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La esmorga

EN El extraño viaje, de Fernán Gomez, echaban dos cadáveres al vino nuevo y el ácido los devoraba. En la plaza del pueblo se lo bebían mientras comentaban lo rico que estaba. A veces pienso que desde el albariñismo, que es como el Ibex 35 del mundo del vino, se le hurta sitio al Folla Redonda, tinto país o Barrantes -como prefieran-, que se bebió aquí siempre. El albariñismo se comporta a veces como esos magnolios cuya copa enorme impide que crezca nada a sus pies. Nunca nuestro vino país fue un mal vino, pero lo convirtieron en un pariente pobre al que había que ignorar en la dictadura del retrogusto, esa del pedante gustativo que bebe un tinto foráneo tras menear la copa y dice "tiene buen paladar en boca", que a ver dónde carallo va a tener el paladar, más que en la boca. Ustedes han visto al entendido: "y aromas de café", y entonces reviento y -dispensen- me cago en el retrogusto. De nuestro cojonudo vino tinto me habló mi padre, a quien se le agrandaban los ojos contándolo. Cómo disfrutaba con el relato. Sitúense. Entre la ONCE y Estrigueiras, a cien metros de la Xunta, cuartel entonces. Allí flotaba, y todavía permanece varado, el barco de Paco Leis, mascarón mágico, casa prodigiosa en un tiempo de grises donde los realquilados eran todos hijos postizos de aquella mater amatisima que regentaba la pensión, la Señora Urtaza. La niebla tenue de finales de los cincuenta la coloreaban, con su juventud, Álvarez, Cándido, hijos de un dios menor, santiños extrañados de sus madres que encontraban en la patrona el cariño imprescindible del que la vida, tan cabrona, les había privado. Aquel noviembre amaneció frío y neblinoso. A duras penas se veía el barco desde General Rubín. Cándido se levantó de una noche en vela, maldita rinitis invernal que impedía soñar. "¿Cómo estás, filliño?" y Cándido "ahí andamos, patrona". Y venga a sonarse. Y al tajo. La siesta no pudo ser. Lo impidió el resfriado, coronel arbitrario y ordenancista. Pues a grandes males, grandes remedios. Al Bar Manolo. Al Bar Manolo con su máquina granate de cortar fiambre y su merendero en la trastienda, en el inicio del camino a Estrigueiras. De la pensión al Bar, apenas diez metros. Cuarenta en bastos. Y entonces llega Evaristo, que abre su corazón y hecho lenguas que larga "imos probar o viño novo a miña casa", ocho de la tarde de un noviembre oscuro y húmedo. Joder. Como añoro esa Pontevedra de parra y piedra, fértil frente al dique urbano, aquella Pontevedra insomne, modestamente rebelde frente a la humillante noche franquista. "Pois imos". Y allá se van, solos o en compañía de otros Paco, Cándido, Álvarez, quizás Carbia, carretera de San Blas arriba, cien metros apenas del cuartel, tocando la escuela de Márquez y el Bar Lalín, el bar de los padres del querubín rubio Jorge Quintá Pájaro. Todos camino de aquella isla autárquica y abundosa de Evaristo, de aquella casa de sillares espartanos pero rica en todo en una época apretada. Y entonces el barril que se queja agónico mientras mana la linfa y le acercan las tazas al trago inicial. Instante decisivo. Enjuagan el paladar como con Oraldine y miran como el vino deja en la taza un rosario de manchas rezadas. Evaristo comenta "que bo está carallo". "Isto necesita meterlle algo ¡Pepita, corta ahí un pouco xamón!". Y venga jamón y vino con el pan de José, el panadero de Salvador Moreno. Y luego a rajar. La Moureira, lo bien que folla la Mimitos, lo dura que fue la vida en el Hospicio, la bondad de la señora Urtaza; Lojendio, embajador en Cuba que quiere mandar al carallo a Fidel. Y de madrugada más vino y el ay Pepiño adiós y el si vas a San Benitiño. No vomitaban ni se meaban en las esquinas, como ahora. Solo bebían y cantaban. A coro, armoniosamente desafinados, acuchillando a conciencia una melodía que les arañaba el corazón mientras se juraban amistad eterna, repetir el año que viene aunque supiesen que en el recuerdo solo permanece lo que no vuelve. Pero dan las seis y hay que irse. Cándido, en la pensión, se asea y desayuna, insomne. La patrona le pregunta por el resfriado y aquella vara de nariz prominente y buen corazón que era Cándido repara en que no moquea ni le molesta la rinitis, mágicamente volatilizada como en un ensalmo. Después de aquella esmorga prodigiosa mi padre mantuvo siempre la preeminencia do viño do país, do noso tinto sobre todos los caldos del mundo. Lo suscribo. Un personaje de Baroja loaba las propiedades somníferas del vino. Luego de aquella noche Cándido, mi padre, le añadió otra. La de mejor analgésico.

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