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El escritor Rodrigo Cota acepta el reto de bajar 20 kilos en seis meses. Pese a contar con ayuda profesional, la batalla se presenta ardua

Qué será de mí

Rodrigo Cota haciendo ejercicio junto a su 'amigo' Antonio Ventín. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Rodrigo Cota haciendo ejercicio junto a su 'amigo' Antonio Ventín. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

SIEMPRE QUE alguien de este periódico me llama confío en que sea para nombrarme corresponsal en Tahití. No soy yo quien manda, afortunadamente, pero jamás entenderé cómo no tenemos un corresponsal en Tahití, cuando todos los pontevedreses están ávidos de noticias sobre la Polinesia. Pero claro, quién soy yo para saber lo que necesitan nuestros lectores. Al final siempre me llaman cuando necesitan a un mariachi, que por casualidades de la vida el mariachi siempre soy yo. Cuando me preguntaron si sabía de algún gordo sobrevalorado que supiera escribir, debieron haberme saltado todas las alarmas. Ingenuamente respondí que yo cumplía ambos requisitos. Pensé que finalmente me destinaban al Pacífico. No fue así, otra vez. Lo que me propuso David Acevedo, jefe de Deportes, fue seguir un régimen de adelgazamiento y escribirlo aquí cada semana. Se trataba de perder 20 kilos en seis meses. Dije que sí porque no sé decir que no salvo cuando alguien me ofrece una ensalada. Luego me quedé pensando que estas cosas a veces se olvidan y que en todo caso la idea estaba en fase embrionaria y que difícilmente pasaría todos los filtros.

Olvidé el asunto hasta que pasados unos meses, que esto se viene fraguando desde hace décadas, me llamó Miguel Ángel Rodríguez, director de este medio, y me dijo que estaba valorando muy positivamente la idea, que teníamos que quedar un día para darle unas vueltas y que solamente quería confirmar mi disponibilidad. Ese fue el gran momento que tuve para arreglar el asunto, pero otra vez me fallé a mí mismo. Hasta creo recordar que fingí entusiasmo.

A partir de ahí se fue formando una conspiración cósmica. El periódico me puso a una nutricionista, Lucía Vázquez, que además es mil veces campeona de España de esas ciclistas que van por el monte e, y un preparador físico, Antonio Ventín que es un personal trainer, que no sé lo que es eso. Igual son los que venden castañas, pero el tío tiene con un socio un gimnasio lleno de trofeos y camisetas de deportistas de élite. Ahí ya la cosa empezó a desbarrar de una manera preocupante.

A la conjura se unió con entusiasmo mi señora. Sospecho que últimamente le parezco un sapo enorme. Lo sospecho porque a menudo me mira fijamente con cara de asco durante mucho tiempo y luego dice muy despacio, en voz baja: "Pareces un sapo repugnante". En eso nuestra relación dio un vuelco significativo, porque antes de lo del sapo creía que yo era el extraterrestre de Roswell: "Tú eres el marciano ese de la autopsia".

Hasta me hicieron una camiseta. ¿Se lo puede usted creer? Pues fíjese en la foto. Necesitamos héroes, pone. Estoy de acuerdo en que necesitamos héroes, pero no comparto en absoluto la mala idea de que yo pueda ser el tipo de héroe que necesitamos. El único héroe que pesa más de 120 kilos es el muchacho de piedra de los 4 fantásticos. La idea, en eso estaremos todos y todas de acuerdo, es delirante y con todos los respetos le digo a quien discurrió ese lema que no está en sus cabales.

Bien, yo tengo mi propia estrategia, aunque barajé varias. Me decanté por dividir al equipo, que lleva ya varios días trabajando conmigo. Montaron un grupo de WhatsApp al que por supuesto exigió unirse mi señora y yo me dedico a indisponerlos a todos entre sí con ánimo de crear un ambiente hostil que desemboque en deserciones, enfados y un desánimo generalizado hasta que se arruine el asunto.

Ventín es un sádico que siempre promete agujetas y sufrimiento. Es el de las castañas. Me pone a caminar sobre una de esas cintas que no llegan a ninguna parte y me tiene ahí mientras lee en la pantalla mis pulsaciones para mandarme parar justo antes del infarto, que a partir de este lunes voy a ir siempre en ambulancia a su gimnasio. Le firmé un papel que dice que si me muero la culpa será mía. Eso le da licencia para matar. Yo siempre firmo lo que me ponen delante. Una vez me llevaron a Chicago a trabajar en un equipo de guionistas y les firmé un documento que decía que los derechos del guion pertenecían a la productora y eran válidos en "todos los planetas del Universo habitados por seres humanos". Menos mal que nunca se rodó aquello, que era demasiado inteligente para el público norteamericano de todos los planetas.

Lucía, la nutricionista, es más comprensiva. Creo que le doy pena. Espero convertirla en mi principal aliada. Me dice que mi porcentaje de grasa corporal es altísimo, mucho más de lo normal. Por fin algo bueno. Eso me motiva. Tiene una báscula inteligente que uno se pone encima y, además del peso, te dice todo lo que necesitas saber sobre ti. Y en esas estamos. ¿Cumpliré mi objetivo? No lo sé. Si adelgazo, ¿quién será el nuevo gordo sobrevalorado de este periódico? De momento estoy tanteando el terreno, respetando casi del todo la dieta y haciendo los ejercicios que me encarga el castañero.

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