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Correr para nada

ALGUNAS MAÑANAS salgo  a correr porque ese es el único modo, cuando regreso reventado a casa, y cojo, de sentarme a escribir plácidamente. En cierto sentido, corro para hacer otras cosas. Casi corro sin querer, por equivocación, porque me informaron mal. Cuando me cruzo con uno de esos conocidos que bajan por la calle fumando un cigarro apagado, y me dice que el otro día me vio haciendo deporte, me veo obligado a corregirlo. ''Querrás decir —le explico con buenos modales—, que me  viste escribiendo. Yo a veces escribo por otros medios''.


Estas confusiones en las que incurren los conocidos no hay que dejarlas pasar como si fuesen aciertos. Es bueno que sepan, para que no se hagan la idea de que escribir es de cantamañanas, independientemente de que lo sea, que escribir constituye una empresa tan compleja y sutil,  que cuando no estás escribiendo, en realidad no paras de hacerlo. Le pones un ejemplo para que lo entienda: ¿sabes cuando un detective espía los movimientos de  alguien, y entretanto aparenta leer un periódico en una terraza, o hacer una llamada anacrónica desde una cabina de teléfonos?

Correr como lo hace uno de esos runners es solo un acontecimiento social más, a cargo de alguien sofisticado, atento a hacer otro montón de cosas interesantes, como tal vez comprar un palo de selfie

La escritura requiere muchas veces que disimules su maniobra. Esto todo no quita para que haya gente que corra para correr, precisamente. Escribir se la refanfinfla. ''¿Escribir para qué?'', preguntarían algunos, y con razón. Ellos corren a propósito, con toda la intención; si es preciso a lo largo de dos horas seguidas. Se llaman a sí mismos runners, y se toman el ejercicio tan en serio, en términos de salud y competición, que de algún modo te recuerdan que tú fumas, bebes y en general llevas una vida sanísima, o al menos divertida, que por nada del mundo querrías cambiar por otra mejor. No existe nada más bonito que toser de vez en cuando, padecer resacas pensadas para osos o leer novelas debruzado en el sofá, en lugar de ir a trabajar. 


El runner es ya una plaga. Qué cosa buena puede acarrear. Hubo un tiempo, cuando te cruzabas con un corredor desharrapado, ligeramente gordo, que te decías ''ahí va un cacho atleta'', o por lo menos un escritor, alguien que corría porque correr no servía para nada, pero después sentía ganas de beber seis cervezas o escribir un poema, y eso era un sueño. Necesitaba estar solo y pensar en sus cosas, para eso servía correr, es decir, para lo otro. Pero el mundo ha cambiado. Cuando pasa un runner a tu lado, vestido como un soldado del futuro, sabes que se trata de un economista, o un politólogo, o un agente de bolsa, que corre porque es buenísimo para la salud. Pronto olvidaremos que un día se corría porque no tenía sentido correr, y eso lo volvía poco interesante y hermosísimo. Corrías para alejarte y estar solo. Ahora corres para esta con gente, y acercarte.


En un sentido antiguo, correr representaba un modo de ocupar la mente en cosas lejanas, ajenas al cuerpo. Te ayudaba a distraerte de él para pensar en otra cosa. Estar en un sitio y pensar en uno diferente es una tarea a menudo provechosa. Gil de Biedma era un especialista en escribir poemas durante las reuniones de negocios, por ejemplo. Estaba con gente, cerrando tratos, y simultáneamente escribiendo poesía. ''Los negocios son muy buenos para los negocios, pero también para la poesía'', sostenía. En su teoría del proceso creativo, el poeta era un individuo que escribía pero al que le convenía ser, subsidiariamente, un ingeniero industrial, un funcionario del grupo E o un conductor de autobuses. A veces también una prostituta. La poesía, al fin y al cabo, sucede fuera de la poesía. ''Se puede estar hablando con alguien y pensando en el poema. Es, además, bueno para el poema'', aseguraba.


Nunca sabes cuándo será el momento para hacer algo imprevisto. En cambio, correr como lo hace uno de esos runners es solo un acontecimiento social más, a cargo de alguien sofisticado, atento a hacer otro montón de cosas interesantes, como tal vez comprar un palo de selfie.

*Artículo publicado el sábado, 13 de junio de 2015, en la edición impresa.

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