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Cigarros en la mano

ESTA SEMANA, hablando con mi editora de qué hermoso sería llevar en el bolsillo un mechero de tres mil euros con tu nombre grabado, recordé cómo el día que dejé de fumar, hace unos diez años, me cambió el estilo literario. No tiene sentido, pero el sentido común en ocasiones no vale una higa. Y es bueno que así sea. Me río del sentido común. Menuda estafa. A veces solo funciona cuando se pretende calcular sumas relativamente sencillas, por ejemplo dos más uno, o pronosticar bobadas, como que mañana casi con seguridad saldrá el sol por el este. Ahí sí es de lo más útil. Pero apliquen el sentido común a los problemas complicados. ¿A que la vida ya no parece tan fascinante? Lógico.

Escribir con un cigarro entre los dedos, o en el cenicero, me daba seguridad en lo que hacía. En realidad no era yo, sino el cigarrillo el que escribía. Sin él, tuve que aprender a escribir de nuevo, de la misma manera que después de un accidente automovilístico, que te lega heridas gravísimas, debes aprender a caminar. Fue traumático. Carecer de un simple cigarro al que agarrarme, me privó de miles de frases que antes brotaban con solo mirar a la cajetilla de tabaco o a las colillas. De pronto, no tosía, me sentía de maravilla y tenía las manos libres, pero al mismo tiempo esas manos estaban vacías, casi muertas. No sabían escribir. Miraba hacia ellas y me devolvían un silencio muy bien envuelto, pero vano.

Existe un tipo de decisiones que adoptamos porque el sentido común lo aconseja, y que inexplicablemente alteran nuestro panel de control. De repente ciertas cosas, en apariencia ajenas a esas decisiones, dejan de funcionar, y no sabes por qué. Hay que tener mucho cuidado con todo aquello que no haces, pues es muy posible que sin querer, lo desencadenes. En el fondo, en una zona subterránea, hasta las circunstancias más distantes están conectadas entre sí, y si interfieres en una, alteras la otra. Se produce un chispazo, luego un cortocircuito, y ante ti se levanta una gran oscuridad, inalcanzable, como en el desierto.

Quién no recuerda los días en que los viejos televisores, cuando se perdía la imagen, se arreglaban dándoles un golpe con la mano. No tenía sentido en absoluto, pero aquel manotazo seco en la parte superior daba grandes resultados, siempre indescifrables. Quizás porque carecía de toda explicación, el golpe restituía la señal, y la familia podía continuar en silencio, embobada. Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Tanto tiempo, que cuando el televisor falla lo tiras y compras otro.

Las cosas, y también los cerebros, han adquirido el hábito de hacerse cada vez más razonables. Se ha extendido la idea de que todo tiene una explicación. Por suerte no siempre sucede, y de vez en cuando se produce el milagro del error. Aún es posible que tu estilo literario cambie porque ya no fumas o porque el sonido de la música que escuchas para escribir carezca de las imperfecciones que tenían los vinilos o los viejos transistores. Aunque resulte traumático, proporciona gran felicidad que la supremacía de la lógica se desmorone frente a los sinsentidos de la vida, que ningún cerebro resuelve conforme a razones. Cuando pensábamos que todo se subdivide, tipifica, mecaniza y regula, de improviso, en el peor momento, cuando el mundo arde, descubrimos que la racionalidad no vale para nada.

Uno de los placeres de la existencia, susceptibles de convertirse en un horror, es la sensación de tener la llave de las cosas, e inopinadamente comprobar que alguien cambió la cerradura y que estás obligado a empezar de cero otra vez. A mí me hipnotizaba cuando, reacios a los procesos lógicos, los viejos televisores respondían a estímulos improvisados y violentos. Incluso me gustó aquel día que, sin tabaco, me sentí abandonado por la literatura y tuve que comenzar su búsqueda de cero. Es divertido que cada día te rete a la aventura de sobrevivirlo sin entender qué mierda pasa.

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