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En casa de tus padres

 A veces regresas a casa de tus padres, a tu casa, que fue más tu casa hace años que ahora, y te quedas mirando una fila de libros, o un armario con apuntes, o un estante con medicinas, o unas sillas todavía en uso, o un baúl con ropa vieja, o una caja de zapatos llena de recortes, o un cuadro colgado, o un aparador con fotos, y no puedes menos que exclamar "ostras". Te parece detectar, en ese momento, una inesperada vida en las cosas inanimadas, por las que descubres que casi se puede sentir amor.

Te admira que hayan sabido esperarte durante tanto tiempo, quizá para demostrarte que, si ellas hubiesen creado el mundo, a imitación de Henri Roorda, hubiesen situado el amor al final de la vida, cuando todo empieza a envejecer. En esos días que regresas a la que fue tu casa hasta que tuviste una para ti solo y te fuiste, tienes la sensación de que el pasado levanta la cabeza, mientras abres las puertas de todas las estancias y constatas que todo lo olvidado te suena.

MXCuando te marchas de casa definitivamente, y empiezas a erigir una nueva forma de vida en otro lugar, algunas cosas cercanas comienzan a su vez a quedar poco a poco demasiado lejos. Se trata de la casa de tus padres, que es como decir tu casa, y al mismo tiempo es como decir la casa de alguien que fuiste tú pero que ahora ya no. Es normal desacostumbrarse a las pertenencias, a los viejos espacios, al aire que hay entre las cosas y el lugar que ocupan entre sí, por eso cuando te reencuentras con todo ello se te escapa un "hostias", un "toma ya", un "¡guau!". Eso que parecía muerto está de repente vivísimo, y te entran ganas de llevártelo para que no vuelva a caer en la inexistencia.

Es imposible, cada vez que retornas a casa de tus padres, no parar de empujar puertas, abrir cajones, asomarse a esquinitas, mover cajas, al tiempo que te anuncias en alto "a ver qué hay de viejo por aquí". Es como ir buscando hitos magníficos, noticias frescas de tu pasado. Me sucedió —otra vez— algo así hace unas semanas, cuando volví al pueblo para pasar una tarde, una noche y el mediodía siguiente, y hacer como que la vida nunca cambia del todo y que puede retomarse recorriendo setenta y ocho kilómetros y al llegar acariciar al perro, muy viejito, y decir "ya estoy aquí, mamá".

Me levanté casi temprano y reparé en la pequeña puerta que hay en mi habitación, junto a la mesilla de noche, y que conduce a un trastero sin luz. Hacía por lo menos diez años que no entraba. Ahí hace siempre un frío que pela, y algunos días se oye cómo corretean los ratones. Por no mencionar que para entrar hay que hacerlo a gatas, con una linterna, y permanecer arrodillado para no golpearse la cabeza en el techo, abuhardillado. Pero eso precisamente es lo que hice. Empecé a mover cajas que tenían un centímetro de polvo encima; era ya menos polvo que arena. Y así fue cómo descubrí veinticinco folios grapados, mecanografiados a máquina, fechados en 1991. Fueron mi primer intento de escribir una novela. Me ahogué en el primer capítulo. Los ratones la habían comido sola por una esquina. ¡Ni para roer servía! Pero con ella, y también con la caja de la manta eléctrica que estaba debajo, constaté otra vez el verdor del pasado. Fue como si volviese a pasar. A su modo, al entrar en aquel trastero, alumbrando con una linterna, estaba en 1991 y la cosa parecía animada.

Lentamente uno va comprendiendo por qué los padres se resisten a deshacerse de algunas de las cosas que te pertenecieron, y que hace tiempo que no sirven para nada. Porque in extremis, cuando no exista esperanza, y piensas que perdieron su razón de ser, remueven el tiempo y te explican quién fuiste, justificando así tanto polvo. Las cosas que quedan atrás, en la casa de tus padres, basta que alcancen sentido solo una vez más, cuando hace ya mucho que te fuiste, y vuelves. En esa casa, llena de comienzos lejanos, todo lo viejo adquiere aires de nuevo, nada queda atrás definitivamente, por eso intentas regresar cada cierto tiempo. 

En casa de tus padres
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