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Contestadores automáticos

En su época dorada aún tenía la ilusión de la vida libre. No había identificadores de llamada y todo transcurría en el anonimato

EN LA ÉPOCA dorada de los contestadores automáticos, si es que existió, me gustaba marcar números de teléfono al azar hasta que saltaba uno, y entonces dejaba un mensaje inquietante. Tenía la ilusión de la vida libre, y aquel me parecía un movimiento en esa dirección. No había todavía nada parecido a los identificadores de llamada, y todo transcurría bajo un hermoso anonimato. Eran días en los que ensayabas cosas horribles y divertidas, sin causar daño a nadie. Vivías en un mundo en el que aún podías sentirte a solas del todo, sin testigos, y hacer lo que te daba la gana. En mi primeras llamadas grababa siempre el mismo tipo de mensaje. "Papi –decía, fingiendo una gran ansiedad–, han entrado unos hombres en casa. Llevan pasamontañas. Me he escondido en tu despacho, pero han cogido a Rosa. Ven pronto, papi". Y colgaba. Después llamaba a algún amigo para contarle lo que había hecho. No se podía ser más imbécil que yo en aquella época.

Me convencía a mí mismo de que el juego de la llamada por error constituía un juego inofensivo. No dejaba heridas visibles. Con el tiempo, sin embargo, vi su crueldad. Me ponía en el pellejo de la persona que llegaba a casa tarde y conectaba el contestador para escuchar los mensajes, tal vez después de una jornada llena de reveses. De pronto, explotaba aquella voz agónica, llamando a su padre, desamparada, y ¿qué hacías? ¿Te cruzabas de brazos, diciéndote que ya sería tarde para salvar a esa familia? ¿Llamabas a la Policía? ¿Te limitabas a meterte en tus asuntos y hacías la cena? En adelante me esforcé en dar a los mensajes un tono menos tremendista. En el siguiente, ya con una voz fría, llena de confianza en sí misma, le dije al contestador: "Ernesto, mañana es el día. Estate a las siete y media en la esquina de la sucursal. Es víspera de cobros y la caja fuerte estará llena. Todo va a ir bien". 

Uno de los días más felices de mi vida llegó cuando me dio por buscar en la guía telefónica el número del conserje del instituto. Llamé, por probar, y descubrí con alborozo que tenía contestador automático. En una ocasión me había descubierto plantando fuego al gimnasio, sin mala fe por mi parte, he de precisar, y desde ese momento ya nunca pudo verme ni en pintura. Hacía de todo con tal de fastidiarme. Pero tuvo la mala fortuna de instalar un contestador automático, y poco a poco le devolví todas las mortificaciones que me había causado. Mi única norma era que los mensajes estuviesen siempre dirigidos a otra persona. Lo mortifiqué durante seis meses, en una aventura en la que incluso embarqué a los amigos. El día que dejé el instituto le recomendé que se deshiciese del contestador, "solo dan disgustos".

Me gustaba dejar mensajes inquietantes a desconocidos. No se podía ser más imbécil

Lamentablemente, los tiempos cambiaron y un día fueron mis padres quienes sucumbieron a los primeros teléfonos que incorporaban la función de contestador. Hubo algo de suerte en el hecho de que nunca supiesen utilizarla. Me salvó de tener que dar algunas explicaciones. En aquella época yo llevaba una vida desordenada, y en una de mis relaciones azarosas, caí en brazos de una chica que tenía novio, que a su vez tenía un gimnasio. Mi caída fue pareja a la instalación del teléfono con contestador. Por una traición que aún no he olvidado, el novio conoció la infidelidad, y lo que es peor, mi nombre. Fue cuestión de tiempo que se hiciese con el número de mis padres, y que llamase. Por suerte, el día que lo hizo no había nadie en casa, y saltó el contestador.

Cuando llegué, y vi la luz avisando de que había un mensaje, me senté a escucharlo con gran curiosidad, sin idea alguna de qué podía tratarse. En aquella casa, un mensaje en el contestador era todavía una forma de exotismo. Me quedé helado de repente. "Soy el novio de Nerea. Sé lo que has hecho, hijo de puta. Reza para que nunca me cruce contigo. Escóndete bien y no salgas a la calle porque si te veo, te mato". Nunca más volvió a llamar, pero yo tardé algunos días en salir a la calle sin miedo

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