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Un pelotón de empresarios

Pablo Iglesias. EFE
Pablo Iglesias. EFE

ESPAÑA tiembla porque se oye el rumor que precede al cataclismo, la revuelta social posible. El cien por cien de deuda sobre el PIB y el inasumible cincuenta y cuatro por cien de gasto público; Irlanda, por ejemplo, el veinticuatro.

Pero no hay problema. Porque Iglesias tiene un ‘escudo social’. El escudo social de Iglesias es sólido: Una arepa. Una única y escuálida arepa. Eso sí, a repartir entre todos. Iglesias semeja un orfebre de la oratoria, pero si rascas un poco no encuentras más que un bisutero de la demagogia. Entiendo que Nadia lo mire a ratos como una mamá paciente y a veces como la preceptora irritada.

Iglesias sabe tanto de economía como yo de física cuántica. La economía la pondría yo en manos de Froiz o del difunto de Jove. Porque al dinero y a la empresa, que no son parvos, las recetas económicas podemitas le producen el mismo efecto que al endemoniado el crucifijo. Terminaré la columna con Iglesias. Pero ahora toca Anguita.

España entierra muy bien. Murió Anguita y todos los obituarios concluyen que era un político honesto y coherente. Discrepo. Porque lo que nadie cuenta es que Anguita hizo pinza con Aznar para tangar a Felipe. Y que fue Aznar –según la izquierda– quien nos metió en la guerra de Irak. En ella, por un misil, falleció el hijo de Anguita, que era corresponsal. Anguita dijo entonces, como el Heston arrodillado del Planeta de los Simios, que maldecía todas las guerras y a los canallas que las hacen. Luego no cogió el teléfono a Aznar, que quería darle el pésame. Sobrecogedora parábola.

Yo también maldigo todas las guerras. Incluso antes de que Anguita hiciese cuadrilla con Aznar, Ansón y Pedro J. Ramírez porque le molestaba la oceánica figura de Felipe. Está bien enterrar con decoro a Anguita, pero conviene no enterrar la verdad con él. La coherencia del califa Anguita, un Hombre llamado Izquierda, fue aliarse con la derecha de Aznar para derribar la socialdemocracia felipista. Yo era joven, pero ya leía muchos periódicos.

Volvamos al hoy. Hay una escena en Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman, que me vuelve loco. Navidades y cena familiar. Manjares y alcohol. Tras el ágape, un sesentón cachondo dice a cuatro o cinco niños que van a contemplar los fuegos de San no sé qué, Que le acompañen.

Guía a los pequeños ataviado con camisón de dormir y en su mano una palmatoria en la que arden cinco pábilos. Los niños miran atentos y el hombre precalienta subiendo y bajando unos escalones; posa la palmatoria en un peldaño, se sitúa en el siguiente superior y, tras subirse el camisón por encima de las corvas se tira un pedo que apaga una de las velas; los chiquillos, enloquecidos, aplauden y ríen; seguidamente repite la operación y un segundo pedo extingue la llama de otra vela; descojone general; por fin, muy serio y concentrado, el artillero apunta a las tres velas restantes y se descerraja un tercer pedo que las apaga de un plumazo. Los chavales, tirados por el suelo.

Oí, desde que empezó la pandemia, a cuatro millones seiscientos veinticinco mil cuatrocientos treintaitrés científicos decir novecientas mil seiscientas veintitrés cosas diferentes sobre el virus y la forma de actuar ante él. En tele, radio y prensa. Todos muy eruditos.

Siento un profundo respeto por la ciencia y por la investigación, pero aprecio más al ratón de laboratorio que pasa el tiempo abrazado a la probeta y repudia la notoriedad de los medios que al que va a bailar la danza de los siete velos a la Sexta Noche; me quedo con el que busca desentrañar el enigma científico y hallar el descubrimiento útil. En suma: Denme al científico que abandona el hogar conyugal para irse con el tubo de ensayo como pareja y no al investigador amante de los focos.

Ramón y Cajal. Cuando llegó a su casa el cartero con la concesión del premio Nobel, colocó sus anteojos, leyó la misiva y comentó con fastidio a su mujer Silveria la contrariedad que suponía ir a Suecia y perder el tiempo en el viaje y la estancia mientras sus microscopios permanecían ociosos. Lo contó Silveria y lo incluyó en su biografía Santiago Loren.

Qué hubiera dicho Cajal de la última ocurrencia de Illa y Simón sobre la mascarilla: En franca recesión el coronavirus, testimonial ya en muchas zonas se impone ahora como preceptiva su utilización cuando, en pleno pico pandémico, era facultativo su uso ¿Entienden algo? Yo no. Y no sé por qué, pero creo que Cajal tampoco entendería un carajo.

Esperamos la verdad científica, pero una, no cincuenta y una. El dictamen tiene que ser unánime en su emisión para poder serlo en su aceptación y seguimiento; establecer criterios serios, objetivos y fiables que la ciudadanía pueda cumplimentar. Lo que no puede el dictamen científico es asemejarse al pedo que intenta apagar la vela.

Consuela, sin embargo, que en otros países no estén mejor que aquí. Miren a la presidenta del Congreso yanqui, Nancy Pelosi (o Barbie Peluda), poniendo a parir a Trump y diciendo que no experimente con el remedio del coronavirus porque Donald es población de riesgo, obeso mórbido.

A ver, doña Nancy. No veo a Trump obeso mórbido; lo veo, sí, con la corbata tapándole el rabo, que no es poco porque a eso hay que añadir el color de su tez, similar al de una zanahoria del Ejido; pero querida amiga ¿Se ha visto usted? Lleva usted la cara tan inflada que se diría que en vez de botox le han aplicado todo el aire comprimido que cupiese en las ruedas de un tráiler de manzanas leridanas en ruta transpirenaica. La paja en el ojo ajeno, Doña Peluda…

Sánchez anda ahora en el sumidero de la negociación, en la cloaca del ‘do ut des’, en el tira y afloja del cambio de cromos. Soy crítico con él porque es inevitable cotejarlo con sus predecesores. Y Sánchez mengua en el recuerdo magnífico de Felipe. Sucede algo parecido a cuando comparamos al hombre del XIX, de saber enciclopédico, con el del XXI, muy hábil con el ratón del ordenata…

Soy mayor y a lo mejor es por eso que cuando veo a Sánchez y los suyos tengo la impresión de que nos dirige un gobierno Jardilín, un niño rodeado de otros niños. Aznar dice un irresponsable. Nada de eso. Un niño. Un infante de pantalón corto que tomó España por un juguete que comparte, caprichoso y solo a ratos, con sus amiguitos Adrianita, Pablito y Yolandita. Se enfadan y se reconcilian. Y a veces su mamá, que se llama Nadia, les reprende y les dice que como sigan montándola les va a sonar los mocos de un bofetón.

Resulta inocultable. España tiene un problema económico muy serio. Tan serio que se volverá drama de aquí a unos meses. Y frente a él no vale la arepa de Iglesias, Garzón y Díaz. Ese ‘escudo social’ que consiste en repartir equitativamente la miseria.

El otro día murió Manuel Jove. Desde un origen profundamente humilde creo empresas y miles de puestos de trabajo. Las esquelas de los diarios podrían empapelar Versalles.

Entre el escudo social del subsidio y la creación de puestos de trabajo consustancial al emprendimiento no hay dilema. Por eso corrijo a Spengler. A España la salvará, como siempre, un pelotón de empresarios. Que repartirán empleo, no arepas. ¡Come back, Felipe!

Un pelotón de empresarios
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