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Novelist psycho

ESCRIBIR UNA novela es casi siempre un acto hermoso que requiere un esfuerzo cuya recompensa se encuentra en su propia ejecución. Se trata de una batalla que el autor libra contra su propia estupidez, en la que la victoria moral está garantizada en cuanto uno pulsa por última vez la tecla de "punto", se recuesta en el respaldo de la silla, y exhala un prolongado suspiro que parece decir “y final”.

Esta lucha por mantener apartado del centro del cuadrilátero al siempre entusiasta púgil proveniente de nuestra esquina más obtusa se extiende más allá de la elaboración narrativa. También afecta a la otra parte del proceso creativo, más pasivo, aunque esencial: la convivencia con la historia, con lo que se quiere contar, el material que surge en todo autor de ficción y que debe ser verdadero origen de la obra cuando no responde a una remuneración económica previamente pactada.

Todo nace de un brote, normalmente precedido por una anomalía en lo cotidiano. Una escena poco habitual en un lugar frecuentemente transitado o una frase absurda que, por azar o por tener la televisión encendida, escapa de su contexto original para caer con gracia en el distraído oído. Suficiente para que germine un placentero delirio de escenas, personajes, imágenes, planteamientos narrativos y tramas.

Un pequeño mundo interior cobra vida y se desenvuelve dentro del autor, que día a día repasa sus apuntes cartográficos para dibujar un mapa cambiante

A partir de ahí comienza una relación interesante entre el escritor y su futura o hipotética obra. Un pequeño mundo interior cobra vida y se desenvuelve dentro del autor, que día a día repasa sus apuntes cartográficos para dibujar un mapa cambiante. Una investigación que transcurre fuera, en lo real, entre trayectos de tareas arbitrarias en las que se encuentran destellos de ese planeta enano que, aun sin ser, existe.

Haberse paseado mil veces por una misma habitación ficticia o revivir constantemente una escena imaginaria puede llevar a una ansiedad por acelerar el proceso. Entre colegas escritores, varias veces he escuchado alardear de los muchos miles de palabras que han escrito de su próxima novela en una tarde y hasta he percibido envidia de otros por la capacidad para ejecutar este tipo de actos frenéticos sobre el teclado que no pueden ser otra cosa que un error.

Aun así, reconozco que a mí también me gustaría escribir más rápido y que hay grandes libros que se han escrito en apenas un mes. Dostoievski lo hizo con El Jugador para pagar las deudas en el juego; y Bukowski repitió la hazaña con Cartero, después de que John Martin, de Black Sparrow, le impusiera un sueldo vitalicio de cien dólares a la semana para que pudiera dejar su miserable trabajo en el servicio postal y pudiese dedicarse de lleno a la literatura. Aunque no hay que olvidar que ambas obras tienen un carácter evidentemente autobiográfico, tabaco mascado que, prácticamente, solo tenían que escupir. También tienen en común que el tema principal sobre el que narran son las causas por las que ambos autores necesitaban una indispensable remuneración económica sin la cual nunca habrían sido escritas, o por lo menos no tan rápido.

No envidio para nada a los velocistas de la redacción a la hora de escribir una novela, ni a los que se encierran sin más luz que la de un flexo para acabar con su obra del tirón, como si más que de narrar una historia, se tratase de una tortura con la que sonsacar un testimonio. Pero la ansiedad por acabar crece a medida que el culmen se acerca. Las escenas con las que más se convive son con las últimas en escribirse y lo ya escrito pierde valor. La virginidad del terreno es despojada de su de capacidad dar placer al autor en cuanto se plasma con palabras. El texto pasa a ser el sendero que cualquiera puede recorrer en cuestión de líneas y lleva directo a ese lugar que antes estaba reservado para su imaginación. De este modo, las parcelas por explorar de ese pequeño mundo se consumen; y la escasez llama al deseo de terminar de una vez, para desprendese de él y pasar a otra cosa.

Uno comienza a temer que tal vez no vuelva a encontrar ningún rato muerto para acabar la dichosa novela y el agradable delirio se torna en una paranoia

Entonces uno comienza a temer que tal vez no vuelva a encontrar ningún rato muerto para acabar la dichosa novela y el agradable delirio se torna en una paranoia, desarrollando un tipo de manía persecutoria en la que insignificantes recados de la vida cotidiana y ajenos a ese microuniverso se magnifican hasta el punto de anteponer la conclusión de la obra a todo lo demás y uno se vuelve esquivo.

Me encuentro precisamente en ese punto. Solo quedan unos pocos capítulos para terminar de pavimentar mi pequeño planeta interior. Tras los avances del verano siento como si hubiese vuelto de vacaciones en una caja de zapatos de la que, aunque veo la luz de afuera por un par de agujeros que le han hecho para que no termine de morir asfixiado, no encuentro la manera de salir. Todo por unas treinta o cuarenta hojas que no he escrito.

Y no es que me tranquilice, pero al menos sé que no soy el único. El otro día Tallón tuvo una discusión en Twitter con un tipo que le plagió un artículo y, tras un intercambio de pareceres entre lo que es un plagio y un resumen de un texto, acabó despidiéndose de aquel presunto resumidor con un “no puedo charlar más, tengo que escribir una novela”. No lo conozco personalmente, pero en una entrevista con Jaureguizar confesó que American Pshyco, a pesar de ser una novela con "trabas", fue un libro que le marcó. Esto me dio para entretenerme un rato imaginándomelo a lo Patrick Bateman en una de esas reuniones entre amigos de las que a veces escribe, haciendo alguna escapada para ir al baño, no para meterse rayas, como haría Bateman, sino para dejarse acariciar por un moderno secador de manos, y abandonando repentinamente a sus estupefactos amigos, no bajo la excusa de tener que "devolver unos vídeos", sino bajo la de, precisamente, tener que "escribir una novela".

Puede que un día descubramos que esa novela nunca haya existido, tan solo unos cuantos garabatos siniestros y desesperados, calcados a conciencia en un cuaderno y un montón de páginas rellenadas con la misma palabra: "escribe, escribe, escribe...". Sea como sea, no puedo entretenerme más con esto. Tengo que terminar una novela. Disculpen.

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