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Carver & Ford

Pasaron de ser dos desconocidos a cultivar una relación estrecha

CADA CIERTO tiempo conocemos a alguien nuevo, y de un modo imprevisto a veces nos hacemos su amigo. La vida sobreviene. Fue así como Raymond Carver y Richard Ford pasaron de ser desconocidos a cultivar una relación estrecha. En noviembre de 1977 ambos viajaron a Dallas para participar en el festival literario de la Southern Methodist University, donde al final de cada jornada los autores leían fragmentos de sus obras. Acudieron también Joan Didion, E.L. Doctorow o Philip Levine, además de poetas como Tess Gallagher, con la que acabaría casándose, Michael Harper o Michael Waters.

Maryann Burk, la primera mujer de Carver, cuenta en ‘Así fueron las cosas’ que su marido acudió entusiasmado, aunque con recelo, pues no había hecho una lectura desde que había dejado de beber unos meses atrás. "¿Sería capaz de hacerlo sin tomar siquiera una copa?".

Carver había leído la primera novela de Richard Ford, Un trozo de mi corazón, y le había gustado mucho. En un artículo publicado en The New Yorker muchos años después, Ford admitía que en aquel momento "no sabía quién era Carver", aunque sí conocía sus primeros relatos, reunidos un año antes en ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, y lo habían impresionado, "todos perfectamente acabados, pulidos" y en los que "flotaba una densa sensación de lo nefasto". En 1977 aún no estaba claro si en el futuro el mundo conocería sus nombres. De momento solo eran "los típicos norteamericanos decididos a tratar de ser escritores y productos de un ambiente que incluía la universidad, los talleres de escritura, enviar relatos a publicaciones trimestrales, asistir a cursos de posgrado y tener profesores que eran escritores", sostenía Ford.

Imagen para el blog de Juan Tallón. MARUXA

En Dallas, Carver leyó dos relatos. Su biógrafa Carol Sklenicka cuenta en A writer’s life que Michael Waters le acercó un vaso de agua al estrado y bromeó diciendo en voz alta que "el LSD funcionaría inmediatamente". Ray miró el vaso y dijo que todo iría bien mientras no tuviese vodka. Ford aseguraba que ante la lectura de sus cuentos "el oyente quedaba sin aliento, sin fuerzas. Fue una experiencia sobrecogedora". Por lo demás, Carver le pareció alto, flaco, huesudo, vacilante, simpático, aunque un poco asustadizo. Tenía "manos rudas, patillas largas y espesas, llevaba gafas con montura de concha negra, pantalones de color mostaza y una fea camisa de rayas marrón". Su voz era áspera, profunda, y "todo en él (la ropa, las manos, el pelo), olía a tabaco, pero nada olía a alcohol". Su suerte al fin estaba cambiando para bien y "no se podía pedir un comienzo más feliz para una amistad".

Por su parte, en un artículo en Granta, titulado ‘Amistad’, Carver recordaba a Ford en el Hotel Milton como alguien que "transmitía seguridad. Elegante en el porte, en la ropa, incluso en su forma pausada y educada de hablar con acento sureño. Lo miré de arriba abajo, imagino. Puede que incluso haya deseado ser como él por tener las cosas tan claras". A la mañana siguiente, temprano, "nos encontramos en el restaurante y compartimos mesa. Recuerdo que Richard pidió tostada, jamón, cereales y zumo. Decía: "Sí, madame", "no, madame", o "gracias, madame” a la camarera".

Aquel encuentro fue el primero de muchos. En los siguientes años, Ford, que tenía siete años menos, estuvo durante un tiempo prolongado a la sombra de Carver, pero "nunca me hizo sentir que estuviera a su sombra, nunca me regañó cuando tomaba de él el ritmo de un párrafo, o cuando sin darme cuenta le robaba el nombre de un personaje o hacía mío el estilo directo y sin improvisaciones introductorias característico de sus cuentos".

En junio de 1988, cuando el cáncer ya le afectaba al cerebro, Carver revisó su testamento, otorgando a Tess Gallagher la propiedad de su patrimonio inmobiliario y literario. Si ella no pudiese ejercer ese papel, Ray decidió que lo haría Richard Ford en su lugar. Murió el 2 de agosto. El día de su funeral, Ford tomó la palabra para decir que su amigo "escribió todo lo que sabía o podía intuir de la fragilidad humana y todo lo que podía imaginar o decir para ofrecer consuelo a esa fragilidad. Se usó a sí mismo en la forma en que usaba verbos y sustantivos, y precisamente porque lo hizo, y lo hizo tan bellamente, lo conocimos. Y nos sentimos mejor".

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