los unió un idealismo admirable pero coyuntural, un sueño reñido con la durísima realidad política del día a día.

La arrogancia frente a los agentes del orden se puede disimular por más que no engañe a nadie; lo que no se puede enmascarar es la continuidad en el chollo parlamentario -pastuqui" gansa, o sea-, cuando se ha patinado gravemente.

El parlamento no es la tasca en la que compartimos cantos de taberna con la peña. Así que o se divorcian Villares, Bruzos y sus seguidores o los proponemos para el premio Príncipe de Asturias. El de la Concordia, por supuesto.

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