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Puchi y los cerdos sordos

El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont. HAYOUNG JEON (EFE)
El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont. HAYOUNG JEON (EFE)

PREOCUPADOS como andábamos con el hecho diferencial catalán e irrumpen los extremeños con el suyo. El hecho diferencial extremeño se fabricó de olvidos y relegamientos, posposiciones y promesas incumplidas. Y es que políticos progres y conservadores, cuando toca mentir, lo hacen con el desparpajo del adolescente pillado con el canario en la mano, fragancia in fraganti del adorador de Onan: esto no es lo que parece, papi. Sí lo es, hijo, que te has corrido encima de la alfombra.

Mientras que el independentismo catalán, gestual e insolidario tilda al Estado de ladrón y pide más con la jeta granítica del supremacista indisimulado, el autonomismo extremeño crece lento y con la boina entre las manos. Lo que usted mande, señor Estado, que aquí estamos para currar. Y hace una genuflexión y a lo más que llega es a tildar de inútiles a los de RENFE, sin que se esfuerce ella por desmentir a los Emilianos.

Los Emilianos son los Pajes de la Autonomía que le birlaron una presidencia a aquel tranvía llamado Monago, al que sedujo una conejita. Monago viajaba a Canarias con zanahorias y en una de éstas los sociatas aprovecharon para robarle la cartera al bombero Monago -Monago no fue monaguillo antes que presi, sino bombero-. A lo mejor Monago no iba con zanahorias a las Afortunadas, sino a sofocar con su manguerilla el fuego ardiente de la conejita.

Decía que el hecho diferencial extremeño es una carrilana a veces y a veces un corte de luz, faltas de suministro como los de la Fernández Ladreda sesentera, tan frecuentes. Siempre agradecí aquellas interrupciones eléctricas porque mi padre encendía una vela y, como en la fantasmagoría de un velorio, nos leía a Curros Enríquez, A Virxe do Cristal y tal. El otro día a los usuarios del tren extremeño los estabularon en la paramera fríos, polifágicos y en tinieblas. Extremadura, su tren chuchú y su injusticia nos recordaron la miseria clasista con la que plutócratas y oligarcas humillaban a Paco el Bajo y a Régula, su esposa; a Quirce, el hijo y a Azarías, que se meaba los sabañones para que cicatrizasen; la niña chica, parálisis cerebral, gritaba como una bestia y los mayores cogían en brazos sus quilos muertos y adolescentes.

Eran Los Santos Inocentes de Delibes cabalgando su desgracia, sobrellevando el yugo nacionalcatólico y diciendo que con los señoritos ver, oír y callar. Y obedecer, off course.

Mientras, Mari Carrillo, la mejor marquesa facha que ha visto el cine, repartía limosna entre los sirvientes del cortijo y su coto, que besaban su mano con rencor agradecido y esperaban turno en aquella fila de desheredados andrajosos. Al final, algo hacía bien el Azarías, un subnormal manso y de buen corazón, ecologista y justo que terminaba ahorcando al señorito Iván, asesino de su Milana por causa de una mañana de caza desafortunada. Un hijo de puta, el señorito Iván, que no dudaba en romperle por segunda vez el tobillo a Paco el Bajo, el mejor olfateador de volátiles de la región, sólo para ganar al ministro en piezas cobradas. Landa, sabueso a cuatro patas, es la mejor representación de una Extremadura obligada a oler los pises de las Autonomías ricas.

Lo que extraña es que los extremeños todavía no hayan prendido fuego a España y pasado a cuchillo a sus dirigentes. Si hasta va a ser que el único que hizo algo por Extremadura fue Alfonso XIII, que se enlomó en unas mulas para meter su dedo en el ojo a la miseria de las Urdes. Y comprobarla. Alfonso el verificador ordenó a sus Romanones y Mauras ayudas para aquellas gentes paupérrimas. Por eso cada rebuzno de Torra es un lapo en la cara de Extremadura, que se lo limpia, no más, pero que a lo mejor un día se harta.

Esta verdad, el descarne oprobioso de la España insolidaria no tiene huevos de revelarla Emiliano García Page, que se anda por las ramas del lenguaje políticamente correcto. Lo digo yo que no tengo que recibir a Queroseno Sánchez en consejo de ministros.

Extremadura es la mejor foto de una España territorialmente desequilibrada y económicamente injusta, que necesita una ITV de equidad con la urgencia del politraumatizado. Como las parroquias de esos municipios grandes, tres o cuatro legislaturas de no invertir nada en sus centros urbanos para que el contribuyente de la periferia sienta, en sus tributos, un retorno idéntico al del urbanita señoritingo. Pobre Extremadura.

Empezó Yagüe fusilando a mil tíos en la Plaza de Toros de Badajoz, en la guerra incivil, y termina el 2018 con un tren que es como una pintura tenebrista y a veces ardiente. A Yagüe le preguntó Mario Neves, el Ferreras portugués del 36 por el rumor de sus fusilamientos y Yagüe, africanista sin prejuicios contestó con un breviario honestísimo de desprecio a la vida: no pensaría usted, Neves, que iba a dejar mil comunistas a mis espaldas mientras avanzaba hacia Toledo ¿verdad?.

En fin. Que Extremadura justificaba la columna entera pero entonces apareció Otegui haciéndose un Master Chef con Idoia Mendía, la jefa sociata de Euskadi. Marmitako de indignidad de primero y cocochas de amnesia de segundo. Idoia se desmemorió de los asesinatos de Lluch, Isaías Carrasco y Múgica y su hijo José María cogió el carnet del PSOE y lo trizó. Iba por la acera de enfrente cuando le volaron los sesos a su padre. Idoia está más en lo bonito y happy de Queroseno Sánchez que en la coherencia honrosa del recuerdo a los caídos, que no lo fueron por Dios y por España sino por la democracia.

Otegui con delantal en pleno proceso de blanqueamiento de imagen. Se quitó el hábito religioso de Sor Arnalda (en la entrevista con Évole iba de buenorro) y se enfundó el de Chicote mediático de Santurce, perito en abrir latas de conservas y darle pasto al microondas. A Otegui le va a pasar lo que a la “vaca” de Cabárceno. Recién creado el parque por Ormaechea, a un ganadero de la zona se le apareció, mezclada con el resto del ganado, una vaca muy peculiar, que confraternizaba con las otras reses como conocidas de toda la vida. Era un hipopótamo. A Ormaechea se le había quedado corta la cerca presupuestaria y el hipo se fue de baranda, que hubo quien dijo haberlo visto de copas con Quique Setién.

Otegui va a aparecer un día con el terno colorista de Chicote pidiéndole al maestro que le deje hacer filloas de sangre, plato estrella de la sociedad gastronómica ETA. A lo mejor esa obra de Lúculo se la ameniza Puigdemont, que le tocó el piano -aparte de los huevos- a Orinol Junqueras y al resto de reclusos indepes. Puigdemont acariciando el piano es como Godzilla con Parkinson dando puñadas al clavicordio. Orinol y Puchi no se tragan pero les interesa darle a TV3, para que se la defeque a los televidentes secesionistas, la imagen idílica de un do-re-mi diarreico. Puchi y su piano. Capaz de escorrentar, imitando a Mozart, a un piara de cerdos sordos. Le sugeriré unas clases con Ángeles Volta, la profe de piano de mi hija. Seguro que mejora.

Puchi y los cerdos sordos
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