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Abanico de sandeces

EN RELACIÓN a septiembre está todo escrito, pero es como si no lo hubiese escrito nadie. Hace una semana, por ejemplo, me ocurrió algo inaudito, que le pasa a mucha gente. Estaba yo matando mosquitos cuando recibí una llamada de una amiga, que me alertaba de que en Honduras había un tal Cristian Fernández, que se dedicaba exclusivamente a plagiar mis artículos para El Progreso de arriba abajo, y aún alguna columna más que publicaba en otros medios. Su blog se llamaba ‘Abanico de sandeces’, lo que no me pareció mal en absoluto, si es que iba con segundas. La constatación del plagio fue brutal. Ahí estaban mis textos. A menudo enteros. Solo se permitía cambiar de vez en cuando algún nombre propio, para que donde había amigos míos, apareciesen amigos suyos, supongo. Me llamó la atención una columna en la que yo me refería a Manuel de Lorenzo como un buen hijo de puta. Cristian, tal vez para no herir la sensibilidad mi amigo, prefirió poner el nombre de Fabricio. Es solo un ejemplo. Hace un par de meses escribí una columna sobre la importancia de poner comas, aunque fuese mal, que Cristian Fernández plagió entero, salvo la última frase. Donde mi artículo decía "Yo me, hice, escritor porque, me, gustaba poner comas", él introdujo una variante genial, consistente en escribir "Yo me, hice, bloguero porque, me, gustaba poner comas".

No perdí ni un minuto y me apresuré a dejar un comentario en su página web, que en alguna medida era la mía. "Hola Cristian. Acabo de descubrir tu blog. Realmente es maravilloso. Me siento identificado con todo lo que escribes. En cierto sentido, es como si yo ya lo hubiese escrito antes que tú. Te felicito". Pasaron varias horas antes de que Cristian borrase mi comentario. Entretanto, me deleitaba -soy más hijo de puta que Manuel de Lorenzo- imaginando la cara que iba a poner el señor cuando descubriese que la persona a la que plagiaba sin descanso, ni disimulo, lo había sorprendido robando a espuertas. Solo por eso, me decía, ya merecía la pena ser un pobre escritorzuelo, flojucho, a un millonario empresario o algo más fascinante todavía.

Me dejé llevar, y como ‘Abanico de sandeces’ también tenía página en Facebook, dediqué la mañana a escribir mensajes en su muro. Esta vez evité las sutilezas, y le llamé sinvergüenza. "Seguramente eres un escritor malísimo -añadí, para rematarlo-, pero no lo sabes porque nunca has escrito nada". Unos minutos después, Cristian borró todos sus contenidos en Facebook, y además suprimió su blog. En el fondo, me dio mucha pena, pues era una prueba de lo que estoy contando ahora.

Este episodio tristísimo sobre un pobre idiota que no sabía escribir por sí mismo, me llegó un mes y medio después de que el diario Auto Bild escribiese en Twitter: "¿Sabías que Cortázar estuvo a punto de matarse en una Vespa? Te contamos la historia". Si pulsabas sobre el enlace, te llevan a una página del diario en el que, en realidad, la historia la contaba yo en un artículo publicado en Jot Down. Los felicité. Pero supongo que di con uno de esos tipos a los que no le gustan los elogios, y me respondió que ellos se habían "hecho eco de una historia que tampoco es vuestra, pero os citamos por haberla resumido muy bien". Los felicité por segunda vez, en esta ocasión por resumir mi ‘resumen’. El redactor de Bild debió sentirse ofendido, pues me escribió para hacerme saber que "como admirador de Cortázar y vespista que soy, no te sorprenderá que conociera la historia de Cortázar mucho antes de tu artículo (desde los años 50 que se produjo [su accidente en moto] hasta ahora, imagina…) Sin embargo, el tuyo me pareció un buen resumen y por eso opté por mencionaros a vosotros. Pero no he hecho nada que no hayas hecho tú: resumir una historia ajena citando sus fuentes". Sus argumentos me parecieron aplastantes, sin fisuras, y yo no estaba para ponerme a pensar. Le respondí que sentía no poder charlar más, pero "tengo que escribir una novela; o resumir, como tú dices".

Abanico de sandeces
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