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Casi pasó

En nuestra cabeza pensamos que las cosas van a ser así y así, y después son asá. La realidad está formada, en una buena parte, por un complejo conjunto de acontecimientos que casi sucedieron. Es decir, que no sucedieron. Fíjense en este año: iba a ser bueno, por fin. Es el bofetón de la realidad. A menudo todo acaba siendo distinto a lo que se ansiaba: los grandes planes, los pequeños, nuestras vidas, las vidas ajenas, los tiempos. ¿El mundo no tiene el aspecto que calculabas que tendría hace diez o cinco años? Ya. Obvio. Pero ni tristes nos ponemos. Nos acostumbramos a los fiascos, a las jodiendas. Pasa el tiempo, explicas tus chascos y casi te alegras de ellos porque quedan de la hostia al contarlos.

Es como si renunciásemos al verdadero final, al final soñado de las cosas, al final perfecto, y nos conformásemos con la imitación. Los días se deshinchan, sin más, y aquello que tenía un sitio y un futuro de repente lo pierde. Quizá no soportemos conocer la verdad, como aquel señor que cuando regresaba a casa por las tardes le decía a su pareja: "¿Ha pasado algo espantoso mientras yo no estaba? De ser así, por favor, no me lo cuentes". Los cambios de planes y expectativas –a peor– representan una constante. En el hecho de que pretendíamos conseguir algo y finalmente naufragamos, o nos quedamos por la mitad, se resumen todas las vidas. Solo hay que fijarse en Luceño y Medina: iban a levantarse unas comisiones más grandes de las que finalmente se llevaron, y tuvieron que devolver cuatro millones al Ayuntamiento de Madrid. A estas horas aún estarán llorando porque al final solo rasparon seis millones.

Qué sería de nosotros sin ilusiones arruinadas, y sin proyectos abandonados, y sin meses de mierda, y sin una cagada al final. "Iba a hacer algo y al final no lo hice" es la frase que condensa cualquier año de cualquier persona. Los días son pródigos en historias que al final no fueron a ninguna parte. A menudo las cosas que queremos que pasen simplemente "casi pasan". Hay días que después de grandes esfuerzos, te decides a hacer algo, pero a continuación se te ocurre algo mejor, que no llegas a hacer porque no era tan bueno, y entonces retomas la primera idea, que no estaba mal, aunque ya es tarde, y cuando piensas en una tercera debes dejarla porque no tienes ganas de hacer nada más. No sabríamos contar las veces que se nos ha ocurrido algo que tachamos modestamente de fascinante, y que a los pocos días se desvanece. Lo tuvimos cerca, aunque en realidad, solo casi cerca.

El sueño al alcance de la mano que al final se evapora es un clásico. Le pasaba a Rob Fleming en Alta fidelidad. Dueño de una tienda de discos antiguos de Londres, siempre estaba a punto de arruinarse. Un día lo llamó una mujer asegurando tener unos cuantos singles que quizá le interesarían. Cuando les echó un visto, supo que tenía delante "el cargamento que siempre soñé encontrar". Había singles de los Beatles en edición limitada, la primera docena de singles de los Who, originales de Elvis, de los Sex Pistols... Era la mejor colección que había visto en su vida.

Valdría seis o siete de los grandes. Rob no los tenía. "Pues dame cincuenta libras y te los puedes llevar hoy mismo", dijo la mujer, que le confesó que su marido se había largado a España con una mujer de 23 años. Quería joderlo deshaciéndose de su colección de singles por una miseria. "¿Qué recen mil quinientas libras?", le ofreció Rob, un hombre de principios que amaba la música. "Sesenta", se conformó ella. "Mil trescientas", dijo él. "Sesenta y cinco". "Mil cien. Y de ahí no bajo". "Yo no pienso vendértela por más de noventa".

Rob sabía que vendría otro y se llevaría la colección por una ridiculez, y que él se golpearía la cabeza contra la pared por dejar escapar semejante ocasión. Pero también sabía que, por muy cerdo que fuese aquel marido, él no es capaz de aprovecharse de la mujer. Los días son pródigos en historias así, que iban a ser grandes, y al final no van a ninguna parte.

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