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Decir bla, bla, bla

YA OCURREN pocas cosas importantes lejos de un teléfono. Aquellas que carecen de interés, banales, también transcurren muy cerca de uno, como cuando a las dos de la mañana te escribe una amiga para decirte "Hola, qué haces; yo nada". La vida ha evolucionado en una dirección en la que no logras apenas dar un paso sin comprobar si ha sonado el móvil y no lo has oído, o si ha entrado un nuevo whatsapp o se ha producido alguna mención en Twitter. Su uso resulta tan perentorio que algunos días recurres a él para comprobar simplemente si hay cobertura, o batería, y así hacer algo con las manos, que con la falta de costumbre se han olvidado de aburrirse. Hablamos de un objeto pensado para comunicarse, pero también para mantenerte en vilo. Sus sonidos y vibraciones equivalen a reacciones del propio cuerpo, igual que la tos o el picor. Por otra parte, la emoción de sacarlo del bolsillo y mirarlo te distrae de la idea de que seguramente tu vida es una mierda.

Al acabar, tu madre te preguntaba de qué habíais hablado durante dos horas seguidas

El teléfono genera expectativas. Cuando no suena, expande un tic tac imaginario, maníaco, que te hace estar alerta. Su silencio convoca tanta o más atención que su sonido. Trabaja también por dejadez. En el fondo, ya era así cuando sólo existían líneas fijas, y podías permanecer varias horas apostado ante el aparato, por si sonaba. "¿Qué haces?", te preguntaba tu padre. "Espero una llamada", explicabas, con una de las frases más sencillas del español. Cuatro horas después seguías en el mismo sitio. Esperar ante el teléfono se volvía la tarea más relevante del día. Cuando al fin sonaba, podías estar dos horas escuchando y diciendo bla bla bla. Al acabar, tu madre te preguntaba de qué habíais hablado durante dos horas seguidas. "De nada", respondías, y era verdad.

Hace siete años estaba esperando una llamada importante de un desconocido. Podía afectar a mi futuro para bien. No era seguro que fuesen a llamar, pero sí una posibilidad. Yo lo deseaba con todas mis fuerzas. Debía estar muy atento al móvil. Cada poco lo consultaba para cerciorarme de la cobertura. En un momento dado tuve que ir al baño, y me llevé el teléfono conmigo, por si acaso. En ese instante, sonó. "¡Tallón!". Era una voz de hombre, bastante familiar. "¿Qué haces?", me preguntó con la convicción y el laconismo de un amigo. Bajé la guardia, como si nos conociésemos demasiado, y le dije la verdad cruda, desaforada: "Estoy cagando". Se coló entre nosotros un silencio que equivalió a un frío repentino, y a continuación, quizá temiendo más sinceridades, me anunció que era el concejal de cultura del ayuntamiento de O Grove. Hablaba en nombre del jurado del premio de novela Lueiro Rey. Era la llamada que esperaba, buena para mi futuro.

Pero el teléfono rara vez complace nuestras expectativas. Multitud de llamadas no son sino basura pura, de la buena. Confieso que algunos de mis momentos preferidos del día son esos -horribles- en los que llama una compañía telefónica, o eléctrica, o una entidad bancaria, descuelgo, y quieren venderme algo. La última vez alegué que estaba preparando una bomba. Otros días alego que estoy en quirófano, o el funeral de mi hermana, y pregunto si es muy urgente o puedo enterrarla primero. Si me dicen que ya me llamarán mañana, les digo que mañana enterraré a mi padre, y así sucesivamente. Me decidí a emplear este tono después de escucharlos con buenos modales, y rechazar sus ofertas con diplomacia, y constatar con horror que a los pocos días volvían a llamar. Entonces prescindí de la cortesía: no decía ni "por favor" ni "gracias". Pero siguieron llamando. Los mandé a la mierda de todas las maneras posibles. No los doblegué. Pensé en no coger nunca el teléfono, y deduje que lo único que conseguiría sería que telefoneasen más veces al día. Opté por cambiar la táctica y reírme de ellos con las bombas, el quirófano o los entierros de gente cercana. Supongo que el final de este acoso solo llegará cuando les diga que el muerto soy yo.