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Lo que el viento nos dejó

"Lactantes de ciencias de la información: recortad la entrevista de Estévez a Paco Vedra y estudiadla"
Un momento de la entrega del premio de periodismo José Luis Alvite a Javier Sánchez de Dios. DAVID FREIRE
Un momento de la entrega del premio de periodismo José Luis Alvite a Javier Sánchez de Dios. DAVID FREIRE

Cholo enterrado en Pasarón es como encarnar en tu corazón las cenizas de tu viejo, indistinguible su gris inerte y el latido rojo-sangre de la vida. Amén.

Mientras enterramos a los nuestros y vivificamos el amor que les debemos en Madrid espían, o sea, hurgan en la cloaca como el niño que introduce su índice en el culo y se lo huele luego. Quién no espía. El ginecólogo los bajos y el urólogo la próstata; el internista nuestros divertículos, como Tip y Coll en show intestinal y hasta espían nuestro buche, gastroscopia de apellido. Incluso el odontólogo olfatea las goteras de nuestras caries…

Quitamos un billete de AVE y espían nuestro DNI pidiéndonoslo; contamos todo en un blog o en el periódico y en el móvil pinchamos nuestra vida en fotos, del madrugón a la resaca, del cocido al concierto.

Espiamos y somos espiados porque cualquier vida pertenece hoy a todo el mundo, pero nuestra elite, pobriña, encorajinada y medicada de aspavientos protesta por escuchas y pinchazos, se conoce que no hay problemas y entonces el entretenimiento, esa la isla de sus tentaciones que es como una nada de solaz ocupacional con la que justificar su soldada, porca miseria…

Pues miren, un huevo me importa si espían o dejan de espiar, porque toda esta bola de mierda no es más que un modo de llenar el contenedor periodístico, el compostero político y atender así, tenderete mal montado, a lo irrelevante.

¿Quieren arreglar lo del CNI? Nombren a Jácome director, que ya es hora de darle responsabilidades. Jácome se puso de largo y empujó al sindicalismo burócrata y subvencionado. A Rueda no le gustó el empujoncillo, a mí me encanta Jácome porque no tiene argumentario, ni asesores, ni militancia ni partido. Puede que esté como una puta cabra, vale, pero es diferente en un mundo de políticos clonados y anodinos.

¿Espionaje? Déjenme a solas con el dolor del último recibo de la luz, tan insoportable como los anteriores mientras Ribera, titular de la vicepresidencia de la discapacidad gestora y agenda no me entero, viaja y ríe, ríe y viaja. Lo reconozco: soy uno de los tontos de Sánchez Galán, y tanto dolor se agrupa en mi recibo que por doler me duele hasta el kilovatio…

Del mal el menos. El periodismo aún alumbra dinosaurios heroicos que entretienen nuestro hastío, representantes dignos de una Atapuerca de rotativas que es como la sima de los huesos de Balbino de las Fuentes Mora. En lo nuevo palpo insulsez y bobería, panfletos seudoprogres acariñados con el amor por lo fácil. Mejor un tuit que Los Miserables y un meme que La importancia de llamarse Ernesto.

Por eso hay que enmarcar la página de Estévez y Paco Vedra, viejos lobos de rotativa enseñándose los dientes. Jose desde la modestia del bloc de anillas y el boli; Paco desde el vértigo del influencer periodístico.

Fueron, las Cuatro cosas de Paco Vedra, lo más seguido del periodismo gallego. Quizá aún. Javier Sánchez de Dios y sus análisis influían, determinaban, derrocaban, nombraban y jugaban con los políticos, incluso como el gato con el ratón. Histórica red de confidentes que anticipaba la desgracia política, el nombramiento futuro, el cese inapelablemente diagnosticado y el ascenso a la Consellería de palanganas.

¿A qué se refiere?, dijo a Sánchez de Dios Jose Estévez desde la inquisitoria-requisitoria de sus ojos anfibios, que así tira de la lengua el periodista top. A Javier le explotan las palabras y aclaró que el periodismo hoy no es notaría opinada sino trinchera ideológica ¿La objetividad? ¿El contraste? Institutos prescindibles…

Las nuevas generaciones creyendo que el periodismo es en galego y de izquierdas y los dinosaurios rumiando su conservadurismo un punto amargo, yo mismo. Claro que yo soy un outsider, no vivo del periodismo ni falta que le hace al periodismo y a mí. Por eso tuvo mérito lo de Jose. Mirar al maestro, retarlo y sonsacarle la acidez tripera de su verdad. Eso hizo Estévez.

