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Tocando las bolas

No he conocido a ningún joven que con 20 años esté capacitado para decidir qué le gustaría hacer profesionalmente

Imagen de jugadores de petanca en un parque. DP
Imagen de jugadores de petanca en un parque. DP

UN VIERNES, hace años, cené en Casa Cándido. Mesa paredaña, unos guiris. Entró entonces el carro de los cochinillos y, tras él, el que debía ser hijo o nieto del legendario restaurador. Con un plato comenzó a trocear los lechones ante los turistas, que flipaban y aplaudían. Al retirarse, Cándido nos miró: – "¿Sois españoles?"; – "Sí". Entonces, con expresión que revelaba una enorme tristeza, además del hastío propio de quien ha repetido esa operación mil veces, Cándido nos dijo: "esto es lo que sé hacer y de lo que vivo". Lo que no dijo Cándido lo expresó su rictus: hasta los huevos de asar y partir cochinillos.

La pregunta es si se puede ser bueno, incluso muy bueno haciendo algo y odiarlo. La respuesta es sí. ¿Incluso profesionalmente y cobrando estupendamente? Por supuesto. Fernán Gómez y Andre Agassi fueron números uno en sus respectivas profesiones y no sentían cariño alguno por ellas. Fueron a esos trabajos inducidos, cuando no directamente forzados.

En el caso de Fernán Gómez, como el mismo confiesa en El tiempo amarillo, hijo de actores mamó la escena tanto como succionó el pezón de su madre. Luego influyó el hambre, pues en Botón de Ancla, que rodó aquí, descubrió que aunque mal pagada se podía vivir de la profesión de actor. A los pocos años estaba harto. Lo de Agassi fue diferente. Su padre, enamorado del tenis, lo entrena inhumanamente en este deporte contra su voluntad. A André le fue muy bien, pero el odio a la raqueta no lo disimula en su biografía.

Ni Agassi ni Fernán Gómez, pienso exactamente lo mismo que ellos. Incluso frente a la incredulidad desconcertada de algún interlocutor: Pero si a ti te encanta el derecho; entonces muerdo su yugular: el derecho es una pseudociencia, y se lo argumento: un arquitecto construye un edifico basándose en previos cálculos matemáticos y, salvo que lo construyese Jesús Gil, no se derrumba; un ingeniero un puente y lo mismo; en cambio, un abogado alega y prueba y depende de un tercero, y si la sentencia le es favorable, pueden revocársela en recurso. El derecho tiene un margen interpretativo excesivamente amplio. No se moleste nadie si digo que la profesión de letrado me parece de las más puñeteras que conozco. ¿Por qué fui a ella? Fácil. No he conocido a ningún joven que con veinte años esté capacitado para decidir que le gustaría hacer profesionalmente, todo lo más lo está para creer, simple espejismo, que aquello a lo que se va a dedicar le gustará. Luego viene el día a día, la sobredosis de realidad y acaso el hartazgo.

En mi caso, un consejo paterno formalmente bien argumentado y la estética de la abogacía me confundieron: las pelis, la toga; el discurso preciso y fluido que seduce o una ocasional sentencia favorable. El triunfo pasajero porque el camino del hombre conduce inexorablemente a la derrota definitiva. Ojo. Es posible ser un profesional excelente y no gustarte en absoluto lo que haces. Es más. Mi opinión es que se alcanza el nirvana profesional cuando el objeto del trabajo odiado es ejercido, en su práctica diaria, con la distancia y frialdad que pondría un verdugo en ejecutar al reo. Es ese el momento en te has convertido en un profesional cabal.

Aborrezco mi profesión, pero como Cándido, el de los cochinillos, es lo que sé hacer y de lo que como. Y que no falte porque cobro a fin de mes, lo que desgraciadamente no puede predicarse de todo el mundo. ¿Mi vocación? Lo de Camba. Escribir desde diferentes lugares del mundo. Lo que hoy constituye hobby era mi auténtica vocación, viajar y escribir. Pero he venido a descubrirlo ya maduro porque me equivocaron con mi juvenil, atolondrada e inestimable colaboración. Por eso admiro tanto a los de la petanca, auténticos vocacionales tocando las bolas.

Capaces de convertir la afición en profesión sin retribuir. Pero antes de ellos les contaré una cosa. Años atrás, por ciertas molestias lumbares visité a un traumatólogo. Intentó que, sentado con las piernas estiradas, doblase al máximo mi espalda. Incapaz, su diagnóstico fue demoledor: operarme. Me excusé cortés: Su señora tía, la de Cuenca. Que se opere ella. No permanecer sentado demasiado tiempo y unas pesas en mi despacho para cuando noto el ciático roer evitaron la intervención quirúrgica y me revelaron que, a veces, el mejor médico es uno. Tengo la suerte de que mi despacho da al Petanca Arena. Desde la ventana los veo en el parterre. Llevo años reflexionando sobre ellos.

Sobre su perseverancia. Su virtuosismo. Su valentía para echarle un pulso al tiempo. Envidio su ocio ocupado, son para mí una lección de vida y una universidad de futuro. La cátedra ocupacional en la que pienso desenvolver mi jubilación. Lo decía Andy Warhol (¿o eran Andy y Lucas?): Me interesa el futuro porque es el lugar donde voy a pasar el resto de mí día. Hay mayores admirables y luchadores y hay mayores llorones y tocacojones. Los de la petanca pertenecen al primer grupo. Ocupan su mañana en un ritual casi litúrgico: adecentar el estadio, rastrillar, fresar a veces y circundar y señalizar su teatro de operaciones. Después juegan. Hacen todo eso con el cariño que un vocacional pondría en el ejercicio de su profesión. Carlos, uno de sus líderes –no sé si el único de semejante organización criminal–, dice descojonarse con mis columnas: le aconsejo privarse de ellas porque producen prurito anal, como toda Pontevedra sabe.

Javi Navarro casi mata a Arango jugando al fútbol. Le metió el codo en las anginas y a Arango se le incrustó la lengua en el mediastino. Houbo de morrer. No consta en archivos policiales que los de la petanca se hayan escupido jugando, ni propinado un cabezazo. Tampoco que compren o vendan partidos. No se oyen chasquidos de tibias rotas por el adversario y jamás se dejan perder. Su ilusión es la siguiente partida, juégala otra vez, Miro. Miro, un chaval de noventa tacos que tiró el otro día y rompió las bolas –las suyas no, las de hierro de jugar–; mientras, María, otra pollita de solo noventa y cinco primaveras, espera la titularidad.

Admirables los de la petanca. Porque para ellos, como para Cassius Clay, cada día es un regalo del cielo. Benditos sean y a ver si forman gobierno, que se entienden mejor tocando las bolas que los políticos de Madrid.

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