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Todos éramos Al Chapone

De izquierda a derecha Tojal, Valdés y Navarro. Sentados Revenga y el cronista


ME APETECÍA hurgar la intrahistoria del Museo, desconocida más allá del paisaje descriptivo. Porque el Museo es su vida intramuros, el éter fantasmagórico de su Cuarto Milenio pétreo (sin Iker Jiménez). Las carreras ylas muecas espalderas de sus adolescentes, zangolotinos e hiperactivos, niños chapones y talludos convertidos en Alumnos Colaboradores. En Guías. Al Chapone llamaban a alguno. Por eso nos elegían. Por memoristas prodigiosos, archivos andantes capaces de guardar en el magín, diez, trece años de edad los cordobanes, el camarote de Méndez Núñez, la sala italiana y su mármol, las pinturas tenebristas. Y de explicar cada objeto. Aún hoy recito el Padre nuestro de sus recovecos, la niebla de sus pasillos. Hablar del Museo es hacerlo de sus capilares y de sus rincones orgánicos. Del "¡se cierra… ¿queda alguien dentro?!" que voceábamos en la ronda de reconocimiento para que ningún visitante tontolínse quedase a dormir echado el candado. Y qué trujimán era yo, coño. Cómo tintineaba la calderilla de mi faltriquera para que las visitas aflojasen la arandela, aquella propina que no gratificaba sapiencia sino retentiva. Un día un fulano, impresionado, me dijo "llegarás a Presidente del Gobierno, chaval", pero yo sabía que se refería a Rajoy, que era formalito. Porque el nieto de la señora Otilia, yo, solo ansió unos años después el inicio de la sesión X del Cine Malvar, donde Susana Estrada motorizaba un destape que en España hizo el cambio político. Porque no se engañen: no fueron Suárez y el Rey quienes hicieron la Transición, sino Nadiuska y África Prat. O sea que el Museo también somos los Gulías, Vilar (que me enseñó a pintar al óleo) Tojal, De la Vega, Valdés, Carrera, Navarro, Gutiérrez, Revenga (que con buena vista montó una óptica) Sotelo, Moldes e incluso el doctor Barragáns, el sanalotodo del Pontevedriña que ya se quería médico y estudiaba en sus ratos libres. El Doc se esculpía a sí mismo a golpe de codos. Todos Alumnos Colaboradores y Becarios. Por supuesto Valle, que ya apuntaba maneras sucesorias desde una erudición indiscutible -casi táctica- que adelantaba la ocupación futura del trono museístico. Valle era promesa, canterano y casi cuesta imaginarse el Museo sin él ahora. Había otros delfines sucesorios, sí, pero se quedaron con el molde porque Don José Fer -así llamábamos a Filgueira- valoraba igual la discreción que los conocimientos. O sea que hablemos del oro iluminado de A Golada, sí, pero sin olvidar que una vez un cachondo mental nos encerró a oscuras, con el tesoro, trancando su puerta de seguridad bancaria, y que en aquella cámara acorazada y como de Rififí aprendimos qué cosa era la claustrofobia mientras le gritábamos a la oscuridad nuestro pánico y nuestro descojone, porque la vida nos sonreía y no intuíamos que la responsabilidad mataría sutilmente nuestro futuro (la infancia, créanlo, no la asesina la mayor edad, sino la responsabilidad del adulto). Y sí, ave María Purísima, debo confesar, Padre, que una vez no deposité en el cepillo común una propina, que elevó la cuenta de resultados del Salón Recreativo Mimos, en Andrés Muruais. Allí ponía yo de muy mala hostia al jefe transgrediendo su ordenanza básica, que era no hacer el burro. Pero claro, difícil impedirme rebuznar cuando la vocación de pecador sin malicia pero esforzado desataba la risa a coces. Y entonces aquella moneda indebidamente apropiada iba a la ranura de la tragaperras y desnudaba al inversor ludópata y adolescente después rehabilitado. Un día, cuando Humet cantaba que una lucecita le iba diciendo que él no era él apareció José Luis Pécker, el Carlos Herrera de la radio entonces. Me tocó guiarlo. Satisfecho, estampó su autógrafo en un papeliño que doblé orgulloso y que el olvido voló como se avientan las cenizas cadavéricas. Recuperada del baúl sentimental, cincuenta años después, traigo a la contraportada la foto recordada o el recuerdo fotografiado. La contra -eso hemos ganado- únicamente incluía en los sesenta una señorita en bañador. Paquiño nos quería castos, casi célibes. Preferiblemente vírgenes. Luego, lo que es la vida encaprichada, me sentaron en la secretaría delegada del Museo, que era el hijo predilecto de la Diputación. Y el azar quiso que como Asesor Jurídico certificase su defunción como Patronato al imponerle la ley y convertirse en Organismo Autónomo. Así que una tarde tórrida se pensó que el Museo podría declinar pero ahí sigue, con el aliento de Ernesto Vázquez-Rey en el cogote, más fuerte que nunca. Homenajeo su intrahistoria, que mamamos los que la hicimos. Foto de 1.973 en su patio (Revenga dice que del 72) que reposaba el sueño cálido, oscuro y como de tumba de mi álbum. Con dos arcanos incluidos. Nadie sabe qué sujeta mi mano izquierda ni quién disparó la cámara. A ver si alguien nos lo aclara.

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