Lo conocí cuando cada uno empezaba en lo suyo. Tenía que cubrir una noticia de un pleito que yo llevaba y fuimos en mi coche. Conversamos y congeniamos viéndonos poco.

Alguna vez comentamos aquel pleito de muertos sin enterrar porque no había espacio en el resío del cementerio. Hubo quien propuso enterrarlos de canto. Había que torcer el brazo a Patrimonio de la Xunta, Sicart, tal vez, que quería la estética continuada del verdello, de la piedra maquillada de tiempo y temporales. Gané aquello y en Muimenta querían erigirme una estatua ecuestre, yo sobre un burro…

Javier Sánchez de Dios dejó perlas inalcanzables hoy, la definición de diputado, por ejemplo, que debería incorporar la RAE sin no anduviera a lo que habitualmente anda la RAE, que es a las minchas: mediocre con buen sueldo. Eso es un padre de la patria para un periodista de raza, libre por maduro para hablarle al mundo sin pelos en la lengua. Lactantes de ciencias de la información: recortad la entrevista de Estévez a Paco Vedra y estudiadla.

Y es que a veces el corazón veteado de años, el corazón sufrido, el corazón que no llegó a malherido pero se sinceró y te dijo levanta el pie, neno, puede convertirse en tu mejor aliado profesional. Del sufrimiento al cielo, del dolor al arte y del confinamiento al reconocimiento tardío. Estévez es mi amigo y lo digo arriesgándome a que me desmienta porque, siempre contra corriente, entendería que la peña disimule amistades peligrosas. No tragar con la verdad oficial tiene sus costes, un peaje caro pero que pago gustosísimo.

Pontevedreses viejos, esa casta incómoda para la juventud huida, la juventud líquida a la que aterra el granito. Antonio Alejo's, por ejemplo, que se despidió desde su cervecería y subió al cielo a lomos de una birra de importación. Nadie debería escribir en un medio local sin saber qué representaron Alejo's y Antonio desde la calle San Sebastián, aquella Pontevedra de mediados de los setenta ¡Viva el vino!

Porque allí, en Alejo's, el terciopelo azul de los guardiamarinas era sensación medianera entre la envidia y la admiración. Aquel querer eliminar a los capullos, oficiales y caballeros restregándonos en nuestros hocicos prosaicos la perfección de su marcialidad, el dorado real y brilloso de sus botones, la idealidad posicional de su gorra de plato blanca. Demasiado bellos y demasiado embellecidos, joder…

Queríamos su desgracia, claro, y su sufrimiento, por supuesto. Porque ligaban más subidos al pedestal de su apariencia física, los muy mamones, que nosotros, bajos, pasotas y borrachines limpiándonos el culo con nuestras greñas, de largas que las llevábamos.

Así que deslumbrados por el azul marino hubo un momento que, entre tanta cerveza, solo veíamos aquellos guantes impolutos y níveos que eran como la insoportable levedad de su atildamiento impecable, aquellos guantes con que nos retaban restregándonoslos en nuestra jeta sucia de barriada, escupiéndonos su perfección en aquel quiero y no puedo de nuestra mugre, de nuestra insuficiencia y de nuestro resentimiento.

Éramos hijos de monaguillos, de ordenanzas y de oficinistas chusqueros, pobretones de mierda en un pueblo que aun olía a sulfídrico porque en Pontevedra, lo que el viento se llevó era lo que el viento nos dejaba, o sea aquel inolvidable tufo a huevo podrido. Polvos pica-pica no, con ácido sulfúrico hubiéramos rociado a los capullos de haberlo tenido a mano…

De Alejo´s salí después de ventilarme cinco Löwenbräu hacia el Pabellón de Deportes. Tocaba Mike Olfield y era el ochenta y el calor de junio. Iba marcha atrás porque la Löwembräu tenía ese efecto, ponerte los ojos en el cogote y hacerte la existencia diferente desde los pasos invertidos, vida de coro cobaya, aquel ensayo toxicómano que me robó muchos amigos, o sea que menos mal que mi jeringa era el alcohol…

El concierto entero me lo tiré bajo los bafles y no me hubiera importado continuar en aquella ebriedad contenida y razonable, mi verdadera vocación. Borracho siempre para despertarme ahora en el atronamiento grave del Tubular Bells, que como lo tocó el cabrón. Eso sí: ni una concesión a la galería. Joven pero ya un genio idolatrado, Mike punteó su guitarra, cogió la pasta y se piró. A lo mejor vuelve un día para ver el modelo urbano, incluso para rezar en Santa Clara…

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